¿Y si el neoliberalismo anhela un genocidio?

Todo tendría más sentido. Mucho se aclararía. Comportamientos al parecer irracionales, incomprensibles, cuestionables, se podrían organizar y apreciar perfectamente en un mapa conceptual cuyas líneas, conectores y corchetes, impulsarían la vista hacia un único objetivo final: tres palabras escritas en el rincón del tablero creando una frase capaz de causar un horroroso pánico a quien se atreva a posar sus ojos en ella: “matarlos a todos”. Y es que la existencia de tal plan sería lo único que podría dar lógica a la alocada era actual.

Krystal Ball se hizo inolvidable para sus espectadores al recitar un monólogo cargado de información imposible de creer. Durante su espacio en el programa matutino “The Rising”, produjo ella un espantoso escalofrío en su audiencia al informar cómo “las corporaciones envenenan a los bebés mientras los reguladores del gobierno miran para otro lado”. Imposible encontrar el más mínimo indicio de exageración en su denuncia. Producto de una investigación realizada por el Congreso de los Estados Unidos, se pudo sacar a la luz que cuatro de las compañías comercializadoras de alimentos para bebé más reconocidas del mundo no eran nada distinto a mafias dignas de los peores castigos. No tuvieron ellas, se desprende de la información presentada, el más mínimo inconveniente en vender productos dirigidos a los más pequeños humanos con contenidos poblados de plomo, arsénico, cadmio y mercurio, todos en cantidades exageradas hasta hacerse enfermizas. Incluso, en algunos se descubrieron rastros de los cuatro metales pesados. Una generación entera de bebés envenenados por cuatro de las más grandes corporaciones del planeta. Eso sí, todas con comerciales de sobresaliente hermosura alabando las cualidades nutritivas de sus productos.

Krystal Ball. Foto The Common Good.
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¿Por qué Gamestop es el triunfo anhelado de “Occupy Wall Street”?

Nassim Nicholas Taleb abandonó el anonimato desde el lanzamiento de su libro “The Black Swan”. En entrevista de promoción del texto con Charlie Rose, compartía el autor que “un corredor de bolsa en Wall Street podría no tener mayor capacidad de predicción que un taxista” sobre su mercado. Y sobre el asunto hablaba desde la experiencia, al ser precisamente en ese lugar mitificado donde se ubicaría su primer trabajo. Durante décadas, los humanos habitando ese rincón de Manhattan le hicieron creer al mundo que las ideas de Taleb eran ridículas: se jactaban de ser ellos unos hechiceros capaces de navegar, gracias a su elevado conocimiento, las turbulentas aguas del mundo financiero. Y la historia parecía creíble; hasta que un grupo de ciudadanos sin mayor educación les ganó una partida mil millonaria, en sus términos y condiciones, y que hundió a muchos de aquellos orgullosos barqueros.

Siempre se encuentra sabiduría en la historia. Acorde al inversor Dylan Ratigan, conocedor del mercado estadounidense como pocos y autor de “Greedy Bastards”, los intentos de George W. Bush por privatizar la Seguridad Social de los Estados Unidos se deben enmarcar en el contexto del deseo, habido y permanente, principalmente por Wall Street, de convencer al pequeño inversionista de convertirse en jugador de la bolsa de valores. El deseo de los tiburones del mundo de las finanzas, siempre hambrientos de expandir su negocio, les hacía ver a esos ciudadanos sin recursos monetarios importantes como unas débiles presas que, una vez lograran unir, se convertirían en unas porciones verdaderamente jugosas. Pero las carnadas no lograron atrapar a las víctimas y la desconexión del público con el mundo de las finanzas permaneció incólume. Eso hasta que una compañía dió con la raíz del problema: la interfaz. Las palabras de Ratigan sobre el asunto son clarificadoras: “un inversionista nuevo llegaba al mercado y se encontraba con una interfaz que parecía tan complicada como manejar un 747”. La aparición de Robinhood, presentando una plataforma al parecer desarrollada bajo el lema “inversiones para dummies”, la que además no cobraba comisiones a sus usuarios, atrajo y convenció a millones de participar.

Dylan Ratigan. Foto de dylanratigan.com
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¿Por qué sí se deben emitir billetes para salvar el país?

Naomi Klein, poderosa pluma canadiense, predijo en su incomparable obra “The Shock Doctrine”, así como en su secuela no oficial “No is not enough”, la aberrante distribución de la riqueza conseguida en plena pandemia del Covid-19. Su tesis es controversial pero los hechos la hacen una contundente: en los momentos de mayor crisis y miedo, cuando las sociedades más irracionales son, los grupos ligados al poder encuentran la oportunidad perfecta para establecer las políticas más funcionales a sus intereses, por aberrantes que la aplicación de ellas sea para la nación. La inserción de un opresor aparato castrense y una dictadura civil en los Estados Unidos se posibilitó tan sólo en medio del pánico causado por los ataques del 11 de septiembre; las masivas privatizaciones y liberalizaciones de empresas y sectores en las economías del sudeste asiático se lograron materializar únicamente después de la crisis económica acechando la región en 1997.

La Gran Recesión, arrancada en 2008 y existente hasta este 2021, ha permitido decretar medidas económicas impensables y consideradas herejías hace poco tiempo: tasas de interés negativas, préstamos a un siglo, préstamos a perpetuidad y, por supuesto, una impresión de dinero en niveles sin precedentes. La meca del neoliberalismo, el lugar donde la no participación del Estado se exclama vociferante, acaba de solicitar la intervención del gobierno federal con tal de evitar la debacle de los grandes magnates del sector, al haber perdido ellos en franca lid una apuesta especulativa millonaria contra unos “degenerados de Reddit”. Deja sin lugar a dudas la coyuntura el que todas las medidas políticas están sobre la mesa, todas posibles y disponibles, sin embargo, su implementación está prohibida en una situación: cuando su aplicación favorece a la ciudadanía en general.

Naomi Klein. Foto The Intercept
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¿Quién se robó el sueño americano?

Los latinoamericanos han sabido hacer una broma de un tratado político. Según los naturales a esas tierras, “en los Estados Unidos los golpes de Estado no se habían presentado porque ese país no ha tenido jamás en su territorio una embajada de los Estados Unidos”. La lista de interrupciones de los procesos democráticos en países al sur del imperio norteamericano es tan extensa como espantosa y constante. La participación de los gringos en estos crímenes contra la democracia es una regular. El término, dicho sea de paso, proviene de una histórica y diciente expresión usada por indígenas mexicanos quienes refiriéndose al color verde de los uniformes de los invasores militares estadounidenses les reclamaban: “green, go”, durante la Guerra Mexicano-Estadounidense.

Pero la broma por poco habría de finalizar ese 6 de enero cuando un grupo de ciudadanos se rebelaron contra el proceso democrático de su país buscando impedir la próxima posesión de un presidente electo por los votos. Seguidores ofuscados de Donald Trump, envalentonados por el discurso de su líder, desataron un breve caos institucional y, por un corto periodo de tiempo, enterraron la democracia en el país más poderoso de América. Aunque sea una “ilusión de democracia”, parafraseando al lúcido comediante George Carlin, la habida en el coloso del norte no deja de ser una y el asalto al capitolio fue su momento más bajo. Pero aunque terrible, la situación no fue una excepcional. Tan es así que no pareció a nadie sorprender. Y es que el proceso de desintegración en los Estados Unidos es de larga data y la manifestación del principio de 2021 no es más que la estaca en el corazón a la organización política de esa nación, a la que desde ese día se puede denominar oficialmente lo que desde hace un tiempo para muchos de sus habitantes ha venido siendo: un “Estado Fallido”.

Donald Trump.
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“Coronacapitalismo”, Los trabajadores frente al pelotón de fusilamiento.

No se requiere de grandes seres humanos al momento de enfrentarse a la toma de decisiones obvias. Entre una buena y una mala opción por escoger, cualquier ciudadano del común sabrá qué camino tomar. Cuando el dilema es un sin salida, con consecuencias indeseables se decida por cualesquiera de las posibilidades, la necesidad de líderes se hace apremiante.

Covid-19

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