Blade Runner 2049: ¿Ahora somos los dioses?

Las secuelas hollywoodenses son, en la inmensa mayoría de los casos, una oportunidad desperdiciada para contar una gran historia. Al volcar su objetivo en convertirlas en poderosas máquinas de hacer dinero, sus realizadores abandonan desde el más temprano proceso creativo toda posibilidad de explotar argumentativa y artísticamente un mundo ya experimentado con satisfacción por un público masivo. «Blade Runner 2049«, traida a la vida como secuela 35 años después del nacimiento de su antecesora, no merece agruparse en tan pauperrimo grupo. Su objetivo es la expansión y actualización del universo estructurado por su primer padre creador y evolucionar en las temáticas que generaron efervecientes debates entre los cinéfilos de dos generaciones anteriores.

No es baladí compartir el sustantivo usado por el director a la hora de explicar por qué decidió tomar las riendas del proyecto, puesto que parece hallarse en esa palabra la característica que mejor define la última película dirigida por el canadiense Denis Villeneuve: después de revisar el guion escrito por Hampton Fancher, Michael Green y Ridley Scott, el cineasta encontró un material escrito con una calidad poética, que lo impulsó con fervor a convertirlo en imágenes y sonidos. Triste realidad de estos tiempos la suerte legada a estos artistas, así sean visuales, al forzarlos a quedar condenados al fracaso comercial. Este lienzo audiovisual no sería la excepción: el último trabajo de Villeneuve fue un gran fracaso en taquilla en todo el globo.

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¿En el ocaso?

La evolución humana, condensada en una frase, es la de un alucinante proceso. Unos animales han sobrevivido y crecido en un ambiente inhóspito hasta transformarse en unos dioses poderosos capaces de modificar a su antojo todo a su alrededor. El proceso, organizado como un relato escrito imperdible, se presenta con galantería en el libro de Yuval Noah Harari cuyo título lo dice todo en pocas palabras: «De animales a dioses». Pero también se describe tan magnífico viaje en un electrizante discurso, creado como una fascinante pieza publicitaria de la película «Prometheus», en el que un joven Peter Weyland (Guy Pierce) detalla con pasión los pasos que el sapiens ha trajinado para conquistar una posición más cercana a la de unos seres celestiales que de unos terrenales.

Pero como seres superiores en la tierra, al humano lo define una condición contradictoria: su existencia misma depende totalmente del planeta que a su placer domina. Su cuerpo demanda insaciable los recursos de la naturaleza para sobrevivir, creando una relación de sumisión hacía ella bastante endeble. Todo debate político relevante de ahora en más, debe tener como foco esa dicotomía: ¿Hasta dónde llevar la explotación del medio que otorga la vida misma? Limitar, cuidar y proteger, se opone a la filosofía convertida en utopía de este tiempo: el neoliberalismo, cuyo lema se reduce a producir, consumir, expandir. Parece tomar sentido la frase de Rosa Luxemburgo, «socialismo o barbarie», cuya actualización a nuestros días sería: «neoliberalismo y muerte».

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Yuval Noah Harari.
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