¿Qué se oculta en Afganistán?

Escasas son las vidas cuya existencia sintetizan eras enteras. La del Mulá Abdul Ghani Baradar no parece serle suficiente ser una de ellas, sino que se alza como una distinguida entre tales singularidades. Figura relevante de los muyahidines de Afganistán, las fuerzas ilegales establecidas por Estados Unidos para derrocar al gobierno secular del país y derrotar a su aliado, el Imperio Soviético, habría de transformarse en líder del grupo fomentado por Pakistán en los años noventa: los talibanes, acarreando como consecuencia el verse abocado a luchar contra sus antiguos socios occidentales, quienes los desafiaron en la Guerra contra el Terror ya en el nuevo milenio.

Atrapado en combate, en Pakistán, en algún momento del 2009 y por sus nuevos adversarios, fue condenado a una estadía en la prisión de Guantánamo como preso político sin derechos, lugar de reclusión y torturas del que saldría en 2018 por exigencia de sus partidarios al presidente Donald Trump como requisito para iniciar las negociaciones que establecerían cómo sería la retirada de las tropas norteamericanas del país asiático. A hoy, el hermano mullah (como es conocido de forma honorífica), ya instalado de nuevo en las más altas esferas del grupo islámico, tiene a su cargo los diálogos con el jefe de la Agencia Central de Inteligencia (C.I.A.) de Joseph Biden, el diplomático William Joseph Burns, centrados en culminar la aventura estadounidenses en territorio afgano.

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¿Podemos derrotar la industria de los combustibles fósiles?

El mundo funciona con combustibles fósiles.

Quiero decir, ¿Qué tan estúpido es eso?

Dr. Edwin Jenner en la serie “The Walking Dead”

¿Estúpido? Indudable; pero no por eso ilógico o incomprensible. En economía internacional la isonomía es una entelequia. Las relaciones comerciales globales son un partido de suma cero donde los más poderosos imponen sus deseos a aquellos débiles destinados a sufrir lo que deben. Y las compañías explotadoras de combustibles fósiles son uno de los mejores jugadores. La industria petrolera, rebautizada como “extractivista”, se ha hecho merecedora de su nuevo título no solo por perforar la tierra para hacerla sangrar, sino por la corrupción promovida en los países donde instala su maquinaria, sus desechos esparcidos a la atmosfera para ser respirada por los pulmones de todo ser animal en el planeta, sus asociaciones con grupos paramilitares… 7 millones de seres humanos fallecidos al año por problemas asociados a la polución son una pequeña muestra de la capacidad de daño de una industria trascendental para el desarrollo de la sociedad moderna; pero sanguinaria e innecesaria en nuestra era.

Mark Jacobson, de la Universidad de Stanford, junto a Mark Delucchi, de la Universidad de California, expusieron en el año 2009 un plan capaz de inspirar a los más escépticos y enaltecer a los más soñadores. Su trabajo proyectaba un plan, gradual y real, cuyo desenlace sería el transformar toda la producción y consumo de energía del planeta en una limpia y renovable antes del 2030. Más aún: a hoy, la Unión Europea ha firmado el Pacto Verde con el que espera neutralizar su uso de carbono y tener una matriz de energía amigables con el medio ambiente a más tardar para el 2050. Australia, hace poco azotada por incendios forestales apocalípticos, leyó con beneplácito como en 2010 la organización Beyond Zero Emissions prometía transformar la matriz energética de su nación en una con fuentes eólicas y fotovoltaicas exclusivamente y en un plazo inferior a una década. Pero los ambiciosos proyectos se parecen más a unos sueños prontos a finalizar para despertar en la más triste realidad. Y la razón para no ver realizado ese mundo idílico es patética: “Los mayores obstáculos son sociales y políticos -sentencia el profesor Jacobson-; lo que necesitamos es la voluntad para hacerlo”.

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