«The Man In The High Castle»: ¿se ha vuelto una ilusión la libertad?

Prime Video, la plataforma de retransmisión digital parte del gigante corporativo propiedad de Jeff Bezos, ha acatado las reglas impuestas por su principal contrincante y gran pionero en el área, todo en su afán de competir por coronarse en la cima de la nueva industria. Netflix, por descartar cualquier atisbo de duda, inició trabajando como coequipero de los grandes estudios, ofreciendo sus títulos más emblemáticos, atractivos e impactantes, a la par de ir creando un contenido propio capaz de generar fidelidad.

Amazon encontró en la floreciente tecnología explotada con éxito por el nuevo gigante del valle de la silicona el gancho perfecto para agraciar a sus compradores. Su plataforma nació a la vida como un premio a los fieles miembros del gigante de la distribución. Por un tiempo pareció ese iba a ser su destino. Pero, posiblemente impulsados por la envidia al notar el éxito arrollador obtenido por “House Of Cards” en sus primeras temporadas, se enfrasca la compañía en la creación de un contenido que valorice su marca y sea capaz de atraer ingente cantidad de nuevos miembros.

«The Man In The High Castle». Prime Video.

Pocos tan visionarios como el escritor Philip K. Dick. Sus relatos cortos hechos grandes largometrajes, “Blade Runner” y “Minority Report”, lo hacen merecedor con creces de tan anhelado adjetivo. Pero la obra de Prime Video lo consagra como una especie de iluminado capaz de entender los destinos de nuestra especie, tal y como si un escribano de Dios se tratara. Y es que los hechos impulsando toda la historia es un mundo imaginario donde los alemanes, con el Partido Nacionalsocialista a la cabeza, vencieron en la Segunda Guerra Mundial y se apoderaron del planeta. En ese espacio fantasioso, los Estados Unidos se dividen en dos grandes hemisferios: el oriental dominado por el régimen alemán y uno occidental controlado por una facción del imperio japonés. Hablar de una historia con esa trama en primer término, en pleno retorno de las extremas derechas xenofóbicas y fascistas en el país más grande de América y alrededor de Europa, hacen sobrantes a las palabras.

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¿Realmente les importan los fetos a los Republicanos texanos?

Las argumentaciones morales, espirituales o filosofales para oponerse al aborto se deben ponderar por sus opositores con el respeto y la legitimidad con que se asimila la más esclarecedora de las verdades. La inmortalidad del debate no es por alguna frivolidad; proviene de una validez intrínseca a las posturas esgrimidas por cada bando en batalla y a la por poco imposible conciliación de posiciones tan discordantes. Pero la discusión desatada sobre el tópico infrecuentemente se desenvuelve como un coloquio cargado de tan altas calidades y sí como una pendencia poblada con las más paupérrimas premisas. El vigente inconformismo desatado entre los creyentes en que la decisión recae exclusivamente en la mujer, producto del último ataque recibido sobre el derecho a interrumpir el embarazo, materializado en una controversial ley promulgada en el Estado de Texas, es por quiénes conforman el lado contrario. Porque es un insulto a la inteligencia querer hacer creer que el grupo político firmando la legislación sea uno conformado por seres con el corazón desgarrado por cada alma no nacida.

Los conservadores texanos, fieles seguidores de Donald J. Trump, creyentes en las guerras imperiales como primordial mecanismo de solución, tratantes de sus vecinos del sur con una xenofobia sin consideración, jamás han derramado una lágrima por las fatalidades desatadas al aplicarse sus políticas. El ejemplo más crudo es la pena capital aún ejecutada en su territorio, una cicatriz desfigurando el rostro de una era deseando ser vislumbrada como civilizada. ¿Por qué odian los conservadores republicanos a los mexicanos y a los negros; pero se comportan como fervorosos amantes de ellos cuando son unos fetos? Un argumento digno de la más extrema y diabólica teoría de la conspiración sostiene que, ¿si no lograran que nacieran, a quién habrían de matar cuando crecieran? Aunque en estos tiempos la veracidad no se disminuye por la crueldad, tal barbaridad parece nada más que una nimiedad. La realidad, aunque sí más sutil, es más cruel. Aman sus fetos porque la gran mayoría de ellos pasarán a conformar, como hombres y mujeres adultas, el más necesario de los grupos para conservar una tasa de beneficio del capital ambiciosa: la mano de obra no calificada desempleada; aquellos bautizados como el ejército de reserva por el economista clásico por excelencia.

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¿Ha muerto el neoliberalismo?

“Esta debacle es para el capitalismo lo que la caída de la URSS fue para el comunismo”. La frase, incendiaría en su esencia, tiene como autor al investigador del MIT, creador de uno de los libros de texto de economía más importantes de la actualidad y considerado en varios medios como el mejor economista de la historia, el profesor Paul Samuelson. Fue esta pronunciada en el 2009, en momentos posteriores a la caída de Lehman Brothers, el otrora segundo banco más grande de los Estados Unidos, cuya debacle dio inicio a una crisis económica mundial tan profunda que hoy no se ha podido encontrar un escape de ella, llevando a catalogar este periodo histórico por varios economistas de prestigio global como el de la Gran Recesión. Hoy, con la ventaja otorgada por el paso del tiempo, podemos criticar la sentencia del afamado ganador del Nobel en 1970, y proponer un cambio diciendo que, tal dijo el político colombiano Gustavo Petro en entrevista con el autor, no estamos ante el fin del capitalismo, sino ante el del neoliberalismo.

En nueva edición de su texto clásico, “Economía”, para ser lanzada en pleno auge de la Gran Recesión, Samuelson estipula que “muchos libros se han excedido en su presentación de un liberalismo excesivamente complaciente. Se unieron a celebrar las finanzas del libre mercado y apoyaron tanto el desmantelamiento de las regulaciones como la abolición de la supervisión del Estado. La amarga cosecha de esta celebración ha sido evidente en los exuberantes mercados hipotecario y accionario, que se colapsaron y provocaron la crisis financiera actual”.

Paul Samuelson de Garteh Southwell
Paul Samuelson de Garteh Southwell
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