¿Realmente les importan los fetos a los Republicanos texanos?

Las argumentaciones morales, espirituales o filosofales para oponerse al aborto se deben ponderar por sus opositores con el respeto y la legitimidad con que se asimila la más esclarecedora de las verdades. La inmortalidad del debate no es por alguna frivolidad; proviene de una validez intrínseca a las posturas esgrimidas por cada bando en batalla y a la por poco imposible conciliación de posiciones tan discordantes. Pero la discusión desatada sobre el tópico infrecuentemente se desenvuelve como un coloquio cargado de tan altas calidades y sí como una pendencia poblada con las más paupérrimas premisas. El vigente inconformismo desatado entre los creyentes en que la decisión recae exclusivamente en la mujer, producto del último ataque recibido sobre el derecho a interrumpir el embarazo, materializado en una controversial ley promulgada en el Estado de Texas, es por quiénes conforman el lado contrario. Porque es un insulto a la inteligencia querer hacer creer que el grupo político firmando la legislación sea uno conformado por seres con el corazón desgarrado por cada alma no nacida.

Los conservadores texanos, fieles seguidores de Donald J. Trump, creyentes en las guerras imperiales como primordial mecanismo de solución, tratantes de sus vecinos del sur con una xenofobia sin consideración, jamás han derramado una lágrima por las fatalidades desatadas al aplicarse sus políticas. El ejemplo más crudo es la pena capital aún ejecutada en su territorio, una cicatriz desfigurando el rostro de una era deseando ser vislumbrada como civilizada. ¿Por qué odian los conservadores republicanos a los mexicanos y a los negros; pero se comportan como fervorosos amantes de ellos cuando son unos fetos? Un argumento digno de la más extrema y diabólica teoría de la conspiración sostiene que, ¿si no lograran que nacieran, a quién habrían de matar cuando crecieran? Aunque en estos tiempos la veracidad no se disminuye por la crueldad, tal barbaridad parece nada más que una nimiedad. La realidad, aunque sí más sutil, es más cruel. Aman sus fetos porque la gran mayoría de ellos pasarán a conformar, como hombres y mujeres adultas, el más necesario de los grupos para conservar una tasa de beneficio del capital ambiciosa: la mano de obra no calificada desempleada; aquellos bautizados como el ejército de reserva por el economista clásico por excelencia.

Maggie Astor, validada con entrevistas a Mary Ziegler, de la Universidad Estatal de Florida y autora de «Abortion and the Law in America: Roe v. Wade to the Present«; y a Melissa Murray, de la Universidad de Nueva York y «coautora del primer libro de casos sobre derecho reproductivo», desmenuza para The New York Times con pasmosa precisión el proyecto de ley 8 del senado con la que Texas «vuelve ilegal en la práctica el aborto en el estado». Las batallas legales pronto serán campales; pero la intención de los legisladores estatales son a kilómetros de distancia palpables. Su supuesto motor impulsor en la lucha es un deseo para nada censurable: proteger los derechos de los niños… mientras permanecen en el útero de sus madres. Ya procreados, a nadie desvelará que se perpetúen la inexistencia de sus derechos, todos una mera retahíla de mentiras, una eterna promesa incumplida.

La Reserva Federal de Estados Unidos, el banco central de esa nación, concluyó de una encuesta propia que la gran mayoría de las familias se les imposibilita asumir un gasto imprevisto de mil dólares al mes. La exactitud de las cifras develan dolorosas experiencias: una pareja en la pobreza muta a un trío en la miseria al nacer su retoño. Los conservadores promotores de la ley criminalizando el aborto (en Texas y en todo el mundo) no desconocen tal tragedia. Y actúan en consecuencia, según el razonamiento aquí expuesto: obligan a un recién nacido a clamarle alimento a quien no tiene para satisfacerlo. La ejecución de su plan, accidental o planeado, funciona con lógica diabólica: rehusarse a otorgar los derechos más básicos a quienes nada tienen, educación y salud, condicionantes esenciales para convertirse en ciudadanos civilizados y productivos de la economía moderna, garantizados por el Estado y a través del acción colectiva representada en el gobierno, para a posteriori acusarlos de no adquirir esos derechos por no poseer el capital propio para costearlo. Se les condena a nacer en la pobreza, para luego culparlos por ser pobres.

Los feroces keynesianos rescatistas cuando de los grandes bancos se trata, se transmutan a monetaristas austeros (más bien míseros tacaños) al firmar cheques para garantizar la alimentación infantil, la educación pública y el derecho a la salud, condenando a millones a las injusticias de un mundo que no crearon y al que fueron forzados a venir. «Nunca me imaginé que alimentar a quienes tienen hambre desataría la furia de quienes comen tres veces al día», es la frase inmortal que explica la presidencia de un líder irrepetible del Brasil, Luis Ignacio Da Silva; pero también las miserias de una casta global indigna de consideración alguna. La pobreza será la regularidad en aquellos a las que se les garantiza el derecho a vida; y a quienes se les enfrentará con rigor si osan vivirla dignamente. Y se forzarán, sin educación y salud, a luchar en la jungla del capitalismo salvaje por un empleo de salario mínimo.

La globalización fue el entramado creado para destruir los beneficios ganados por la clase trabajadora en los años de la posguerra. La masificación de la pobreza es otra. Que sea la realidad quien compruebe la hipótesis presentada. Los restaurantes norteamericanos se enfrentan a dos imprevistos sucesos y, por lo tanto, inéditos fenómenos: una renuncia masiva de sus empleados y el manifiesto renacimiento de las protestas laborales. «En agosto -cuenta Jorge A. Bañales para Rebelion.org-, unos 4,3 millones de trabajadores, esto es, el 2,9 por ciento de la fuerza laboral, abandonaron sus empleos, la cifra más alta de dimisiones desde que se registra este dato». El fenómeno no es exclusivo de la potencia norte del Atlántico. El antiguo líder de la civilización occidental sufre de idéntico esperpento. «Gran Bretaña encara una escasez de pilotos -continúa Bañales explicando-, al tiempo que se reanudan los vuelos normales, debido a que cientos de tripulantes de aerolíneas se jubilaron o cambiaron de carrera durante la pandemia, y otros muchos requieren instrucción. Expertos en el área de la aviación comercial calculan que esa industria tendrá una escasez de unos 34 mil pilotos hacia 2025».

Sus consecuencias son espectaculares. «Es la época de oro para los trabajadores estadounidenses», explica Joe Brusuelas, economista jefe en la firma contable y de asesoramiento RSM. «El trabajador estadounidense sabe que ahora tiene poder en la negociación, que puede obtener un sueldo razonable y tener influencia en la conformación de las condiciones laborales. Esto es lo que ocurre después de las guerras o las depresiones». Y es ese el escenario temido por las grandes corporaciones: una escasez de mano de obra que fuerce sus salarios al alza. Con la demografía es imposible negociar. Importar trabajadores (como hizo Avianca con su huelga de piloto) no es una opción viable en una economía globalizada, al eliminar un problema de un país para generar el mismo en otro. «Es difícil percibirlo cuando uno está en medio del proceso, pero hemos tenido un shock que ha generado cambios inesperados en la población», explica el economista a una de las cadenas más propagandísticas del sistema.

Y es en ese escenario, y no en ningún otro, donde ha de ubicarse el reciente debate sobre el aborto en Texas. 2020 fue el año con menos trabajo para las parteras en los Estados Unidos durante toda su existencia como nación republicana, después de una década presentando tasas de fecundidad notoriamente bajas, según estadísticas presentadas por el Center for Disease Control. No fue un accidente o un despertar de la moral el factor impulsando la ley encargada de proteger los fetos. Fue el predecible e indetenible vaciamiento del ejército de reserva y la inminente subida de costos laborales, mermando a futuro la sagrada tasa de beneficio del capital. Richard Wolff, descifrando la Ley General de Acumulación Capitalista de Marx, dictamina a la subida de salario por falta de trabajadores como la contradicción máxima del capitalismo, su implosión última, el grito final de desespero antes de claudicar ante la muerte.

El salario mínimo está determinado por la mano de obra no calificada y su existencia afecta a todos los demás ingresos laborales. Mantenerlo ligeramente por encima de lo recibido por un esclavo permite disminuir el costo de gran parte de la nomina. Y de lejos, la forma de preservarlo atractivo para el capital es haciendo real la posibilidad de reemplazar los trabajadores con gran facilidad, como si un mero input en la cadena de producción se tratara. Los salarios se imponen en la lucha de clases y se determinan por el ejército de reserva, como diría Karl Marx. Y la realidad hace veraz la crudeza de sus palabras. Las renuncias masivas en Reino Unido de conductores de camiones cisterna transportando gasolina, ha generado tal escasez en las grandes ciudades, que, además de generar unos ofrecimientos salariales sin parangón en la era moderna, han desnudado a la envidiada elegancia inglesa como una imposible de mantener, ni por un segundo, cuando se sufren las consecuencias de las crisis económicas.

La inequidad extrema alcanzada en este era es el principal obstáculo para alcanzar una economía boyante y servicial a todos. Pero también, el gran dador de privilegios inusitados. Su solución más inmediata es un aumento en los ingresos laborales; y, en el largo plazo, una disminución natural de la tasa de fecundidad. La gran excusa para promover el tener muchos hijos, el problema de las pensiones, no es más que una amenaza vacía. El aumento de la productividad laboral hace sostenible cualquier sistema. Nunca antes el mundo había sido tan próspero. El problema no es la cantidad de riqueza creada, sino su repartición. Son escasos los recursos para las pensiones, para la salud, para la educación, la infraestructura, para todo, porque se le ha permitido al 1% apropiarse de lo que no les pertenece, en el más patético de los silencios.

Y están dispuestos a abrir las puertas del infierno para mantener su mundo, sus beneficios, sus comodidades. La ley emitida en Texas tiene mucho más que ver con capitalismo que con moralismo. Porque se ha presentado, tal vez sin querer, una solución a un interminable debate, pero una fácil de predecir como irrealizable. Queda en claro que la línea donde ambos ejércitos detienen su avanzada son las seis semanas. En la ley texana, el día siguiente a ese periodo, una embarazada se convierte en una potencial criminal. Para una inmensa mayoría una interrupción ocurrida dentro de ese periodo de tiempo no sería causal de controversia. Pero para hacerla realidad habría que desatar toda una infraestructura pública a favor de las mujeres: clínicas especializadas para ellas en todo el territorio, acceso gratuito a citas ginecológicas, dotación mensual de pruebas de embarazo, absoluta facilidad para obtener exámenes de laboratorio y ecografías. Pero será otro sueño a ver desvanecido por la realidad, porque a los conservadores no les interesa los gastos del Estado, ni la vida de los no nacidos y muchos menos la de las familias a crear; les interesa lo único por lo que verdadero amor han demostrado: la tasa de beneficio del capital.

La ley emitida en Texas tiene mucho más que ver con capitalismo que con moralismo.

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