Gustavo Petro: ¿terror, esperanza o revolución?

Al Petro proponer una transición productiva, basada en el conocimiento y organizada para recibir masas de turistas internacionales, puede estar elaborándose un poderoso renglón de la economía, uno lo suficientemente fuerte para impulsar el desarrollo y desatar una verdadera revolución.

Los cambios, cuando importantes, consagran transformaciones. Y aquellas que son relevantes, contraen incomodidades. La visión en un horizonte prometedor hace soportar los sufrimientos cotidianos. Así, se aboca Colombia indetenible, aunque muy tardía, a su primer gobierno nacional ajeno al establecimiento político, impulsada por la ilusión de imponer la transición de la que engendrará un mañana opuesto a la cruda realidad que ha sido la cotidianidad del país durante toda su historia moderna. Un primer foráneo a la casta criminal y oligárquica (en el sentido aristotélico del concepto) cuyo legado es nada distinto a una era de explotación bajo el yugo de la violencia y el derramamiento de rios de sangre para usurpar las riquezas nacionales, se dispone a tomar posesión en el cargo más apetecido por todo político colombiano.

Gustavo Petro Urrego, tan indescriptible como fascinante, tan impredecible como contundente, un hijo de las revoluciones políticas más valientes del Siglo XX, ha desarrollado un programa de gobierno irresistible para la gran mayoría de sus compatriotas, estructurando en cada línea de él el cómo construir una política pública que le otorgue al país las herramientas requeridas para afrontar con éxito los retos más acuciantes de un futuro a hoy vislumbrado como alarmante. Y no obstante tan prometedor escenario, la profunda ilusión desatada en cada uno de los electores del candidato no proviene tanto por las ideas plasmadas en su programa de gobierno, sino en la absoluta confianza habida en cada uno de ellos de que, una vez haya tomado él posesión como presidente de la República de Colombia, sus promesas cobrarán vida en la realidad y los resultados de ellas a muchos darán una primera oportunidad.

Gustavo Petro Urrego
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La banca privada, ¿una estafa Ponzi legalizada?

En otras palabras: no hay suficiente dinero para cancelar la deuda con la banca privada

Los tumultuosos años sesenta en los Estados Unidos legaron históricos episodios, algunos determinantes en la construcción de una sociedad más avanzada. La mayoría de los sucesos definiendo la agenda de los luchadores por las libertades civiles no necesitan ser recordados. Pero podría ser que, refundido entre los anales de la historia de aquella década, se resguarde la querella más imaginativa en la eterna guerra de la especie humana contra la injusticia, una gloria esperando ser descubierta y deseosa de inspirar a aquellos deprecando por una vida moderna verdaderamente civilizada.

Deseoso de comprar el ideal vendido por su país, Jerome Daly solicita al First National Bank of Montgomery, en la ciudad de Minnesota, en los Estados Unidos, un crédito hipotecario por un monto de 14 mil dólares. Su petición es aceptada y el capital cedido. En el proceso de ejecución del contrato, el prestatario incumple lo pactado en lo referente a las cancelaciones mensuales. Haciendo uso de los derechos en el documento estipulados, el banco decide cobrarse con la casa de su cliente, ansioso de tomar posesión sobre el inmueble. Parecía una historia normal, mil veces repetida y conocida, si no fuera porque Daly, en un giro impresionante de los acontecimientos, interpuso una demanda a su otra parte por incumplimiento de contrato (nada menos) y en el condado de Credit River, “nombre cargado de una bonita ironía” como lo destacaría el economista Alejandro Nadal.

Alejandro Nadal.
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