¿Hay larga vida para el Bitcoin?

Se abre así una inmensa, aunque lejana ventana de oportunidad para el Bitcoin. Una histórica y sin precedentes, capaz de convertir el activo en un actor de primera línea en el comercio internacional.

Nayib Bukele, el mediático y carismático presidente de El Salvador, sin temor alguno visible dobló su apuesta: “un incremento masivo en el precio del Bitcoin es cuestión de tiempo”. Su especulación fue compartida con el público a través de su cuenta personal de Twitter y como respuesta a la recomendación del Fondo Monetario Internacional (FMI) para que prosiguiera a abandonar de inmediato la criptomoneda como medio de curso legal y forzoso en su territorio.

La contundente y desafiante respuesta es inaudita dentro del marco del sistema financiero internacional. Las recomendaciones del fondo han sido siempre tratadas como imposiciones por los gobiernos a quienes dirigen sus consejos. Y, aunque históricamente las medidas obligadas a tomar por los gobernantes funcionan como un reloj suizo: siempre terminan en un desastre, puede que en esta oportunidad sí los posea la razón.

Foto de The New York Times
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¿Por qué tanta riqueza frente a tanta miseria?

Karl Marx disecciona en su obra magna un mundo que sus antecesores estaban imposibilitados a conocer. El gran pecado de las ciencias sociales modernas ha sido analizar lo legado por los pioneros economistas como contradictorio, cuando en esencia, ellos fueron complementarios. Más aún, su deseo era uno por todos compartido: encontrar qué era lo que producía riqueza para una nación.

Un enigma trocado en un laberinto, a cuyos pasillos siempre han caído en la tentación de entrar a deambular las mentes más inquisitivas de la especie humana. Algunas de ellas, inspiradas y dotadas de un ingenio envidiable, han divisado la luz que desde la salida emana; pero ninguna, jamás, ha tenido la astucia suficiente para caminar hasta ella y rebasar la puerta. La razón detrás de la riqueza de las naciones conserva hoy, inmodificable y a doscientos años de haber nacido la ciencia encargada de descifrar las variables de la ecuación, su característica de incógnita.

A la perspectiva del foráneo las extravagancias del local le resaltan. Para el que a estas está habituado, su existencia son mera cotidianidad. El alejamiento cultural del Dalái lama de Occidente lo ubicó en un lugar desde el cual poder descifrar a toda esa civilización en una pequeña frase: una sociedad enfrascada en adquirir bienes materiales que no necesita, deseoso de impresionar con ellos a personas que no conoce. Desde la inserción del capitalismo en la humanidad el desarrollo económico se ha traducido en enriquecimiento monetario infinito, en poseer desde lo básico hasta lo innecesario, transformando los lujos en hechos de la vida imprescindibles.

Thomas Mun
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Energía renovable, ¿nueva geopolítica del caos?

Son cuatro los ítem de la economía sustentada en energías renovables, los que establecerían como una superpotencia a quien sea capaz de dominar uno o varios de ellos. Tal tesoro es imposible no despierte las ambiciones más insaciables del capital.

Las promesas de un mundo mejor, la ilusión por ver renacer una nueva era y las esperanzas de un futuro prometedor, se chocan en un fatídico accidente al ser contrastadas con la duras enseñanzas que deja el pasado. Un próspero y pacífico porvenir energético sustentado en una producción limpia y no contaminante, será otro sueño roto si la fuerza impulsora detrás de esa transformación no transmuta de la que hoy impulsa el sistema reinante y sustentado en combustibles fósiles: el beneficio empresarial. No deja de ser un hecho inobjetable la máxima de David Harvey: «no existe una idea buena y moral que el capital no pueda apropiarse y convertir en algo horrendo». La transformación de la matriz energética puede que compruebe la real crudeza de tan trágica sentencia.

La energía es la sangre del capitalismo moderno. Y a él, la procedencia de ella no le ha despertado nunca conciencia alguna. Mientras esta permita la movilidad del sistema capitalista y la interconexión de sus partes más distantes; las tragedias causadas por su inmoral obtención o los desastres a desatar por su consumación, son unas desgracias a no tener en consideración. Las guerras del petróleo y su regular conflictividad, con sus indeseadas consecuencias, son muy conocidas hasta por el más apático de los ciudadanos. Su hermano menor, el gas natural, el eslabón más relevante en la transición hacia la consolidación de una matriz energética amigable con el ambiente, ha demostrado su capacidad para despertar la insaciable sed de beneficios lucrativos infinitos. Lo más desesperanzador es que las energías no contaminantes hayan comenzado a crear los nuevos puntos de conflicto en los que se batallará como consecuencia de su emplazamiento.

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¿Tocando a las puertas de la extinción humana?

Su metraje es una metáfora nítida del mundo moderno, una acusando el haber creado una sociedad tan cruel, violenta y desigual, que ha hecho insoportable la existencia de la vida misma.

M. Night Shyamalan es un fascinante realizador. Posee además una carrera desenvuelta através de un misterio más denso que las enrevesadas tramas de sus filmes. Varias de sus obras, por ejemplificar lo escrito, han sido condenadas al fracaso por sus distribuidoras transmutarlas a la brava en la secuela de «The Sixth Sense», su gran éxito en taquilla. «The Happening» no es una de ellas. Es, realmente, una película mediocre dentro de la filmografía de un hombre al que sin lugar a equívocos se debe definir como un cineasta.

Casi todas las obras del autor oriundo de la India contienen una complejidad de sus tramas en la que sobresale su construcción minuciosa de secuencias perfectamente conectadas, un entramado desarrollado para soterrar una verdad poderosa pero que, a pesar de haberse puesto frente al espectador, es invisible para él. En su primera producción en los Estados Unidos el ocultar la verdadera condición del personaje de Bruce Willis durante toda la trama fue su gran baza; y, en «Signs», lo impactante fue descubrir que las señales no eran una referencia a las estructuras creadas en los campos indicando cómo efectuar el aterrizaje de naves extraterrestres, sino a las señales recibidas por la familia durante toda su vida para sobrevivir a ese evento. En «The Visit» falló rotundamente, pues era imposible, no evidente, descifrar la verdadera situación de los pequeños en su visita a sus abuelos.

The Happening. Disney.
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¿Deberíamos temer a Bill Gates?

William Gates ha ascendido hasta autodesignarse, por usar la precisa expresión de Alexander Zaitchik en su pieza para The New Republic, como el Zar de la salud pública mundial.

«En el mundo existe la esclavitud del rico, pues el rico está al servicio de la tiranía de su riqueza, que siempre es poca”.

San Juan Crisóstomo.

No se es tanto un ciudadano como un monarca moderno cuando se controla un imperio empresarial del tamaño del que señoreaba John D. Rockefeller. Pero enfrentado a una nación creyente con efervescencia en los valores definitorios de la democracia, mantener tan magnificado estatus produce una aterradora amenaza que empieza a acechar los portones evitando el paso de la plebe a la fortaleza. El pasado recordándole que sus hermanos estadounidenses incendiaron antorchas para ocupar las oscuras calles de las ciudades hasta acabar con un reinado político oprimiéndolos, era una pesadilla sufrida en vida por el monopolista petrolero por excelencia. Pero una propuesta, de Frederik Taylor Gates, serviría como un huracán cuyos vientos habrían de apagar las ardientes llamas agitadas que ya empezaban a encender los ciudadanos.

De la epifanía del banquero nacido en Seattle emergería la Fundación Rockefeller, gigante corporativo erigido como fachada para purificar comportamientos, aunque innobles, unos permitidos por la ley. Detrás de sus enormes ventanales se ocultaba la esencia de su gran financiador, el magnate petrolero conocido como abusivo explotador y salvaje negociante, el jefe del clan familiar Rockefeller. El enfoque de la organización filantrópica recaería en la medicina, en su modernización y avances a través de la investigación. Y así, en 1901, Gates cortaba la cinta del Instituto Rockefeller de Investigación Médica, más tarde bautizado como la Universidad Rockefeller. Los lazos amarrando el pasado con la actual cotidianidad son unos atados con firmeza: Frederik Taylor Gates es lejano familiar del conocido fundador de Microsoft, el señor William «Bill» Gates.

Frederik Taylor Gates
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«The Man In The High Castle»: ¿se ha vuelto una ilusión la libertad?

Pero si es de ser cierto que un director pone una parte y el espectador la otra, la experiencia del visionado de “The Man In The High Castle” es impactante por su capacidad de hacer ver el mundo hoy sufrido.

Prime Video, la plataforma de retransmisión digital parte del gigante corporativo propiedad de Jeff Bezos, ha acatado las reglas impuestas por su principal contrincante y gran pionero en el área, todo en su afán de competir por coronarse en la cima de la nueva industria. Netflix, por descartar cualquier atisbo de duda, inició trabajando como coequipero de los grandes estudios, ofreciendo sus títulos más emblemáticos, atractivos e impactantes, a la par de ir creando un contenido propio capaz de generar fidelidad.

Amazon encontró en la floreciente tecnología explotada con éxito por el nuevo gigante del valle de la silicona el gancho perfecto para agraciar a sus compradores. Su plataforma nació a la vida como un premio a los fieles miembros del gigante de la distribución. Por un tiempo pareció ese iba a ser su destino. Pero, posiblemente impulsados por la envidia al notar el éxito arrollador obtenido por “House Of Cards” en sus primeras temporadas, se enfrasca la compañía en la creación de un contenido que valorice su marca y sea capaz de atraer ingente cantidad de nuevos miembros.

«The Man In The High Castle». Prime Video.

Pocos tan visionarios como el escritor Philip K. Dick. Sus relatos cortos hechos grandes largometrajes, “Blade Runner” y “Minority Report”, lo hacen merecedor con creces de tan anhelado adjetivo. Pero la obra de Prime Video lo consagra como una especie de iluminado capaz de entender los destinos de nuestra especie, tal y como si un escribano de Dios se tratara. Y es que los hechos impulsando toda la historia es un mundo imaginario donde los alemanes, con el Partido Nacionalsocialista a la cabeza, vencieron en la Segunda Guerra Mundial y se apoderaron del planeta. En ese espacio fantasioso, los Estados Unidos se dividen en dos grandes hemisferios: el oriental dominado por el régimen alemán y uno occidental controlado por una facción del imperio japonés. Hablar de una historia con esa trama en primer término, en pleno retorno de las extremas derechas xenofóbicas y fascistas en el país más grande de América y alrededor de Europa, hacen sobrantes a las palabras.

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Deuda externa, ¿el más imperdonable de los crímenes?

Pero esta es la esencia pura de la industria bancaria, convertirnos a todos, ya seamos naciones o individuos, en esclavos de la deuda.

El IBBC es un banco. Su objetivo no es controlar el conflicto, es controlar la deuda que produce el conflicto. Verás, el valor de un conflicto, el valor real, está en la deuda que produce. Tú controlas la deuda, controlas todo… Encuentras esto molesto, ¿cierto? Pero esta es la esencia pura de la industria bancaria, convertirnos a todos, ya seamos naciones o individuos, en esclavos de la deuda.

The International, de Tom Tykwer

El albor de un nuevo milenio no ha contraído muestras extensivas de comportamientos más civilizados. Las promesas antecediendo una nueva era, proyectando un despertar de la conciencia, se han conservado intactas en su condición de meros sueños. La realidad exhibe cómo las desgracias humanas no desaparecen, tan solo mutan o evolucionan. La opresión antaño ejercida por el amo esclavista ha transmutado en mensajes propagandísticos delineadores del comportamiento a favor de sus herederos. Se ha entendido que un esclavo conocedor de su condición es un revolucionario en potencia; uno que se ha logrado manipular hasta hacerlo feliz de su situación es una maquina lista para ser explotada por la máquina de producción.

La fuerza de la deuda externa se sotierra detrás de su condición de factor contable de las finanzas del mundo globalizado. Su esencia es ser el látigo magullando las espaldas de los más vulnerables al interior de las más corrompidas naciones y sostener la pirámide en cuya cima se habita con los más escandalosos privilegios. Su enorme extensión impide ver, demasiadas veces, la mano de aquel azotando y la parte alta de la construcción, escondida ésta detrás de las más blancas nubes. La deuda externa, como la bautiza uno de sus más bravos inquisidores, el argentino Alejandro Olmos, es la más grande de las estafas.

Aleksandr Naumovich Zak
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¿Por qué ser un mundo de salarios dignos?

Los primeros no distribuyen porque sean ricos, son ricos porque distribuyen. Y el análisis a la inversa con los segundos es idéntico y exacto. Ser un país de salarios dignos es más que mejorar los ingresos de unos trabajadores, es evolucionar como sociedad, mejorar como nación, erigir una economía desarrollada. Es crear Otra República.

El esclavo obtiene una cantidad constante y fija de medios para su sustento; el obrero asalariado, no. Este debe intentar conseguir en unos casos la subida de salarios, aunque sólo sea para compensar su baja en otros casos. Si se resignase a acatar la voluntad, los dictados del capitalista, como una ley económica permanente, compartiría toda la miseria del esclavo, sin compartir, en cambio, la seguridad de éste.
Karl Marx

No es solo el premio Nobel. O no lo es tanto. Es la realidad dictaminándolo: la promulgación de un sueldo mínimo en una nación, dotado de una cuantía capaz de sufragar los precios a asumir por una vida digna, es una demanda lógica para la ciudadanía y una benéfica para la economía.

Las dos posturas encontradas sobre la mesa de negociación son irreconciliables: para las patronales, a cargo del desembolso, es un input de la producción, una disminución de su tasa de beneficio, un costo; para los trabajadores, encarnados en los sindicatos, es la existencia misma. Un tercer actor hace presencia en el espacio de debate: la nación, personificada en el gobierno, quien en la práctica sirve como tercero liquidador de conflictos insuperables y cuya presencia se legitima por el impacto de lo negociado en una variable de la mayor importancia: la demanda agregada. Para qué lado de la balanza se recueste el Estado determina si la vida será una para vivir o una para meramente sobrevivir.

Karl Marx
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La banca privada, ¿una estafa Ponzi legalizada?

En otras palabras: no hay suficiente dinero para cancelar la deuda con la banca privada

Los tumultuosos años sesenta en los Estados Unidos legaron históricos episodios, algunos determinantes en la construcción de una sociedad más avanzada. La mayoría de los sucesos definiendo la agenda de los luchadores por las libertades civiles no necesitan ser recordados. Pero podría ser que, refundido entre los anales de la historia de aquella década, se resguarde la querella más imaginativa en la eterna guerra de la especie humana contra la injusticia, una gloria esperando ser descubierta y deseosa de inspirar a aquellos deprecando por una vida moderna verdaderamente civilizada.

Deseoso de comprar el ideal vendido por su país, Jerome Daly solicita al First National Bank of Montgomery, en la ciudad de Minnesota, en los Estados Unidos, un crédito hipotecario por un monto de 14 mil dólares. Su petición es aceptada y el capital cedido. En el proceso de ejecución del contrato, el prestatario incumple lo pactado en lo referente a las cancelaciones mensuales. Haciendo uso de los derechos en el documento estipulados, el banco decide cobrarse con la casa de su cliente, ansioso de tomar posesión sobre el inmueble. Parecía una historia normal, mil veces repetida y conocida, si no fuera porque Daly, en un giro impresionante de los acontecimientos, interpuso una demanda a su otra parte por incumplimiento de contrato (nada menos) y en el condado de Credit River, “nombre cargado de una bonita ironía” como lo destacaría el economista Alejandro Nadal.

Alejandro Nadal.
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¿Realmente les importan los fetos a los Republicanos texanos?

La ley emitida en Texas tiene mucho más que ver con capitalismo que con moralismo.

Las argumentaciones morales, espirituales o filosofales para oponerse al aborto se deben ponderar por sus opositores con el respeto y la legitimidad con que se asimila la más esclarecedora de las verdades. La inmortalidad del debate no es por alguna frivolidad; proviene de una validez intrínseca a las posturas esgrimidas por cada bando en batalla y a la por poco imposible conciliación de posiciones tan discordantes. Pero la discusión desatada sobre el tópico infrecuentemente se desenvuelve como un coloquio cargado de tan altas calidades y sí como una pendencia poblada con las más paupérrimas premisas. El vigente inconformismo desatado entre los creyentes en que la decisión recae exclusivamente en la mujer, producto del último ataque recibido sobre el derecho a interrumpir el embarazo, materializado en una controversial ley promulgada en el Estado de Texas, es por quiénes conforman el lado contrario. Porque es un insulto a la inteligencia querer hacer creer que el grupo político firmando la legislación sea uno conformado por seres con el corazón desgarrado por cada alma no nacida.

Los conservadores texanos, fieles seguidores de Donald J. Trump, creyentes en las guerras imperiales como primordial mecanismo de solución, tratantes de sus vecinos del sur con una xenofobia sin consideración, jamás han derramado una lágrima por las fatalidades desatadas al aplicarse sus políticas. El ejemplo más crudo es la pena capital aún ejecutada en su territorio, una cicatriz desfigurando el rostro de una era deseando ser vislumbrada como civilizada. ¿Por qué odian los conservadores republicanos a los mexicanos y a los negros; pero se comportan como fervorosos amantes de ellos cuando son unos fetos? Un argumento digno de la más extrema y diabólica teoría de la conspiración sostiene que, ¿si no lograran que nacieran, a quién habrían de matar cuando crecieran? Aunque en estos tiempos la veracidad no se disminuye por la crueldad, tal barbaridad parece nada más que una nimiedad. La realidad, aunque sí más sutil, es más cruel. Aman sus fetos porque la gran mayoría de ellos pasarán a conformar, como hombres y mujeres adultas, el más necesario de los grupos para conservar una tasa de beneficio del capital ambiciosa: la mano de obra no calificada desempleada; aquellos bautizados como el ejército de reserva por el economista clásico por excelencia.

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