¿Réquiem por un sueño llamado Bernie Sanders?

De pie y firme, erguido y emocionado, divisando a sus escuchas desde la tarima del auditorio de la Universidad Estatal de Iowa, se encuentra el candidato de las primarias por el Partido Demócrata de los Estados Unidos, el senador independiente de Vermont Bernie Sanders. Se distingue al político ajustando los últimos detalles de su postura, organizando sus papeles en el atrio y aspirando el aire a ser convertido en las palabras de apertura de su discurso. Se apresta a dirigirse a un extasiado público en su mayoría conformado por estudiantes y en medio de un atronador aplauso generalizado que produce una algarabía contagiosa. La expectativa es palpable y el candidato no decepciona a ningún presente. Su frase de arranque conforma nada menos que un heroico grito de guerra: “¿Están listos para hacer una revolución?” El reto extendido por el político es aceptado por la audiencia, evidenciando su deseo de ingresar a las filas con la irradiación de un atronador e inconfundible: “¡Yeah!”

El suceso, ocurrido el 25 de enero de 2016, no mostraba indicios de ser exótico y sí una regularidad en la campaña por la presidencia de su país. Sanders, declarado socialdemócrata y hasta hace poco un desconocido congresista, estaba llamado a ser el último gran fenómeno mediático de la política en Estados Unidos, tras haber propiciado un terremoto imposible de predecir después de haber lanzado su nombre a la carrera electoral de ese año, hasta ubicarse como uno de los favoritos para alzarse con la contienda por el cargo público más apetecido del mundo. Más impresionante es haber logrado escalar tan empinada cima cargando a sus espaldas la cruz más pesada, una identificada con la marca del diablo según muchos de sus futuros electores: la de ser socialista.

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¿Y si tenemos el próximo año tres salarios mínimos?

Se podría, pero de nuevo, habría que cambiar la percepción y los conceptos usados en el debate público y hacer uso de unos menos politizados. En la discusión por establecer un ingreso mínimo a los trabajadores, los sectores empresariales (con notorias excepciones) consideran el salario mínimo como un costo laboral. Cierto es su condición; pero también lo es la insuficiencia habida en llamarlo así. Los sindicatos se refieren a ese umbral más bajo de pago a los trabajadores como la calidad de vida de los empleados y la demanda agregada de la nación. Igual de acertado como inexacto. El salario mínimo es el elemento que define a una sociedad, a más alto es más civilizada, pero a más bajo, es una espiral decreciente hacia el esclavismo.

La ambiciosa propuesta sindical de un aumento del salario mínimo en un 14% es tan necesaria como irreal, para muchos espacios del aparato económico nacional. Y aún así, la salida de la pandemia debe ser recibida con una fuerte demanda que incentive la generación de ventas, creación de empleos, más utilidades y mayor recaudo impositivo. En términos exactos, un incremento en la velocidad del dinero. De ahí se desprende que, siendo una necesidad un crecimiento tal de la capacidad adquisitiva de los trabajadores, se está obligado a hacer el esfuerzo para que una subida del 14% sea impuesta a aquellos sectores en capacidad de asumirla, mientras los que no, mantengan un alza salarial más pequeña.

La necesidad y la pandemia. Foto tomada de El Espectador.
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