China, ¿comunista, socialista o capitalista?

Pero, al igual que los soviéticos, China así misma nunca se llamó comunista. Comunismo es el ideal a alcanzar, el horizonte inspirador hacía el que la nación se impulsa con su andar.

Integrar la verdad universal del marxismo con la
realidad concreta de nuestro país, seguir nuestro propio camino y construir
un socialismo con peculiaridades chinas es la conclusión fundamental que
hemos sacado al sintetizar nuestra larga experiencia histórica.

Deng Xiaoping. 1982

La potencia oriental a nadie deja indiferente. Su poder, creciente y contundente, estremece la geopolítica de forma permanente. Su posesión como rey de la economía global parece un andar imparable hacia el trono, generando temores justificados porque, como la historia enseña, nadie se ha apeado del asiento del monarca en silencio y calma. Más en este caso de coyuntura tan singular, a la espera de definir no solo quién usará la corona, sino de qué forma de organización emana el poder en las joyas representado. El pronóstico invita a despertar los temores más inquietantes al preverse como el escenario más certero un traspaso en los próximos lustros caracterizado por la existencia de un país cediendo el lugar de privilegio, declarando durante el traslado que, el modelo económico vencido es superado por su enemigo jurado. Una situación sin parangón en la historia humana moderna, en donde no se recibirá a su nueva majestad en el viejo castillo, sino que habrá una mudanza del mobiliario real hacia otra civilización.

El centro gravitacional del poder político mundial reposaba en China cinco siglos atrás. Se alejó de su vector durante medio milenio, girando hacia Occidente y aterrizando temporalmente en Italia, Francia, Inglaterra y Estados Unidos. Hoy, el retorno a su origen parece inminente y queda imposible minimizar el acontecimiento. La posterioridad registrará tal éxito como uno inédito, pues el poder obtenido por el «gigante asiático» responde a la aplicación de un modelo económico declarado como enemigo a vencer por el sistema dominante. Los detractores del socialismo siempre advirtieron a los pueblos atraídos por sus postulados de estar ad portas de instalar la sucursal del infierno en su tierra. China da por finalizada la edad de la inocencia en las relaciones internacionales y reinicia la historia ya declarada como finalizada por Francis Fukuyama en pleno auge de la era neoliberal, durante la formación del Nuevo Orden Mundial, alzándose ella como la verdadera y única vencedora de la Guerra Fría. Se escriben los primeros párrafos de un nuevo capítulo de la civilización humana y en el teatro de los hechos futuros todo indica que Estados Unidos y Europa cederán su protagonismo relegándose a una nueva posición como actores, que, aunque aún relevantes, serán meros secundarios de la obra.

100 aniversario Partido Comunista Chino

La respuesta condescendente de Occidente descifrando el suceso chino no supera la mediocridad. «China es ahora capitalista», vociferan con desespero desde este hemisferio los apologetas del neoliberalismo. El jefe máximo de la potencia oriental y segundo gran timonel de su pueblo no comparte tal apreciación: «El marxismo, como un amanecer espectacular, ilumina el camino de la humanidad en su exploración de las leyes históricas y en la búsqueda de su propia liberación». Continúa él aclarando para aquellos de comprensión corta: «doscientos años después, el nombre de Marx es todavía respetado en todo el mundo y su teoría aún resplandece con la brillante luz de la verdad». Concluye Xi Jinping eliminando cualquier atisbo de ambivalencia causado por sus palabras: «Marx es el más grande pensador de los tiempos modernos».

China es, indudablemente, marxista. Inmerso en la sabiduría del filósofo alemán analiza, su máximo referente político, a la sociedad que es su mandante, acorde a los postulados de la influyente figura…

No podemos permitir que la brecha entre ricos y pobres siga creciendo, que los pobres sigan empobreciéndose mientras los ricos continúan haciéndose más ricos. No podemos permitir que la brecha de la riqueza se convierta en un abismo infranqueable. Por supuesto, la prosperidad común debe realizarse de una manera gradual que considere plenamente lo que es necesario y lo que es posible y se adhiera a las leyes que rigen el desarrollo social y económico. Al mismo tiempo, sin embargo, no podemos darnos el lujo de quedarnos sentados y esperar. Debemos ser proactivos para reducir las diferencias entre las regiones, entre las zonas urbanas y rurales y entre los ricos y los pobres. Debemos promover el progreso social integral y el desarrollo personal integral, y defender la equidad social y la justicia, para que nuestra gente disfrute de los frutos del desarrollo de una manera más justa. Deberíamos asegurar que las personas tengan un sentido más fuerte de realización, felicidad y seguridad y hacerlas sentir que la prosperidad común no es un lema vacío, sino un hecho concreto que pueden ver y sentir por sí mismos.

Xi Jinping en discurso al Partido Comunista de China

Xi Jinping

Para analistas, pensadores y economistas ortodoxos, la existencia de propiedad privada en China la hace de facto una sociedad capitalista. El nivel de mediocridad en tal línea de pensamiento, en figuras de tan alta alcurnia, es preocupante y aterrador. Es esta una barbaridad tan bochornosa como si se considerara a cualquier organización occidental capitalista como una comunista por la existencia de sectores estatales en partes de su economía. Las agencias hipotecarias más grandes de Estados Unidos, Fannie Mae & Freddie Mac, son estatales; tal y como lo es el Bank of North Dakota; y como lo es la Corporación Nacional de Ferrocarriles de Pasajeros, Amtrak. La otra gran baza de la academia más mediatizada para sustentar su postura es la presencia de un libre mercado en territorio chino para algunos productos. Pero para aceptar tal premisa se debe olvidar o ignorar la existencia de mercados regulados en todos los países occidentales llamados de libre mercado: la banca, las vias, las telecomunicaciones…

Los daños causados por la Guerra Fría siguen generando estragos, especialmente aquellos afectando a la mente. Afortunadamente no ha sido así en todas las latitudes. Para Xi Jinping, el auge y fracaso del bloque ruso soviético es uno digno de indagar sin descansar, buscando comprender cómo se derrumba un imperio que pudo llevar uno de los suyos al cielo mismo. Y es que, para el líder del Partido Comunista de China, “la Unión Soviética fue el primer país socialista del mundo y alguna vez disfrutó de un éxito espectacular». Mucho de él hay por aprender, pues pasó de ser una comunidad feudal atrasada al segundo poder mundial en menos de un siglo, gracias a las medidas implantadas por los comunistas al mando. Y la sabiduría entregada por esa experiencia histórica ha sido fuente de conocimiento vital para despertar al dragón dormido de oriente.

100 aniversario Partido Comunista Chino

Siempre es largo y tortuoso el proceso de desarrollo de cualquier nación. Y el primer peldaño a escalar es el reconocer los lazos con el pasado, las estructuras originarias sobre las que se sostiene la economía. Cuando en 1917 los bolcheviques tomaron el poder en la Rusia zarista se enfrentaron a una realidad desafiante: el deseo de instaurar una nación socialista se complicaba al haberse desatado la revolución en un país de fundamentos feudales y (pre)capitalistas. Entender el pasado le permitió a Lenin vislumbrar un proceso transformador que “tendrá capitalistas a su lado, incluidos capitalistas extranjeros, concesionarios y arrendatarios». Incluso, serán unos que «sacarán beneficios que asciendan al cien por cien y que se enriquecerán operando junto a nosotros». Pero su postura era una maquiavélica, estratégica, al considerar que «mientras eso pasa, aprenderemos de ellos el negocio de administrar la economía, y solo cuando lo hayamos hecho podremos construir una república comunista«. Daba nacimiento él, en ese discurso de 1921 donde se explayaba sobre lo que sería la Nueva Política Económica, al «capitalismo de Estado».

Para China, la inserción en el comercio exterior era esencial. Su deseo era la acumulación de divisas en sus arcas, a través de una visión mercantilista: una balanza comercial positiva. Urgido de recursos, distribución y tecnología, pactó con Occidente su inserción a la globalización. Su oferta fue una imposible de rechazar al componerse de una mano de obra altamente calificada y explotable, una legislación ambiental laxa y un mercado interno en rápido crecimiento. Sus exigencias a cambio parecían inofensivas, por no usar el término ridículas: un canal de distribución para sus productos, conservar las reservas de las grandes empresas en el territorio por un periodo de tiempo determinado y compartir con sus empresas locales la tecnología. Cinco décadas después China domina el comercio mundial, es líder en las industrias de alta tecnología y controla la reserva de divisas más grande del planeta, al convertirse en el gran acreedor de Estados Unidos. Y el ente a cargo de ese proceso, quién lo diseñó, implantó y lideró, fue el gobierno del Partido Comunista de China y queda claro de quién tomaron la idea.

Vladímir Ilich Uliánov

Isabelle Weber presenta en su «Cómo China escapó de la terapia de choque» que el país «se integró en el capitalismo global sin perder el control de su economía nacional». Y yace ahí una luz ofreciendo claridad a la oscuridad. Para Jian Zemin, presidente de China durante la década de los años noventa, «la distinción esencial entre socialismo y capitalismo no está en el dilema entre planificación o regulación del mercado. Esta brillante tesis nos ha ayudado a liberarnos de la noción restrictiva de que la economía planificada y la economía de mercado pertenecen a sistemas sociales básicamente diferentes, lo que ha supuesto un gran avance en nuestra comprensión de la relación entre planificación y regulación del mercado”. Con su análisis Zemin conquistaría su espacio en la historia de su país, del mundo tal vez, al, básicamente, conceptualizar y darle vida al término «socialismo de mercado».

John Ross, autor de «China’s Great Road», estipula con razón que «una comparación sistemática de los conceptos de Marx con los de la Unión Soviética después de 1929 deja completamente claro que las políticas posteriores a Deng en China de reforma y apertura estaban mucho más en línea con las de Marx que las que se aplicaron en la URSS». Diciente, claro y poderoso el concepto que de ahí emana, pero es aún más sagaz el letrado al compartir con sus lectores que…

en Estados Unidos y Europa, por supuesto, se sostiene que el color del gato es muy importante. Solo el gato con el color del sector privado es bueno, mientras que el gato con el color del sector público es malo. Por lo tanto, incluso si el gato del sector privado no caza suficientes ratones (es decir, la economía está en una recesión severa), no debe usarse el gato del sector estatal para atraparlos. En China, se ha soltado a ambos gatos y, por lo tanto, se han capturado muchos más ratones.

Jiang Zemin

La conflictiva relación entre mercado y Estado, obligatoria a toda sociedad moderna, define el tipo de sistema económico rigiendo la nación no por su coexistencia, más sí por su preponderancia. En términos casi exactos se califica como capitalista a aquellos territorios donde los agentes privados del mercado tienen control de las decisiones económicas y políticas del mundo rodeándolos; y, como socialistas, a aquellos en donde es la política, a través de la acción colectiva, generalmente representada en gobiernos, quien toma las riendas de la sociedad.

China avaló la existencia de un sector privado vibrante en su economía, incluso de capital extranjero (como sucedió con la Unión Soviética), usándolo como herramienta para construir su visión ideal de sociedad. Y como lo han ratificado todos sus líderes desde Mao Zedong, el deseo es uno que se conserva inamovible. Lo anhelado es la construcción de una sociedad socialista perfecta. Y para llegar a ella, su gran fuente de sabiduría ha sido siempre, como reveló Xi Jinping, el filósofo alemán Karl Marx. Así, la comprensión de China como sociedad marxista pasa por entender el proceso histórico de desarrollo del socialismo.

Estatua de Karl Marx

China, indubitablemente, ha ido evolucionando en su etapa de capitalismo de Estado inclinando la balanza hacia el lado público y abandonando a la del privado. Es cierto que, en la década de los años ochenta, el encanto del movimiento liberalizador global también encandiló al reino del centro, incluido a su máximo referente, el famoso Deng Xiaoping. Los economistas ortodoxos asiáticos, monetaristas e hijos de la revolución marginalista, se decantaron, como le sucedió a la academia del planeta entero, por las ideas destinadas a conformar el decálogo a ser conceptualizado como el neoliberalismo. Pero fue este, en el lejano oriente, un amor fugaz. La desbordada subida de precios en los alimentos generó un alzamiento popular cuyo trágico final fue el famoso episodio de la Plaza de Tiananmén. Ese mismo año, por establecer la fecha como histórica, al otro lado del mundo una tragedia muy similar se desataba, también como corolario de aplicar las mismas medidas de política económica causantes de uno efectos secundarios muy similares, finalizando todo en el caos social venezolano conocido como «El Caracazo».

The Guardian titula una pieza con claridad absoluta: «El presidente chino promete ‘ajustar los ingresos excesivos’ de los superricos«. Acorde al rotativo inglés, el objetivo buscado por el máximo líder del Partido Comunista Chino es que los más beneficiados le retornen más a la sociedad que, los hizo ricos. Socialismo proviene de sociedad, para aquellos desubicados. Y han osado llamar a esta nueva etapa, los líderes de su país, la de la «prosperidad común». (Común como comunismo, además). Y en China las declaraciones oficiales no son canticos al aire, sino postulados a convertirse en realidad. La fuerza política de ese país nace de una consolidación de su «República» muy acorde a lo propuesto por Platón: una sociedad donde una clase se dedica a gobernar y las otras a producir y servir. El gran condicionante del filósofo griego era que se despojara a la élite política de toda propiedad privada con tal de alejar las tentaciones de la corrupción. Los asesinatos constantes a funcionarios por cometer ese crimen en China y la consolidación de un gobierno de Partido único insinúa ese sistema es el estructurado o, por lo menos, el deseado.

Partido Comunista Chino

Así, como explica Richard Wolff, las tres grandes clases sociales en las que se divide esa nación son: los líderes del Partido Comunista, los grandes empresarios y, tercero, la clase trabajadora. Permite entender tal estratificación el que, cuando Xi Jinping declara su lucha contra la inequidad, la sociedad se modifique y los grandes jefes corporativos se adecuen a la nueva realidad. «Menos de 24 horas después del anuncio de la semana pasada, Tencent, una de las empresas de Internet más grandes del mundo, se comprometió a crear un fondo de 50.000 millones de yuanes (5.600 millones de libras esterlinas) para ayudar a lograr la ‘prosperidad común’ de la nación», unas palabras que se leen con poca sorpresa en otro artículo de The Guardian con título clarificador: «Se acabó la fiesta: China toma medidas drásticas contra sus multimillonarios tecnológicos«. Tencent, que había sido denominada por las autoridades como «opio para el pueblo» por el tiempo gastado por los jóvenes en sus videojuegos, afectando el «desarrollo personal integral» de cada uno de ellos.

Dexter Roberts, investigador principal del Centro Scowcroft de Estrategia y Seguridad del Atlantic Council, explica lo acá sustentado: «está tomando forma una nueva forma de capitalismo de Estado. Además de ser igualitario, se define por un enfoque de arriba hacia abajo de la economía, dirigido por el gobierno y respaldado por políticas industriales con el objetivo de crear un país mucho más autosuficiente y, lo que es más importante, uno que continúe creciendo rápidamente». Descubre la situación que, para China, la pobreza es una equivocación del mercado tan aterradora como la concentración masiva de la riqueza y su lucha es por eliminar ambas, consolidando una sociedad de clase media o, mejor definido, una sociedad verdaderamente democrática. Una reforma tributaria a los grandes capitales, el impedimento de cotizar acciones de sus empresas tecnológicas en plazas internacionales y la fuerte regulación bancaria, son muestras contundentes de subyugación del capital. Porque es que como explica Mazzucato en «El valor de las cosas», Stiglitz en «El precio de la desigualdad» y Piketty en «El capital en el siglo XXI», la idea de que la riqueza tiene como fuente originaria y exclusiva el trabajo y el talento individual de los emprendedores es nada más que una burda propaganda.

Mao Zedong

El profesor Wolff hace un análisis del marxismo exquisito: es la búsqueda de la democratización en el lugar de trabajo. El ideal encuentra perfecta materialización en las cooperativas de trabajadores, donde son ellos mismos los dueños de las empresas. Y, en honor a la verdad, China lejos de tal situación está. La participación directa de miembros del Partido Comunista en las grandes empresas es más una posición estalinista que cooperativista. Pero, al igual que los soviéticos, China así misma nunca se llamó comunista. Comunismo es el ideal a alcanzar, el horizonte inspirador hacía el que la nación se impulsa con su andar. Así, de regir la honestidad en la clase gubernamental, el enfoque de las políticas públicas debería recaer en beneficio de la clase trabajadora. Y una cifra es más que suficiente para demostrar el esfuerzo por cumplir las promesas realizadas por el Partido: en China, el salario real de los trabajadores se ha cuadriplicado en el último cuarto de siglo. Las comparaciones son odiosas; pero dicientes: en Estados Unidos, en el mismo periodo de tiempo, el poder real de compra de la clase trabajadora ha aumentado en cero por ciento. La imagen transmitida en medios tradicionales de una China esclavista y un Estados Unidos conformado por ciudadanos libres disfrutando las mieles de una sociedad de consumo, es una imposible de compaginar con las cifras presentadas. Tal incompatibilidad es una también encontrada en la Unión Soviética, algo sustentado en páginas antes publicadas en este espacio (¿Por qué se desvanece el miedo al comunismo?).

Michael Richards, (el economista marxista más poderoso del mundo) en una de sus lecturas indagaba por qué Lenin, en su discurso histórico de 1921, en el que estableció los principios de la Nueva Política Económica, decretó el momento vivido por la revolución como «capitalismo». De Estado, por supuesto, pero por qué el uso de esa palabra al inicio. La respuesta por el profesor Wolff ofrecida parece satisfactoria: porque en ese momento en la U.R.S.S. no se había superado la relación de explotación entre empleado y empleador, la característica única y definitoria del capitalismo, y el cómo lograr sobrepasar la condición sería algo a responder en años posteriores. Stalin daría una solución práctica al acertijo: como el Estado es de todos, al Estado tomar los medios de producción está canalizando la explotación en el lugar de trabajo y, la plusvalía producida (la razón del crecimiento económico para Marx), recaería en la sociedad al ser depositada en el Estado y no acumulada en los privados. China, es la postura de este escrito, está en esa transición y de cómo responda esa interrogante definirá el futuro de su nación.

Aniversario 100 Partido Comunista China

Que sean los hechos del presente los que indiquen el mundo del futuro. El Partido Comunista de China ha indicado, solicitado, obligado, un considerable aumento de los salarios en las empresas más poderosas de su país como un mecanismo para atacar las inequidades de su sociedad y ver nacer un mercado interno fortalecido capaz de eliminar la necesidad de las exportaciones como fuente principal de crecimiento de la nación. Y poco o nada le ha importado la desvalorización bursátil de las empresas por haber emitido tal propuesta, revelando de qué lado de la sociedad se posiciona el gobierno. Marx, y los chinos también, entendia que cada sociedad, consciente o inconscientemente, otorga a cada bien, a cada sector, una cantidad de trabajo determinada. Las libertades coartadas por el Partido Comunista de China a sus más pequeños, con tal de profesionalizar a su pueblo en las áreas que el país necesita y no en las que ellos desearían, tiene como contraparte una economía industrializada y de alta tecnología, capaz de lidiar con una pandemia global a través del liderazgo del Estado y con el desarrollo de medicinas propias.

Bloomberg News hizo eco de todo escribiendo un párrafo alucinante: «Los líderes chinos tienen una visión clara sobre cómo debería ser su país. Los riesgos del sistema financiero deberían ser controlados, la desigualdad debería reducirse; y, como se desprende de eventos recientes, están comprometidos a hacer esta visión una realidad». Continúa explicando el portal que «para el entorno empresarial esto puede ser algo bueno, si los mercados se vuelven más estables y la prosperidad se generaliza». Pero el capital, si desea obtener las grandes ganancias, como propone Mazzucato, debe ser paciente. Por eso Bloomberg explica que «en el corto plazo construir esa visión implica una buena cantidad de sufrimiento para algunas de las empresas más grandes. Solo esta semana las autoridades ordenaron a todas las compañías de domicilio pagar el salario mínimo y que les proporcionen a su trabajadores facilidades en asistencia sanitaria y pensiones. Las acciones de Meituan -la compañía de domicilios más grandes del país- se desplomaron». También, según el mismo medio, «se han vetado las academias de apoyo escolar con afán de lucro porque amplían la brecha entre ricos y pobres». No, China no es capitalista.

Comunismo es el ideal a alcanzar, el horizonte inspirador al que se impulsa a la nación.

Autor: Andrés Arellano Báez.

Profesional en Gobierno y Relaciones Internacionales de la Universidad Externado de Colombia.

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