¿Réquiem por un sueño llamado Bernie Sanders?

De pie y firme, erguido y emocionado, divisando a sus escuchas desde la tarima del auditorio de la Universidad Estatal de Iowa, se encuentra el candidato de las primarias por el Partido Demócrata de los Estados Unidos, el senador independiente de Vermont Bernie Sanders. Se distingue al político ajustando los últimos detalles de su postura, organizando sus papeles en el atrio y aspirando el aire a ser convertido en las palabras de apertura de su discurso. Se apresta a dirigirse a un extasiado público en su mayoría conformado por estudiantes y en medio de un atronador aplauso generalizado que produce una algarabía contagiosa. La expectativa es palpable y el candidato no decepciona a ningún presente. Su frase de arranque conforma nada menos que un heroico grito de guerra: “¿Están listos para hacer una revolución?” El reto extendido por el político es aceptado por la audiencia, evidenciando su deseo de ingresar a las filas con la irradiación de un atronador e inconfundible: “¡Yeah!”

El suceso, ocurrido el 25 de enero de 2016, no mostraba indicios de ser exótico y sí una regularidad en la campaña por la presidencia de su país. Sanders, declarado socialdemócrata y hasta hace poco un desconocido congresista, estaba llamado a ser el último gran fenómeno mediático de la política en Estados Unidos, tras haber propiciado un terremoto imposible de predecir después de haber lanzado su nombre a la carrera electoral de ese año, hasta ubicarse como uno de los favoritos para alzarse con la contienda por el cargo público más apetecido del mundo. Más impresionante es haber logrado escalar tan empinada cima cargando a sus espaldas la cruz más pesada, una identificada con la marca del diablo según muchos de sus futuros electores: la de ser socialista.

Y el mundo entero prestó atención. Sus ideas asustaron a muchos, y, a otros, aterraron; pues lo vislumbrado en su ideario era la materialización de un viejo “fantasma”, uno “recorriendo las calles de Europa” y que ahora deambulaba tranquilo en pleno corazón del imperio capitalista. Porque su anhelado objetivo, la lucha de su vida, era clavar una daga en la yugular de las injusticias de la que emanan los privilegios de los más poderosos. No fue ambiguo ni por un segundo y la meta se alcanzaba a ver definida a kilómetros de distancia: implantar en el coloso del norte un programa para transformar el sistema económico en vigor, con medidas otrora racionales pero que, en esta época de extremos, se permite el que sean denominadas como radicales. Su propuesta de gobierno tenía entre sus objetivos incrementar los impuestos a las clases más pudientes y a la especulación financiera, duplicar el salario mínimo, reformar los tratados comerciales, reinstaurar la ley Glass-Steagall (regulando con ella a la banca), revocar Citizen United (evitando la compra de políticos a través de las donaciones de campaña), renovar la infraestructura, impulsar las energías limpias, instaurar la gratuidad en la educación, establecer un sistema de salud público que abrigue a todos los ciudadanos…

Su plan tenía, y tiene, una misión definida: reducir la brecha de ingresos que asfixia la economía moderna disminuyendo la cacareada desigualdad, ese término que el economista francés Thomas Piketty desenterró del debate público con el lanzamiento de su libro “El capital en el siglo XXI”, y que el senador catalogó con precisión como “el problema económico más apremiante de la actualidad”. No se equivoca ni exagera: la errada distribución de la riqueza monetaria, hija predilecta de un programa político ideologizado (pero presentado por sus apologetas como técnico) fue diseñado para posicionar a aquellos a quienes beneficia por encima de la ley y de las leyes económicas, forzando, a través del engaño o la presión más descarada, a acomodar el mundo entero a sus necesidades. ¿Cómo más entender que, por ejemplo, la secretaría de Warren Buffet haya pagado más impuestos que él mismo? De las injusticias en política se derivan los desequilibrios de la sociedad: ¿cómo compite un nuevo empresario con un magnate corporativo que, no paga impuestos, obtiene créditos a tasa cero de interés y, lo más importante, si su empresa es consumida por la jungla del mercado es rescatada por la mano benefactora del Estado?

Sanders expone las cifras con las que defiende la urgencia de sus ideas: en Estados Unidos, en los últimos 40 años, un billón de dólares se ha redistribuido desde la clase media hacia el 1% más rico y, según su concepto, es “hora de revertir la situación”. Su análisis se puede complementar: desde la década de los ochenta la productividad de los trabajadores se ha incrementado considerable y regularmente, mientras que los salarios se han estancado. La razón detrás de tal irracionalidad proviene de una estratagema diseñada por los poseedores del capital contra la clase trabajadora o, como técnicamente se denomina, por una “reducción de los costos laborales”.

La trampa fue convertir en ciencia una mentira: los empresarios son héroes, ídolos, seres superiores, ergo, se deben liberar de toda atadura al ejercer su función, ceder sin rechistar a sus exigencias, poner la sociedad a su disposición. La contraprestación será presenciar el renacimiento de un mundo idílico y la promesa más inmediata era la creación de empleo de calidad en cantidades masivas. El mundo moderno es la muestra contundente de que nada de lo prometido fue lo sucedido. Pero su objetivo: la disminución en el costo de la mano de obra, ese sí fue conseguido. Sus medios fueron harto escalofriantes: destruyeron sindicatos, a través de la propaganda, la presión y la violencia; firmaron tratados de libre comercio, permitiendo importar desde lejanías donde la mano de obra se trataba como esclava para presionar los salarios en el interior a la baja; tercerizaron algunas industrias y amenazaron con mudar las restantes si sus demandas no eran obedecidas…

El billonario Nick Hanauer habla con la seguridad que otorga la experiencia. Su análisis no puede debatirse: la abismal diferencia de ingresos entre los distintos actores en el lugar de trabajo se da por el poder con que se instalan las partes en las mesas de negociación; no por su productividad. La brillantez de su diagnóstico descansa en la solución que con él aparece: la inequidad es un problema político y su solución allí se haya. La meta de una eventual presidencia de Sanders, sería mentir el calificarla de manera distinta, sería una lucha por la mejora de la clase trabajadora. Y nadie puede llamarse a engaños: esa batalla tiene espacio en el espectro político y su lugar se encuentra a la izquierda. Punto. Se aclara el hecho porque las encuestas permitieron a muchos soñar que el mundo habría de cambiar, que el deseo impulsando a sus ciudadanos lo podría lograr. En 2019 El País de España informó que “un sondeo de Gallup muestra cómo el 51% de los jóvenes tiene una visión positiva del socialismo”. La revolución quebrantaba las rejas de la Casa Blanca.

Su campaña arrancó la carrera por la nominación demócrata de 2016 en el peor escenario posible: 50 puntos por debajo de su contrincante más fuerte, la ex secretaria de Estado de Obama y antigua primera dama de Bill Clinton, la señora y máxima representante del establecimiento político de su país: la abogada Hillary Clinton. Tuvo él, según un informe presentado por MSNBC, 10 minutos de cobertura mediática previo al primer debate, ridícula cantidad al ser comparada con la de su colega de partido quien tuvo 113. El otro outsider de la contienda, ese sí capitalista y republicano, se transformó en el consentido de los medios. “No será bueno para Estados Unidos -sentenció el presidente de CBS News-; pero maldita sea que Donald Trump es bueno para los ratings”. También lo era Sanders, pero claro, el establecimiento no tiene problemas en equivocarse por la extrema derecha y sí por la moderada izquierda.

La clara disparidad en la exposición mediática no hizo mella en el candidato. Si algo, aumentó su aura de guerrero en desventaja contra el poder y sus tentáculos. Y como los grandes, con poco hizo demasiado. En el primer debate de las primarias salió al rescate de su contrincante, hundida hasta el cuello por el escándalo de los correos electrónicos, al solicitar el abandono inmediato de ese tema y centrarse en las necesidades apremiantes para la ciudadanía. Se robó el aplauso de todo el recinto, sacó una venía de su rival e hizo trabajar extra a los servidores de las redes sociales. En la segunda comparecencia fue más impactante: declaró que ni Irán, China o Rusia eran las amenazas relevantes en política exterior. El gran enemigo del mundo era el cambio climático. Siendo imposible destruir la amenaza ecológica con tanques o drones, (a pesar de lo que crea Trump sobre el uso de misiles contra los huracanes), sus palabras resonaron como un estruendo en lo más profundo del complejo militar industrial. Durante el debate republicano se adueñó de Twitter al responder las preguntas dirigidas a los candidatos, poniendo su nombre en la lista de los temas más buscados en la red social, de todo el mundo.

Pero esos hechos fueron la excepción. Sanders les arrebató el corazón a sus seguidores con prácticas políticas de la vieja usanza: caminando en la calle, con sus discursos, dialogando con los ciudadanos. Juntó en sus presentaciones más personas que cualquier otro candidato jamás, a quienes convenció de donar ingresos menores, estableciéndose como el político con mayor cantidad de donaciones individuales recibidas desde que se tenga registro (su campaña no aceptó aportes de los billonarios). La lógica es directa: si estás dispuesto a donar, es porque le vas a votar, así que los números le permitían soñar con salir ganador. Todo conflagró en una votación sin precedentes para un candidato de izquierda, consagrándose en muchos más estados de los proyectados y reclamando 13 millones de votos.

Lo que hasta hace poco era un improbable, por un momento fue un futuro posible. Un candidato socialdemócrata poseía la oportunidad real de tomar la presidencia de Estados Unidos. No fue un pionero: el “hegemón” tuvo líderes socialistas de gran importancia a principio del siglo previo, un partido político ondeando esas banderas, además de figuras mediáticas modernas con fuerte apego a ideales opuestos a la religión neoliberal: Michael Moore, Oliver Stone, Bill Maher… Pero nada previa el nacer de un fenómeno como Sanders. El porqué de esa coyuntura tan particular con él fue algo debatido con maestral simpleza en la entrevista que le concedió a Charlie Rose. Le comentó el político al periodista que: “a la gran mayoría de ciudadanos no le está yendo bien en el país y la clase media está desapareciendo por completo”.

Esa misma clase media, olvidada y antaño alabada, era a la que este hombre le hablaba al oído. Ella le correspondió elevándolo a niveles inimaginables de popularidad. Su discurso atravesaba transversalmente los distintos grupos en los que se divide la nación norteamericana y que, regularmente, conflictúan con la sana convivencia estadounidense: se fuera blanco, negro, latino, asiático, las propuestas de Sanders de luchar contra la inequidad económica, los malos salarios, la falta de salud y de educación pública, todo lo convertían en la respuesta a las plegarias producidas por muchos sufriendo por la dureza de la vida diaria. Por todo es que este septuagenario político, con injusta fama de gruñón, alcanzó cimas espectaculares. No se era seguidor de Sanders, se era fanático de Bernie. Sus partidarios eran fervientes creyentes en su hipótesis sobre la usurpación cometida por el establecimiento político y económico del proceso político de Estados Unidos. Y lo creían porque lo vivían en su día a día. No por nada Donald Trump obtendría su presidencia tocando esas mismas almas con su discurso. No se puede exhibir tanto a los que poco tienen sin esperar una respuesta ilógica movida por la indignación.

Millones vieron en su candidato no a un representante y sí a un libertador. Alguien dispuesto a enfrentarse a la destructora codicia y el inmenso poder de la banca, alguien capaz de atacar a los billonarios que evaden impuestos, crean crisis económicas y luego exigen ser rescatados con recursos públicos, mientras pelean con uñas afiladas por negar el uso de esos recursos a los ciudadanos del común. Vieron en él a quien desde el Estado les llevaría la salud y los empleos necesarios para convertirse en ciudadanos productivos de una demandante economía. Veían en él a aquel repatriando los empleos exportados (su promesa de no licitar con empresas trasladando trabajos al extranjero podría lograrlo), frenando a la industria farmacéutica en su lucha por impedir la salud pública universal (Estados Unidos paga más per capita por salud que cualquier otro país industrializado) y quien prometía borrar de sus vidas los estresantes, injustos y costosos créditos estudiantiles. La revolución marchaba a paso firme y confiada por las calles de Wall Street.

Ese enfrentamiento con la estructura corporativa transmutó a Sanders en un rockstar y, por definición, a sus votantes en sus fanáticos. Cada vez que él decía “la clase media rescató a Wall Street, es hora de que Wall Street rescate a la clase media”, su público se exaltaba a niveles similares a los vividos por los asistentes a un concierto de una estrella pop segundos antes de interpretar su más reciente éxito. Incluso su extraña y llamativa pronunciación de la palabra “huge” inducía a la audiencia a exclamar en coro el adjetivo, gritándolo a su manera, como si de la estrofa de una canción fuera. Pero el instante más hermoso, más impactante e inolvidable por lo electrificante, se vivió durante una presentación en Portland mientras urgía a preocuparse por el cambio climático. En medio de su diatriba contra el daño por el humano causado al medio ambiente, un pequeño pájaro surcó el espacio, abatiendo sus alas sobre el recinto, volando hasta postrarse en su podio, como si todo el esfuerzo del animalito hubiera sido para ubicarse en el mejor lugar desde el cual escucharlo. Instante más deslumbrante, bautizado en redes como “birdie Sanders“, posiblemente no se haya visto antes en campaña alguna.

En el Iowa Brown & Black Forum, una pregunta pertinente se efectuó. “Bernie, ¿En cuál estado crees te aprecian menos? “Washington, DC“, respondió sin remedos el interrogado. Y lo poseía la razón. Su coherencia e integridad durante décadas, un bien escaso y mal pago en el Congreso, había sido su roca a su espalda durante décadas. Nunca respetado y siempre minimizado por sus colegas, quienes detestaban de él la rectitud en su vida y la fidelidad a sus posturas. La vida habría de compensarlo y, por ello, sus enemigos deseaban destruirlo. Durante la campaña, el equipo de Clinton lanzó en redes una pregunta “¿Dónde estaba Sanders cuando Hillary promovía la lucha por la Seguridad Social en los años noventa?” Con una imagen destruyeron toda una avanzada: la campaña atacada compartió una foto de un discurso de Hillary promoviendo la seguridad social, en los noventa, con Sanders junto a ella como escolta de su causa.

Sanders ha luchado por las mismas ideas sin nunca haberlas comprometido. Jamás ha tenido un solo escándalo que lo ligue a alguna acusación de corrupción o de mal comportamiento en sus labores. Era un candidato perfecto. Lo errado era la sociedad a la que se dirigía. Representó la posibilidad de recuperar la figura del político honorable: un humano al servicio del bienestar general, soñando todos con que se tallaría su nombre en el olimpo de las más grandes leyendas de la historia política estadounidense, haciéndose él el justo heredero del legado de un grande a quién repetidamente citaba: el doctor Martin Luther King Jr. No era una cosa menor el cambio a imponer en las altas y oscuras esferas del poder de los Estados Unidos. El debate de su éxito o fracaso al mando de la Casa Blanca es una interrogante a ser respondida desde la especulación, no más. Pero la lucha de los débiles contra los más fuertes, una legítima desde cualquier ángulo, parecía concluiría con un triunfo para quienes más la merecen. Queda grabado en la memoria y tatuado en el corazón el instante de enorme valentía en él poseída al replicarle al consejero delegado de Goldman Sachs, quien en una nota publicada había tildado al candidato como un “peligro para la nación”, dejándole saber que: “sí, yo soy un peligro para Wall Street“. ¿Cómo no emocionarse hasta las lágrimas?

El sistema legal en Estados Unidos no es solo injusto, es inmoral. La capacidad adquisitiva, no un juicio, las leyes o los jurados, determina la inocencia o culpabilidad frente a cualquier acusación. Así, unos banqueros capaces de expulsar de sus casas a sus clientes a través del uso de una fuerza pública servil a ellos y no a quienes habían jurado defender; unos banqueros que impulsaron y promovieron unas hipotecas avaladas, aunque realmente compradas, a unas agencias de calificación corrompidas; unos banqueros todopoderosos capaces destruir la economía global, los trabajos de los ciudadanos y la riqueza de la nación; unos banqueros que coaptaron al Estado para exigir se les rescatara después de hacer apuestas arriesgadas transformadas en la estafa del siglo; no han sido hallados culpables de un solo crimen en su país. Pero por un momento, ellos, habitando en la paz concedida por la opulencia, sintieron los pasos de un gigante capaz de patear los cimientos del castillo de naipes sobre el que se sostiene su posición de privilegio. Y a muchos el peso que hacía Sanders sobre la balanza de la justicia les era ilusionante. 

El miedo sobre él habría de ser la respuesta predecible. Se le incriminó con querer destruir su país y convertirlo en la versión de la U.R.S.S. que la propaganda ha establecido. Pero él y sus devotos obtenían la inspiración de países como Finlandia, Canadá o Noruega. Los anuncios sobre el desastre a desatar sobre la economía por la aplicación de su plan (esa economía que los neoliberales destrozaron con sus ideas), era contratacado con el argumento de que el ingreso de los trabajadores traería más consumo, de allí más inversión y, por ende, más riqueza. El antiguo consultor de Bill Clinton, Joseph Stiglitz, merecedor del Nobel de Economía, sentenció el debate: “Sanders tiene la razón” dijo en Democracy Now. Pero su respaldo era la historia. La influencia keynesiana en las políticas públicas durante las tres décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial desató treinta años de crecimiento económico inclusivo (como dice Stiglitz, crecieron los de arriba pero mucho más crecieron los de abajo) construyendo sociedades equitativas, donde la movilidad social era una realidad. Una época con un bello pero ajustado título: “Los treinta gloriosos“. Para Sanders aquella era fueron los años de su infancia y juventud (repite constantemente que él estudió en una universidad pública), siendo su deseo insertar en su posible gobierno las mismas medidas que crearon el mundo que a él tanto benefició.

La esperanza sobrepasaba las fronteras del país. La historia parecía estar escribiéndose durante la campaña. En los ochenta, la toma del poder de Thatcher y Reagan inició la implantación de políticas monetaristas a nivel mundial. En 2016 parecía que el péndulo político habría de girar hacia el otro lado. En pleno corazón del mundo desarrollado el movimiento progresista ganaba en ambas costas del Atlántico: caso Podemos en España, caso Syriza en Grecia. Pero si Sanders hubiera triunfado en las elecciones, inspirando a los votantes de la izquierda en Inglaterra –país en el que otro socialista, de apellido Corbyn, se presentó como una opción viable–, se podría apostar que la economía entera habría comenzado a modificarse y de las cenizas del neoliberalismo emergería un mundo nuevo, uno seguramente menos desigual en términos de ingresos y más civilizado en términos de convivencia ciudadana.

Robert Reich, secretario del Trabajo de Bill Clinton, explicó esa elección con mucha claridad: “Ella (Hillary) es la candidata más calificada para el sistema político que tenemos ahora. Bernie Sanders es el más calificado para crear el sistema político que merecemos.” El académico citaba en su artículo un estudio de los profesores Martin Geils (Princeton) y Benjamin Page (Northwestern), en el que se estipula que las necesidades y deseos del votante común no tienen resonancia alguna en los estamentos políticos de Estados Unidos. Parafraseando a Reich, esa fue una elección por el poder entre aquellos que lo tienen y aquellos a quienes les pertenece. Entre Clinton, quien aceptó donaciones de los grandes banqueros de Wall Street, y Sanders, quien todo se lo debía a las masas ciudadanas por mucho tiempo olvidadas. Eso, por un momento, parecía concluiría en bella justicia poética.

Fue clara la capacidad de atracción del candidato independiente y el poder de su mensaje era insuperable. Quien lo escuchó se convirtió. En un momento de la humanidad en que las redes sociales dominan las relaciones interpersonales, Sanders conectaba cada día con miles más. Su momento más emblemático lo dio el 26 de enero de 2016, frente a 20,000 personas en Saint Paul River Centre, en Minnesota. Como Bill Maher lo advirtió en su programa de HBO, “la última persona de su edad en causar esta clase de entusiasmo fue Mick Jagger”. La revolución hacía palpitar el corazón de los jóvenes

Fue real, muy real, la posibilidad de una agresiva revolución política. Pero la ilusión se desvaneció pronto. El establecimiento se impuso. Sanders no recibió la nominación del Partido Demócrata para competir por la presidencia de los Estados Unidos contra Donald Trump. Hillary Clinton fue la escogida por un sistema electoral que, en esa ocasión, se vio obligado de demostrarse como arreglado para poder arrebatarle el triunfo a quién indudablemente se lo merecía. La estructura de los “superdelegados” fue la fuerza no democrática que el partido se permitió usar para otorgarle el injusto triunfo a ella sobre él.

A hoy, la ilusión ha muerto. La primera desconexión del candidato con sus votantes fue el no aceptar la invitación de la doctora Jill Stein a ser su fórmula vicepresidencial por el Partido Verde. La justificación dada por Sanders no tranquilizó a nadie: según él, al dar inicio a la primaria se había comprometido a apoyar a quien se declarara ganador de la contienda. Mantenerse fiel a la palabra es honorable; pero no obligatorio cuando la contraparte ha traicionado las condiciones pactadas. Se promete amor eterno a la pareja, pero si se descubre que la persona a la que se le juró fidelidad secuestra niños, nada obliga a mantener los votos entregados. Clinton y el Partido Demócrata obtuvieron la nominación con trampas descaradas y, según fuentes no oficiales, ilegales.

Donald Trump se alzó con la presidencia y Bernie retornaría como candidato para el 2020. Pero la secuela solo sería una mala copia de la obra originaria. Sanders corrió no para triunfar, sino para recoger los votos progresistas y traspasarlos a su gran amigo, Joseph Biden. Y en muchos aspectos, ahí la esperanza se esfumó. Pero Sanders siempre lo dijo: su visión era crear un movimiento progresista en los Estados Unidos y, en eso, su legado será por mucho tiempo recordado. El profesor Richard Wolff aclaró perfectamente lo vivido: sin importar las críticas merecidas, Bernie Sanders amplío el espectro político. El miedo al socialismo democrático se arrincona cada vez más en las mentes más extremas, la lucha por el cambio climático se hace una prioridad para cada vez más personas, la salud pública universal es un tema apoyado por la gran mayoría de los estadounidenses…

Una generación de jóvenes encantados con la política, con la lucha por ideales de justicia y equidad, han brotado en todos los rincones del país. Muchos de ellos con triunfos electorales significativos. Unos han mantenido su fidelidad a la causa y otros, más emblemáticos, han terminado transformándose en lo que criticaban. Más allá de los logros y fracasos, la realidad es dura y dolorosa: el establecimiento y todos sus brazos apagaron la hoguera desatada por la candidatura de Bernie Sanders (en 2016 su eslogan era “Feel the Bern” (Sentir el ardor), un juego de palabras con su apellido). Pero su legado lejos está de ser enterrado. Porque nada más poderoso que una idea que ve su momento llegar y el sueño es ahora porque la historia termine demostrando que Sanders no fue el fuego desatado para a arrasar con todo, sino la chispa que prendió el incendio.

el sueño es ahora porque la historia termine demostrando que Sanders no el fuego desatado para a arrasar con todo, sino la chispa que prendió el incendio.

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