Deuda externa, ¿el más imperdonable de los crímenes?

El IBBC es un banco. Su objetivo no es controlar el conflicto, es controlar la deuda que produce el conflicto. Verás, el valor de un conflicto, el valor real, está en la deuda que produce. Tú controlas la deuda, controlas todo… Encuentras esto molesto, ¿cierto? Pero esta es la esencia pura de la industria bancaria, convertirnos a todos, ya seamos naciones o individuos, en esclavos de la deuda.

The International, de Tom Tykwer

El albor de un nuevo milenio no ha contraído muestras extensivas de comportamientos más civilizados. Las promesas antecediendo una nueva era, proyectando un despertar de la conciencia, se han conservado intactas en su condición de meros sueños. La realidad exhibe cómo las desgracias humanas no desaparecen, tan solo mutan o evolucionan. La opresión antaño ejercida por el amo esclavista ha transmutado en mensajes propagandísticos delineadores del comportamiento a favor de sus herederos. Se ha entendido que un esclavo conocedor de su condición es un revolucionario en potencia; uno que se ha logrado manipular hasta hacerlo feliz de su situación es una maquina lista para ser explotada por la máquina de producción.

La fuerza de la deuda externa se sotierra detrás de su condición de factor contable de las finanzas del mundo globalizado. Su esencia es ser el látigo magullando las espaldas de los más vulnerables al interior de las más corrompidas naciones y sostener la pirámide en cuya cima se habita con los más escandalosos privilegios. Su enorme extensión impide ver, demasiadas veces, la mano de aquel azotando y la parte alta de la construcción, escondida ésta detrás de las más blancas nubes. La deuda externa, como la bautiza uno de sus más bravos inquisidores, el argentino Alejandro Olmos, es la más grande de las estafas.

Aleksandr Naumovich Zak
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¿Realmente les importan los fetos a los Republicanos texanos?

Las argumentaciones morales, espirituales o filosofales para oponerse al aborto se deben ponderar por sus opositores con el respeto y la legitimidad con que se asimila la más esclarecedora de las verdades. La inmortalidad del debate no es por alguna frivolidad; proviene de una validez intrínseca a las posturas esgrimidas por cada bando en batalla y a la por poco imposible conciliación de posiciones tan discordantes. Pero la discusión desatada sobre el tópico infrecuentemente se desenvuelve como un coloquio cargado de tan altas calidades y sí como una pendencia poblada con las más paupérrimas premisas. El vigente inconformismo desatado entre los creyentes en que la decisión recae exclusivamente en la mujer, producto del último ataque recibido sobre el derecho a interrumpir el embarazo, materializado en una controversial ley promulgada en el Estado de Texas, es por quiénes conforman el lado contrario. Porque es un insulto a la inteligencia querer hacer creer que el grupo político firmando la legislación sea uno conformado por seres con el corazón desgarrado por cada alma no nacida.

Los conservadores texanos, fieles seguidores de Donald J. Trump, creyentes en las guerras imperiales como primordial mecanismo de solución, tratantes de sus vecinos del sur con una xenofobia sin consideración, jamás han derramado una lágrima por las fatalidades desatadas al aplicarse sus políticas. El ejemplo más crudo es la pena capital aún ejecutada en su territorio, una cicatriz desfigurando el rostro de una era deseando ser vislumbrada como civilizada. ¿Por qué odian los conservadores republicanos a los mexicanos y a los negros; pero se comportan como fervorosos amantes de ellos cuando son unos fetos? Un argumento digno de la más extrema y diabólica teoría de la conspiración sostiene que, ¿si no lograran que nacieran, a quién habrían de matar cuando crecieran? Aunque en estos tiempos la veracidad no se disminuye por la crueldad, tal barbaridad parece nada más que una nimiedad. La realidad, aunque sí más sutil, es más cruel. Aman sus fetos porque la gran mayoría de ellos pasarán a conformar, como hombres y mujeres adultas, el más necesario de los grupos para conservar una tasa de beneficio del capital ambiciosa: la mano de obra no calificada desempleada; aquellos bautizados como el ejército de reserva por el economista clásico por excelencia.

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