La medianoche había quedado atrás en el tiempo y el sueño, abriéndose paso entre las cejas, abría los ojos para expulsarse del cuerpo. Una vez afuera, se perdería por largo rato en la oscuridad. El claroscuro del espacio era en lo que se encontraba la mirada; pero no así los oídos. Los golpes en los platillos de la batería sonando en la sala del hogar, como si de la flauta de Tristán se tratara, servían como un llamado simple y llanamente irresistible. La invitación había sido servida y la respuesta era afirmativa.
En la sala, ella, en pijama, sentada en el sofá, con los ojos perdidos en las primeras coloridas imágenes saliendo del inmenso televisor. De las cuerdas vocales de este salieron los acordes del saxofón, melodiosos y melancólicos, que engalanaron las facciones de su tierna cara. Se sentó a su lado, extasiado por el mágico momento. Eran las 3:30 a.m., y sus ojos, aún perdidos en los fotogramas, daban la indicación correcta. Era hora de ver «Taxi Driver«.

A principios de la década de los setenta, el escritor Paul Schrader se encontraba en una de las crisis más profundas que un ser humano pueda tener. Para el momento, el guionista se la pasaba en su auto todo el tiempo, lo que le permitió darse cuenta que auto en movimiento es una perfecta manera de poder insertarse en lo mejor y peor de una ciudad. De allí salió la idea de hacer una película sobre un taxista que viaja por todo Los Ángeles, siendo un observador detenido de lo que pasa a su alrededor. El guión de Shcrader encontró en Martin Scorsese a un director que estaba más que preparado, se podría decir que absolutamente inspirado por lo que decía en el papel. La situación emocional de quien sería el director del film compaginaba con lo que vivía en la época el escritor, facilitando la transformación de palabras en imágenes en una experiencia maravillosa, que terminaría en una de las películas más importantes de todos los tiempos.
Pero las condiciones materiales, citando al maestro, serían aquellas encargadas de actuar como parteras de las oscuras emociones poblando, tanto las palabras del texto como los fotogramas del filme. Los años setenta del siglo pasado fueron de una ruptura geopolítica trascendental en el mundo moderno: la caída de un régimen económico centrado en la consecución del pleno empleo (el keynesianismo) y el nacer de uno enfocado en la acumulación de ganancias empresariales (el neoliberalismo). La diferencia entre uno y otro era que la estabilidad laboral, los buenos salarios y la vida estable para la clase trabajadora, daba paso a la flexibilización laboral (despidos masivos), deudas para sobrevivir e incertidumbre sobre el futuro para la clase trabajadora.

Con ese mundo de trasfondo nace “Taxi Driver”, un retrato perfecto de una época en los Estados Unidos representada en un sentimiento natural de desespero de las mayorías y ubicada en una ciudad transformada en una verdadera jungla de cemento. Una película que es casi un tratado sobre la violencia humana, sobre la degradación del hombre y de la sociedad, en medio de un mundo desenfrenado, esquizofrénico y muy apegado a las teorías de Darwin. Ese universo caótico, oscuro y peligroso se presenta a través de un icónico personaje, el Travis Bickle de Robert De Niro. El actor, uno de los mayores representantes de «el método» del Actor’s Studio, inmortaliza la escuela con esta, una de sus actuaciones más portentosas. La introspección alcanzada por el intérprete es tan profunda que fácilmente podría decirse que es el mejor estudio de un personaje que se haya llevado al cine.
Una anécdota ejemplificante y cómica de la situación la vivió el actor durante el periodo de preparación del personaje. Fiel a los mandatos de su escuela, que obligan al histrión a vivir en carne y hueso la vida del personaje, De Niro trabajó como taxista en las calles de Nueva York, buscando la conexión necesaria con su Travis Bickle. En una noche de trabajo cualquiera, un cliente se percató de quién era el conductor de su auto y comenzó a gritarle: «No puede ser, tú eres Robert De Niro, un tremendo actor, te acabas de ganar un Óscar, ¿qué hiciste para arruinar tu carrera y terminar como taxista?» El haber confundido a esa persona, conocedora de la verdadera identidad del conductor, da una idea de la inmersión total del protagonista en su profesión como taxista.

Travis es un solitario en la ciudad de Nueva York (un cambio que Scorsese hizo en el guión dado que los taxis en los setenta eran mucho más importantes en la ciudad natal del director) que observa detenidamente la prostitución, violencia, suciedad, locura, el machismo y la decadencia del mundo occidental enfrentando una crisis estructural de su modelo económico, mientras va recorriendo las calles de la ciudad en su taxi. El personaje dedica su vida a manejar el auto como una manera de pasar el insomnio, tratando de superar su soledad viendo películas porno, consolidando todos los elementos necesarios para desatar una crítica situación. La genialidad del filme radica en la manera como el director y el actor van mostrando la transformación de Travis desde un ser regular, que se va deteriorando psicológica y mentalmente, de manera gradual, hasta llegar a explotar en una aura de odio por todo lo que lo rodea. Pero, y he aquí un giro de guion fascinante, siendo el mundo caótico el escenario capaz de exorcizar sus demonios internos, sería el amor, la decepción por perder éste, el que llevaría a Travis a transformarse en un ser violento y en contra de la humanidad.
Para el taxista, ver a Betsy (Cybill Sepherd) es un amor a primera vista, fue conocer a un ser humano hermoso, para él superior, que no pertenece al mundo que lo rodea. En sus palabras, ella es un ángel que flota por encima de todos los demás, siendo imposible para las masas ensuciarla o corromperla. En un momento determinado, impulsado por el desespero que produce la necesidad de la mujer amada, sentimiento tan poderoso que es capaz de convertir a hombres cobardes en valientes, Travis se acerca a hablarle a Betsy, quien se siente atraída por él, lo que la hace aceptar su invitación a salir. Para sorpresa de ella, Travis la lleva a ver una película pornográfica, generando en ella un rechazo imposible de deshacer. Ese hecho es el detonante último en la transformación de Travis en un sociópata.

El contexto de los hechos se hace necesario. Aunque las palabras del escritor son verdades reveladas sobre sus creaciones, la realidad histórica permite complementar sus explicaciones. El porqué de semejante tontería por parte de Travis fue tema de debate constante entre los amantes del cine. Lo que pensaba el guionista era que la razón por la que el personaje de De Niro llevó a Betsy al teatro porno era porque sencillamente quería arruinar la relación. En la construcción del personaje que hizo el escritor, Travis es una persona que está determinada por sí mismo a fracasar y que, en consecuencia, tiene un comportamiento absolutamente contradictorio. Hace ejercicio, pero se alimenta mal; toma medicamentos, pero no se cuida; detesta la ciudad en la que vive, pero trabaja de taxista moiéndose por toda ella; y es por eso que logra salir con Betsy, solo para arruinar su cita.
Pero puede haber otra razón que justificaría su invitación, que incluso tiene cierta validez cuando se considera el comportamiento de ella antes de entrar al teatro. En los setenta, el cine para adultos alcanzó su madures y luchaba por encontrar su espacio entre uno de los géneros del séptimo arte. Su enfoque era encontrar historias provocadoras de situaciones íntimas, superaba lo normal en una industria actual transformada en filmar meras escenas de intimidad entre adultos. Por eso, cuando ella ve a qué tipo de película ha sido invitada, no reacciona con repulsión, sino intrigada por lo que pronto verá. Una vez vista la cinta, la reacción es desgarradora para él.

Lo anterior es la muestra de las complejidades y retos enfrentados por uno de los más grandes actores de todos los tiempos para construir uno de los personajes más maravillosos jamás creados para el cine. Junto a él, se recalca el trabajo de presentar a otro personaje poderoso y emblemático, uno políticamente poderoso y esencial para la historia: la ciudad misma donde todo transcurre. La Nueva York de “Taxi Driver” es absolutamente única, una perfecta representación de lo que el ser humano puede llegar a hacer y de los infiernos en la tierra que organización social podemos llegar a habitar. La oscuridad de la película convierte la ciudad en un universo noir y gótico, que sirve como perfecto escenario para desarrollar todas las crudas historias que en su interior suceden. Una de ellas sobresale: la vida de Iris (Jodie Foster), prostituta infantil que trabaja para Sport (Harvey Kaitel), en un deprimido sector de la urbe. Travis encuentra en ella la perfecta oportunidad para hacer algo en pro de mejorar el mundo y de alguna manera contribuir.
Desde la postura del director, se presenta a través de la compleja convivencia entre Travis, Iris y Sport, la importancia de la redención del ser humano como última esperanza . La misión suicida que el personaje toma al final de la historia nace de su idea de hacer el bien. En su psiquis, acabar con la suciedad, la porquería y la miseria del mundo en el que vivimos es hacer la obra de Dios. Para él, salvar a Iris es sinónimo de salvarse a sí mismo y al entorno que los rodea. No obstante las buenas intenciones del cineasta, Travis Bickle no es más que la eterna representación del justiciero, el hombre tomando la ley en sus manos, el vengador anónimo que busca salvar al mundo, personaje clásico del cine de acción de Hollywood, herramienta propagandística de la derecha política mundial que tantísimo daño le ha hecho al mundo.

“Taxi Driver” es la maduración del estilo de Scorsese. El ambicioso manejo de cámara, la profundidad de los personajes, la música que adorna la historia y, sobre todo, el espectacular trabajo de edición. La película fue un éxito de taquilla y de la crítica, siendo nominada a 4 premios de la Academia y ganándose la Palma de Oro en el Festival de Cannes. No obstante, más importante aún es la inmensa huella que dejó en el cine mundial, logrando convertirse en una obra de cine indispensable en la historia del séptimo arte. Su retrato de una era socialmente caótica por la desesperación económica, representado a través de un personaje inolvidable, es un hito imperecedero del séptimo arte.
En el cincuenta aniversario de la película parece desarrollarse ante la sociedad un mundo nacido de la Nueva York de Travis Bickle. Indudablemente enfrentándonos a un cambio geopolítico mayor, destructor de la solidez económica occidental, la jungla de cemento renace en algunas de las urbes de Europa, Estados Unidos y América Latina. La mudanza del poder económico y la producción, de occidente a oriente, ha generado una clase trabajadora sin empleos estables, sin futuro prometedor y desesperada. Por eso el «Joker» de Todd Phillips, cinta profundamente inspirada en esta obra, conectó con estas audiencias de la misma manera que lo hizo la cinta de Scorsese en los setenta.


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