¿Realmente les importan los fetos a los Republicanos texanos?

Las argumentaciones morales, espirituales o filosofales para oponerse al aborto se deben ponderar por sus opositores con el respeto y la legitimidad con que se asimila la más esclarecedora de las verdades. La inmortalidad del debate no es por alguna frivolidad; proviene de una validez intrínseca a las posturas esgrimidas por cada bando en batalla y a la por poco imposible conciliación de posiciones tan discordantes. Pero la discusión desatada sobre el tópico infrecuentemente se desenvuelve como un coloquio cargado de tan altas calidades y sí como una pendencia poblada con las más paupérrimas premisas. El vigente inconformismo desatado entre los creyentes en que la decisión recae exclusivamente en la mujer, producto del último ataque recibido sobre el derecho a interrumpir el embarazo, materializado en una controversial ley promulgada en el Estado de Texas, es por quiénes conforman el lado contrario. Porque es un insulto a la inteligencia querer hacer creer que el grupo político firmando la legislación sea uno conformado por seres con el corazón desgarrado por cada alma no nacida.

Los conservadores texanos, fieles seguidores de Donald J. Trump, creyentes en las guerras imperiales como primordial mecanismo de solución, tratantes de sus vecinos del sur con una xenofobia sin consideración, jamás han derramado una lágrima por las fatalidades desatadas al aplicarse sus políticas. El ejemplo más crudo es la pena capital aún ejecutada en su territorio, una cicatriz desfigurando el rostro de una era deseando ser vislumbrada como civilizada. ¿Por qué odian los conservadores republicanos a los mexicanos y a los negros; pero se comportan como fervorosos amantes de ellos cuando son unos fetos? Un argumento digno de la más extrema y diabólica teoría de la conspiración sostiene que, ¿si no lograran que nacieran, a quién habrían de matar cuando crecieran? Aunque en estos tiempos la veracidad no se disminuye por la crueldad, tal barbaridad parece nada más que una nimiedad. La realidad, aunque sí más sutil, es más cruel. Aman sus fetos porque la gran mayoría de ellos pasarán a conformar, como hombres y mujeres adultas, el más necesario de los grupos para conservar una tasa de beneficio del capital ambiciosa: la mano de obra no calificada desempleada; aquellos bautizados como el ejército de reserva por el economista clásico por excelencia.

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¿Réquiem por un sueño llamado Bernie Sanders?

De pie y firme, erguido y emocionado, divisando a sus escuchas desde la tarima del auditorio de la Universidad Estatal de Iowa, se encuentra el candidato de las primarias por el Partido Demócrata de los Estados Unidos, el senador independiente de Vermont Bernie Sanders. Se distingue al político ajustando los últimos detalles de su postura, organizando sus papeles en el atrio y aspirando el aire a ser convertido en las palabras de apertura de su discurso. Se apresta a dirigirse a un extasiado público en su mayoría conformado por estudiantes y en medio de un atronador aplauso generalizado que produce una algarabía contagiosa. La expectativa es palpable y el candidato no decepciona a ningún presente. Su frase de arranque conforma nada menos que un heroico grito de guerra: “¿Están listos para hacer una revolución?” El reto extendido por el político es aceptado por la audiencia, evidenciando su deseo de ingresar a las filas con la irradiación de un atronador e inconfundible: “¡Yeah!”

El suceso, ocurrido el 25 de enero de 2016, no mostraba indicios de ser exótico y sí una regularidad en la campaña por la presidencia de su país. Sanders, declarado socialdemócrata y hasta hace poco un desconocido congresista, estaba llamado a ser el último gran fenómeno mediático de la política en Estados Unidos, tras haber propiciado un terremoto imposible de predecir después de haber lanzado su nombre a la carrera electoral de ese año, hasta ubicarse como uno de los favoritos para alzarse con la contienda por el cargo público más apetecido del mundo. Más impresionante es haber logrado escalar tan empinada cima cargando a sus espaldas la cruz más pesada, una identificada con la marca del diablo según muchos de sus futuros electores: la de ser socialista.

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¿Por qué estamos todos tan endeudados?

En la historia es donde se descubren las explicaciones a las grandes dudas. El contexto enmarcando los acontecimientos permite comprender en su amplitud lo estudiado. Considerar a ella la madre de las ciencias sociales parece acertado. Y algo tan aberrante como las estresantes tasas de endeudamiento de la población obliga a investigar la tendencia, sobrepasando los patrones de consumo de los individuos. Para los científicos sociales, lo único relevante de estudio es el promedio, las tendencias generales, los patrones de comportamiento comunes. Con una gran mayoría de la población endeudada, se deduce la existencia de elementos macro capaces de explicar su porqué. Las respuestas encontradas en el comportamiento micro deben ser insuficientes. Palabras más sencillas pueden usarse: no es culpa, en términos generales, de cada individuo su aberrante situación crediticia y, sí, por oposición, se debe indagar las respuestas en el modelo de sociedad.

En los años siguientes a 1945, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (U.R.S.S.) divisaba el mundo desde una cima. El nulo impacto recibido por la Gran Depresión, su rebosante crecimiento económico y su triunfo militar frente a las fuerzas del nazismo, la elevaban entre las diferentes naciones como una valiosa y envidiable. La Conferencia de Postdam, a efectuarse entre los representantes de Estados Unidos, Inglaterra y la propia U.R.S.S., definiendo qué hacer con la rendición de Alemania, escenificaba su posición de preponderancia en el concierto mundial. El impacto geopolítico y económico de su influencia no era diminuto: las sociedades occidentales temían la expansión de los valores comunistas al interior de su propio territorio, un temor justificado y a hacerse realidad pues, como explicaba Eric Hobsbawm en su monumental «Historia del Siglo XX», el comunismo abarcó un tercio de la población humana.

Iósif Stalin, Franklin Delano Roosevelt y Winston Churchill
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