¿Por qué estamos todos tan endeudados?

En la historia es donde se descubren las explicaciones a las grandes dudas. El contexto enmarcando los acontecimientos permite comprender en su amplitud lo estudiado. Considerar a ella la madre de las ciencias sociales parece acertado. Y algo tan aberrante como las estresantes tasas de endeudamiento de la población obliga a investigar la tendencia, sobrepasando los patrones de consumo de los individuos. Para los científicos sociales, lo único relevante de estudio es el promedio, las tendencias generales, los patrones de comportamiento comunes. Con una gran mayoría de la población endeudada, se deduce la existencia de elementos macro capaces de explicar su porqué. Las respuestas encontradas en el comportamiento micro deben ser insuficientes. Palabras más sencillas pueden usarse: no es culpa, en términos generales, de cada individuo su aberrante situación crediticia y, sí, por oposición, se debe indagar las respuestas en el modelo de sociedad.

En los años siguientes a 1945, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (U.R.S.S.) divisaba el mundo desde una cima. El nulo impacto recibido por la Gran Depresión, su rebosante crecimiento económico y su triunfo militar frente a las fuerzas del nazismo, la elevaban entre las diferentes naciones como una valiosa y envidiable. La Conferencia de Postdam, a efectuarse entre los representantes de Estados Unidos, Inglaterra y la propia U.R.S.S., definiendo qué hacer con la rendición de Alemania, escenificaba su posición de preponderancia en el concierto mundial. El impacto geopolítico y económico de su influencia no era diminuto: las sociedades occidentales temían la expansión de los valores comunistas al interior de su propio territorio, un temor justificado y a hacerse realidad pues, como explicaba Eric Hobsbawm en su monumental “Historia del Siglo XX”, el comunismo abarcó un tercio de la población humana.

Iósif Stalin, Franklin Delano Roosevelt y Winston Churchill

La cotidianidad en la vida diaria habría de verse afectada, positivamente, gracias a las particularidades de la política internacional. El miedo al expansionismo del comunismo, a la fuerza ganada de sus ideas, atemorizaba a los poseedores de los medios de producción. La situación provocó dos grandes transformaciones en la sociedad: un movimiento político que buscaba conciliar los intereses entre el capital y trabajo: la socialdemocracia; y el fortalecimiento de los sindicatos en los países industrializados.

El segundo hecho, apoyado en las ideas heterodoxas del economista Karl Marx, contrajo un considerable incremento en el costo de la mano de obra, o, siendo lo mismo: un mejor salario para los empleados. La adición no deseada por el sector corporativo se transformó en bienvenida al conllevar una relación positiva directamente proporcional: a mayor capacidad adquisitiva de los trabajadores, mayores ventas de las empresa, incremento en el Producto Interno Bruto, aumento de la recaudación impositiva y expansión del gasto público. Trabajadores, empleadores y gobernantes convivieron y construyeron un sistema con beneficios palpables para cada parte, impulsados todos por las ideas de John Maynard Keynes. Toda la época se caracterizaría como una de un éxito palpable, una bonanza a la que se le tituló como “Los Treinta Gloriosos“, tres décadas a ser reconocidas por innumerables académicos como el momento cumbre del capitalismo a nivel planetario.

John Maynard Keynes

Finiquitada la dicha se consolidaría una revolución en las ciencias económicas: el triunfo de la propaganda del monetarismo. La realidad es que los ideales liberales nunca se extinguieron, siempre mantuvieron su corazón palpitando; pero los éxitos visibles de la aplicación de las ideas keynesianas en Occidente y la existencia de un bloque comunista en Oriente, los debilitaron hasta los cuidados intensivos. Con la crisis de la década los años setenta (crisis para analizar en profundidad, porque como bien explica el economista mexicano Alejandro Nadal, el promedio del crecimiento de esa década fue mayor a los mismos periodos posteriores), denominada por la academia como la de la estanflación, los postulados de Milton Friedman recobraron fuerza y se tomaron la humanidad. Una de sus proposiciones más preponderantes: reducir el costo de la mano de obra.

El plan era masivo: destruir sindicatos, mudar trabajos al extranjero, presionar a los empleados; todo era válido en el afán de hacer los salarios lo más precario posible. El objetivo presentado era idílico: permitirle a los empresarios ser más eficientes, permitiéndoles que aumentarán sus ganancias y… crearán más empleo. A posteriori, seguramente, explayaremos en este espacio el porqué de tamaña imbecilidad y cómo fue un fracaso; pero la idea vendida era esa y los medios usados fueron esos. Y lo deseado se logró: los salarios a nivel global descendieron y, desde aquellos años hasta la coyuntura actual, en la mayoría del planeta se han estancado. La caída en los sueldos planeaba atraer al gran capital a cada país, causando una indeseada carrera hacía bajo en los pactos por el salario mínimo, causando la consabida disminución general de los ingresos de los trabajadores. El efecto era previsible: el costo de vida sería inalcanzable para la mayoría de los ciudadanos, teniendo que encontrar medios para suplir el déficit.

Milton Friedman

La revolución neoliberal fue una cacería y el Estado su más deseada presa. El objetivo era uno sin cuartel: destruir la prestación de servicios desde lo público y suplantar la oferta por una a cargo de los privados. La excusa fue complementaria a la anterior: los segundos son más eficientes y su capacidad de ofrecer más y mejores bienes es considerable. Aún mas con una mano de obra abaratada hasta hacer imposible diferenciar una sociedad moderna con una esclavista. La realidad era alejada del discurso: lo buscado y anhelado por el corporativismo internacional no era un incremento en la calidad y una disminución de los costos en lo ofrecido por los gobiernos: su deseo era hacerse poseedor de las ganancias habidas y su estrategia era destruir a su gran competidor.

Para efectuar con éxito el cambio de paradigma, como postula Michael Moore en su “Capitalism: A Love Story”, a los ciudadanos se les encandiló con una frase malintencionada: “al disminuir el tamaño del Estado se van a reducir los impuestos adeudados”, decían ellos, “y los ingresos de los ciudadanos se incrementarán”, repetían constantemente . Lo fuerte de la sentencia está en lo que se oculta: al cambiar de proveedor de lo público a lo privado se intercambian impuestos por tarifas. Desde ese momento en adelante, cada familia debía adicionar a su costo de vida la educación de sus hijos, la salud de todos ellos, los servicios públicos domiciliarios… Y la tesis se convierte en teoría: los privados iban detrás de las ganancias del Estado, y he ahí por qué el costo de la salud, la educación y los servicios públicos domiciliarios se incrementaron en vez de recortarse; empobreciendo a unos pocos a costa del resto.

Michael Moore. Foto de Vanity Fair.

El sino marcado por la tendencia sólo podría ser aterrador: pérdida de ingresos e incremento del costo de vida habrían de concluir en sociedades inviables. Pero el mercado tendría una solución para aquellos cuyo fin de mes se hacía dantesco: la deuda. Una de las historias más fascinantes de las ciencias sociales modernas es entender cómo lograron los bancos convencer al mundo que perder ingresos a cambio de deuda era una gran idea y, a los Estados, que crear obligaciones crediticias con ellos (banca privada) en vez de consigo mismo (banca pública) era una movida sensata. El resultado sólo podría ser catastrófico: el monto adeudado hoy, a nivel global, es prácticamente impagable. Y ha llegado la situación a un grado de lo absurdo tan escalofriante que el sistema financiero desarrolló un nuevo producto cuya mera insinuación en otras épocas sería considerada nada menos que una risible herejía: préstamos con tasa de interés negativa.

La propaganda sería el cierre de la arremetida. La culpa de la deuda es individual, por no ganar más o gastar mucho, habrían de decir. La irresponsabilidad sería la causante de tal aberración, aducen ellos. Pero cuando una mayoría de la ciudadanía está luchando por salir de la misma pesadilla, la sentencia es clara: el culpable es el sistema, no el individuo. La sociedad moderna es víctima de un modelo económico diseñado para explotarla hasta destruirla. Sin un Estado regulador, las ganancias de los capitalistas son las pérdidas de los consumidores. Si se establece un precio por el agua, la educación y la salud, y una disminución en los salarios, la deuda es la única salida y el desespero su corolario inevitable. “El neoliberalismo establece una sociedad del miedo“, como aleccionaba el maestro Manolo Monereo. El miedo real a perder todo.

Fidel Castro en Naciones Unidas. Octubre 12 de 1979. Foto de REUTERS/Prensa Latina. Tomada de teleSUR.

En 1979, encumbrado en la Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas, Fidel Castro decretó lo que sería nuestra realidad con análisis preciso “La deuda es completamente impagable”. Fue una visionaria sentencia. Su análisis, de manera poco sorpresiva, fue ignorado y ridiculizado. Pero hoy la realidad obliga a halagar su precisión y admirar su capacidad de estudio. Un lustro después, el líder comunista de Cuba, en otra conferencia internacional realizada en La Habana sobre la Deuda Externa de América Latina y el Caribe, entregó una solución al problema innovadora y digna de él por lo revolucionaria: “…no hay nada más parecido a un cáncer que la deuda externa… y tiene que extirparse quirúrgicamente, totalmente, no veo otra solución”. La década ganada de Ecuador proviene de haber aplicado tal propuesta; mientras que las pérdidas de América Latina y Europa, de ignorarla.

A hoy, la clase trabajadora vive en carne propia la tragedia sufrida por los países, quienes históricamente han sentido sufrir de una deuda no externa y sí de una, eterna. Deben ser escuchadas ideas alternativas sobre cómo salir de una estratagema diseñada y cuyo desarrollo se asemeja mucho a una estafa. Y no es una exageración el uso del término: Alejandro Nadal explica el fenómeno con su acostumbrada genialidad: nunca un banco ha negado un préstamo… por escasez de recursos. Y la posesión infinita revela una verdad oculta: los bancos privados crean dinero. “Al otorgar un crédito -explica Nadal-, un banco no necesita comprobar que tiene depósitos en su bóveda. Simplemente verifica que el solicitante del préstamo es cumplidor, que tiene garantías suficientes o que el proyecto es viable. Acto seguido abre una nueva cuenta al cliente y le asigna un depósito por la cantidad del crédito solicitado. Es decir, el crédito es la operación que crea el depósito (y no al revés)”. Las palabras más simples producen visualizaciones más poderosas: todo el dinero que existe se debe a los bancos.

Alejandro Nadal.

Marriner Stoddard Eccles, legendario director de la Reserva Federal de los Estados Unidos, sentenció que “si no hubiera deuda en nuestro sistema monetario, no habría dinero”. Las consecuencias de proveer capital líquido única y exclusivamente a través de la deuda son la imposibilidad de pagar alguna vez lo debido y la consolidación de una sociedad estratificada en dos clases: los poseedores del capital y los solicitantes del capital. “La economía de los Estados Unidos es como un juego de póquer donde las fichas se han concentrado en cada vez menos manos -sentenció Stoddard Eccles en su tiempo-, y donde los otros compañeros pueden permanecer en el juego sólo pidiendo prestado. Cuando se les acabe el crédito, el juego se detendrá “. Imagen perfecta del mundo moderno, cuyas instituciones fuerzan a la mayoría de los humanos a estar endeudados hasta el final de sus días.

Hoy, la clase trabajadora vive en carne propia la tragedia sufrida por los países, quienes han sentido históricamente no sufrir de una deuda externa sino de una, eterna.

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