¿Es inevitable una Tercera Guerra Mundial?

No es en silencio como un imperio muere. Como un vetusto gigante rehusándose a abandonar el trono, las grandes construcciones políticas de la humanidad, en el ocaso de su hegemonía, gastan su último aliento tratando de impedir lo inevitable: su derrocamiento. Tucídides lo estipuló como si de una trampa se tratara: ningún Estado cede el puesto de privilegio en el teatro mundial sin luchar una guerra. Un grito final en una batalla perdida, las patadas del ahogado antes del aliento final, el acto de desespero que agota todas las fuerzas previo a ver convertido en realidad lo indeseable.

Estados Unidos forjó el más grande imperio de la humanidad en 1945. Sus posibles competidores eran unas sociedades en ruinas (Europa después de la Segunda Guerra Mundial) o atrasadas economías sin un futuro prometedor (Asia era una gran civilización rural y empobrecida). Pero como Ícaro, voló demasiado cerca al sol y su inmensa sombra nubló a la civilización entera. Nail Fergusson ofreció una nueva lectura a la historia del siglo XX en su glorioso libro: “La Guerra Del Mundo”, sustentando con su análisis que la segunda mitad de la centuria fue aquella que vería el derrumbe no solo del gran imperio occidental, sino de toda su civilización.

Niall Ferguson. Foto The Berggruen Institute
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¿Es el cine un arma de propaganda?


Que el Estado pueda y deba intervenir en la economía es ya un hecho inobjetable. Consecuencia de la crisis hipotecaria de 2007 en Estados Unidos y los multimillonarios rescates otorgados a las instituciones financieras, profundizado con la solicitud de los principales inversionistas del mundo al gobierno para detener el fenómeno de Gamestop, el debate sobre si se debe usar o no al ente como participante en la actividad económica ha encontrado su fin.

La discusión real es, entonces, qué sectores deben ser los merecedores del favor público. El cine, por su significado, impacto e influencia, debe ser sin duda uno de ellos y sus razones son muy diversas, abarcando desde las altas tasas de rentabilidad como actividad económica, pasando por el impacto favorable que la realización de proyectos culturales posee en el desarrollo y avance de las naciones, y, además, considerando la importancia habida para todas las naciones de la existencia de representaciones culturales propias.

Tom Rothman.
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¿Quién le teme a las “noticias falsas”?

“El hombre que no lee es una persona más educada que la persona que no lee nada más que los periódicos”. Fueron las manos de Thomas Jefferson, flamante padre fundador de la democracia en los Estados Unidos, las encargadas de unir tal conjunto de palabras a ser inmortalizadas en tan fascinante frase. Y radica ahí una sabiduría subrepticia, capaz de destruir en un santiamén el mito de sufrir en exclusiva en esta era de fenómenos atemorizantes como la posverdad y las fake news. La idea de habitar en un nuevo y oscuro periodo de la evolución humana en el que se esparcen noticias alejadas de la realidad, al que se ve abocada la especie producto del esparcimiento a todos los rincones del globo de Internet, es, tragicómicamente, tal vez, el mito y la mentira más grandes de estos días.

Las noticias falsas son tan antiguas como las noticias mismas. “La libertad de la imprenta es la libertad del dueño de la imprenta”, aleccionaba con exactitud el ex presidente Rafael Correa. “La opinión pública es la opinión de los dueños de los medios de comunicación”, ilustraba Ignacio Ramonet, experto en la materia, durante una de sus poderosas conferencias sobre el tópico. Jonathan Albright, Director de Investigación del Tow Center for Digital Journalism de la Universidad de Columbia, define este tipo de información como «Un contenido que puede ser viral y que muchas veces está sacado de contexto. Está relacionado con la desinformación y la propaganda, y se asemeja a un engaño intencional». Obedeciendo a ese concepto, se acierta el calificar los mitos de la colonización de América por parte de los europeos como una poderosa operación de noticias falsas para justificar el saqueo y legitimar la barbarie, la explotación del nuevo mundo por parte de la llamada civilización.

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“Joker”, de Todd Phillips, elogio a la locura.

¿Qué hace a una película conectar con el sentimiento de toda una generación? Era esa la duda perturbando a Robert De Niro al ser entrevistado para un documental, y en su afán por descifrar la razón explicando el éxito e inmortalidad de la obra cuyo legado más esplendoroso fue la consolidación de uno de los dúos más amados por los cinéfilos: el “Taxi Driver” de Martin Scorsese. Su rostro pensativo, atrapado en un fotograma en blanco y negro (técnicamente, en gris), engalanando su silencio absoluto, revelaba la ausencia de conjetura alguna como posible respuesta. En entrevista para un medio estadounidense, el cineasta a cargo de ese clásico confesaba el dolor físico sentido al filmar otra pieza centrada en un personaje renegado, perdido, aislado de la sociedad como lo es el protagonista de “The King of Comedy”, sentimiento desatad al sentirse identificado con él a profundidad, al recordarle su vida antes de haber alcanzado el estrellato como realizador audiovisual.

Se ha hecho muy fácil para algunos demeritar la obra de Todd Phillips sobre el villano más perfecto de la cultura popular, el “Joker”, calificando lo visto como una mera fusión entre las dos cintas de Martin Scorsese, con Robert De Niro como centro gravitacional absoluto. Y es innegable que así es. “Joker” pudo haber sido presentado a la Warner en un formato del tipo: “Travis Bickle meets Rupert Pupkin”. El problema, el argumento imposible de encontrar por algún lado en esos comentaristas sobrados, es el reconocer que esa mezcla es una tan peligrosa y complicada de concretar con éxito como lo es la fusión nuclear. Se requiere de mucho para desarrollar en un mismo personaje dos personalidades tan complejas, embarazosas, peliagudas y peligrosas; y más aún, de insertar esa ficción en el zeitgest, el espíritu, el pensar y sentir de toda una generación.

Joker. Foto de Warner Bros.
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¿Planea Elon Musk la gran estafa con el Bitcoin?

Tesla y Elon Musk son más que admirados globalmente. Las esperanzas en ellos puestas son de muy amplío rango e incluyen sentimientos más allá de los comerciales: transformar el capitalismo, salvar el planeta, habitar otros mundos. Y, sin embargo, existe la posibilidad de que el señor Musk no sea nada diferente al último gran estafador del planeta. Otro avivado entendiendo a cabalidad cómo funciona el capitalismo moderno, especulativo y financiero, poblado de inversores en la gran mayoría de veces, insulsos. Es, de entrada, una descripción injusta y con poco sustento, pero una que parece debe hacerse: no aprender de la historia y de los errores del pasado es, y parecer ser será, el gran error del ser humano.

Titula la BBC de Londres con enorme precisión: “De Uber a Tesla, las empresas que valen miles de millones de dólares y registran pérdidas astronómicas”. La fecha de la publicación es de octubre de 2019. A principios de 2021, momento de escritura de este texto, nada ha cambiado en la compañía del sudafricano. Y el contexto no es favorable: “una encuesta realizada por el profesor de la Universidad de Florida, Jay Ritter -comenta el portal inglés-, arrojó que el 81% de las 134 ofertas públicas de acciones de empresas en Estados Unidos en 2018, fue de firmas que registraron pérdidas en los 12 meses anteriores a su debut bursátil”. La comparación histórica crea una promesa aterradora: “Revisando la historia reciente, algo parecido ocurrió a principios de la década de 2000, época en que estalló la llamada burbuja puntocom, cuando las firmas tecnológicas se fueron al traste”.

Estatua Elon Musk. Foto de Noti
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¿Y si el neoliberalismo anhela un genocidio?

Todo tendría más sentido. Mucho se aclararía. Comportamientos al parecer irracionales, incomprensibles, cuestionables, se podrían organizar y apreciar perfectamente en un mapa conceptual cuyas líneas, conectores y corchetes, impulsarían la vista hacia un único objetivo final: tres palabras escritas en el rincón del tablero creando una frase capaz de causar un horroroso pánico a quien se atreva a posar sus ojos en ella: “matarlos a todos”. Y es que la existencia de tal plan sería lo único que podría dar lógica a la alocada era actual.

Krystal Ball se hizo inolvidable para sus espectadores al recitar un monólogo cargado de información imposible de creer. Durante su espacio en el programa matutino “The Rising”, produjo ella un espantoso escalofrío en su audiencia al informar cómo “las corporaciones envenenan a los bebés mientras los reguladores del gobierno miran para otro lado”. Imposible encontrar el más mínimo indicio de exageración en su denuncia. Producto de una investigación realizada por el Congreso de los Estados Unidos, se pudo sacar a la luz que cuatro de las compañías comercializadoras de alimentos para bebé más reconocidas del mundo no eran nada distinto a mafias dignas de los peores castigos. No tuvieron ellas, se desprende de la información presentada, el más mínimo inconveniente en vender productos dirigidos a los más pequeños humanos con contenidos poblados de plomo, arsénico, cadmio y mercurio, todos en cantidades exageradas hasta hacerse enfermizas. Incluso, en algunos se descubrieron rastros de los cuatro metales pesados. Una generación entera de bebés envenenados por cuatro de las más grandes corporaciones del planeta. Eso sí, todas con comerciales de sobresaliente hermosura alabando las cualidades nutritivas de sus productos.

Krystal Ball. Foto The Common Good.
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¿Quién paga por el 2020?

“Pero últimamente siento que llegué tarde, que lo mejor ya pasó”. Las palabras daban inicio a toda una nueva era en la televisión, a una revolución cultural impredecible que explotó en la pantalla chica. Tony Soprano, líder indiscutible de la mafia de New Jersey en la serie de HBO “The Sopranos”, recogía en su quejido el doloroso sentir de toda una nación. En mucho, de casi todo ciudadano del mundo. Comparada con el estilo de vida y tipo de sociedad habitada por nuestros antepasados inmediatos en sus años más productivos, la era actual parece un pequeño apocalipsis.

“Cuando tú preguntas por qué Estados Unidos es el mejor país en el mundo, no tengo la más mínima puta idea de qué estás hablando”. El presentador de noticias Will McAvoy, personaje principal de otra serie de HBO, “The Newsroom”, declamaba una larga lista de indicadores como sustento asesino destinado a finiquitar, de una vez por todas, la vida de una de las mentiras más grandes de nuestra era. “Pero seguro que lo fuímos -continúa el vociferante periodista-. Nos parabamos a defender lo correcto, Peleabamos por las razones exactas, pasamos y derrocamos leyes por razones morales. Peleamos guerras contra la pobreza, no contra los pobres. Nos sacrificamos, nos preocupamos por nuestros vecinos, apoyamos lo que creíamos y nunca nos vanagloriamos por ello. Construimos cosas grandiosas. Creamos tecnología impía y exploramos el universo. Curamos enfermedades. Cultivamos los artistas más grandes del mundo y la mejor economía. Aspiramos a las estrellas”. Palabras denotando un sentimiento general indicando una marcada creencia en que el pasado fue mejor.

Tony Soprano.
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¿Por qué Gamestop es el triunfo anhelado de “Occupy Wall Street”?

Nassim Nicholas Taleb abandonó el anonimato desde el lanzamiento de su libro “The Black Swan”. En entrevista de promoción del texto con Charlie Rose, compartía el autor que “un corredor de bolsa en Wall Street podría no tener mayor capacidad de predicción que un taxista” sobre su mercado. Y sobre el asunto hablaba desde la experiencia, al ser precisamente en ese lugar mitificado donde se ubicaría su primer trabajo. Durante décadas, los humanos habitando ese rincón de Manhattan le hicieron creer al mundo que las ideas de Taleb eran ridículas: se jactaban de ser ellos unos hechiceros capaces de navegar, gracias a su elevado conocimiento, las turbulentas aguas del mundo financiero. Y la historia parecía creíble; hasta que un grupo de ciudadanos sin mayor educación les ganó una partida mil millonaria, en sus términos y condiciones, y que hundió a muchos de aquellos orgullosos barqueros.

Siempre se encuentra sabiduría en la historia. Acorde al inversor Dylan Ratigan, conocedor del mercado estadounidense como pocos y autor de “Greedy Bastards”, los intentos de George W. Bush por privatizar la Seguridad Social de los Estados Unidos se deben enmarcar en el contexto del deseo, habido y permanente, principalmente por Wall Street, de convencer al pequeño inversionista de convertirse en jugador de la bolsa de valores. El deseo de los tiburones del mundo de las finanzas, siempre hambrientos de expandir su negocio, les hacía ver a esos ciudadanos sin recursos monetarios importantes como unas débiles presas que, una vez lograran unir, se convertirían en unas porciones verdaderamente jugosas. Pero las carnadas no lograron atrapar a las víctimas y la desconexión del público con el mundo de las finanzas permaneció incólume. Eso hasta que una compañía dió con la raíz del problema: la interfaz. Las palabras de Ratigan sobre el asunto son clarificadoras: “un inversionista nuevo llegaba al mercado y se encontraba con una interfaz que parecía tan complicada como manejar un 747”. La aparición de Robinhood, presentando una plataforma al parecer desarrollada bajo el lema “inversiones para dummies”, la que además no cobraba comisiones a sus usuarios, atrajo y convenció a millones de participar.

Dylan Ratigan. Foto de dylanratigan.com
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¿Por qué sí se deben emitir billetes para salvar el país?

Naomi Klein, poderosa pluma canadiense, predijo en su incomparable obra “The Shock Doctrine”, así como en su secuela no oficial “No is not enough”, la aberrante distribución de la riqueza conseguida en plena pandemia del Covid-19. Su tesis es controversial pero los hechos la hacen una contundente: en los momentos de mayor crisis y miedo, cuando las sociedades más irracionales son, los grupos ligados al poder encuentran la oportunidad perfecta para establecer las políticas más funcionales a sus intereses, por aberrantes que la aplicación de ellas sea para la nación. La inserción de un opresor aparato castrense y una dictadura civil en los Estados Unidos se posibilitó tan sólo en medio del pánico causado por los ataques del 11 de septiembre; las masivas privatizaciones y liberalizaciones de empresas y sectores en las economías del sudeste asiático se lograron materializar únicamente después de la crisis económica acechando la región en 1997.

La Gran Recesión, arrancada en 2008 y existente hasta este 2021, ha permitido decretar medidas económicas impensables y consideradas herejías hace poco tiempo: tasas de interés negativas, préstamos a un siglo, préstamos a perpetuidad y, por supuesto, una impresión de dinero en niveles sin precedentes. La meca del neoliberalismo, el lugar donde la no participación del Estado se exclama vociferante, acaba de solicitar la intervención del gobierno federal con tal de evitar la debacle de los grandes magnates del sector, al haber perdido ellos en franca lid una apuesta especulativa millonaria contra unos “degenerados de Reddit”. Deja sin lugar a dudas la coyuntura el que todas las medidas políticas están sobre la mesa, todas posibles y disponibles, sin embargo, su implementación está prohibida en una situación: cuando su aplicación favorece a la ciudadanía en general.

Naomi Klein. Foto The Intercept
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¿Quién se robó el sueño americano?

Los latinoamericanos han sabido hacer una broma de un tratado político. Según los naturales a esas tierras, “en los Estados Unidos los golpes de Estado no se habían presentado porque ese país no ha tenido jamás en su territorio una embajada de los Estados Unidos”. La lista de interrupciones de los procesos democráticos en países al sur del imperio norteamericano es tan extensa como espantosa y constante. La participación de los gringos en estos crímenes contra la democracia es una regular. El término, dicho sea de paso, proviene de una histórica y diciente expresión usada por indígenas mexicanos quienes refiriéndose al color verde de los uniformes de los invasores militares estadounidenses les reclamaban: “green, go”, durante la Guerra Mexicano-Estadounidense.

Pero la broma por poco habría de finalizar ese 6 de enero cuando un grupo de ciudadanos se rebelaron contra el proceso democrático de su país buscando impedir la próxima posesión de un presidente electo por los votos. Seguidores ofuscados de Donald Trump, envalentonados por el discurso de su líder, desataron un breve caos institucional y, por un corto periodo de tiempo, enterraron la democracia en el país más poderoso de América. Aunque sea una “ilusión de democracia”, parafraseando al lúcido comediante George Carlin, la habida en el coloso del norte no deja de ser una y el asalto al capitolio fue su momento más bajo. Pero aunque terrible, la situación no fue una excepcional. Tan es así que no pareció a nadie sorprender. Y es que el proceso de desintegración en los Estados Unidos es de larga data y la manifestación del principio de 2021 no es más que la estaca en el corazón a la organización política de esa nación, a la que desde ese día se puede denominar oficialmente lo que desde hace un tiempo para muchos de sus habitantes ha venido siendo: un “Estado Fallido”.

Donald Trump.
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