¿Es “The Walking Dead” un manifiesto?

Las cinco primeras temporadas de la producción de AMC fueron un elixir audiovisual orgásmico. Las críticas feroces recibidas por las siguientes entregas son todas merecidas. En sus inicios, incluso, como pieza de entretenimiento se permitió cimas consideradas inconquistables en su tiempo. Por rememorar la máxima, en algún momento hubo más televisores en los Estados Unidos encendidos viendo a los caminantes de la serie que a los corredores del fútbol americano del NBC’s Sunday Night Football. Nunca antes se había derrocado así al rey de la grilla televisiva.

Y es tentador explicar la magnitud de tan inmenso éxito excavando en la profundidades de sus fotogramas. Porque disfrutar de “The Walking Dead” como una serie de zombies es perderse la esencia de toda su puesta en escena. Es que su metraje, desarrollado dentro de una de las instituciones más capitalistas de nuestro tiempo, la televisiva norteamericana, es la crítica más sutil y elaborada de una nación que sabe ha dejado sus mejores momentos atrás. Y lo hace con la grandeza de los genios: de manera subrepticia, sembrando ideas en las mentes de los espectadores, sin ellos siquiera notarlo, promoviendo un cambio de patrones de comportamiento a futuro. En el pasado, los escritores de Hollywood, vetados por el establecimiento más conservador, se encontraban impedidos a desarrollar en su arte sus ideas más heterodoxas con tranquilidad, siendo forzados a actuar a través de la sugestión y explayando, en el trasfondo de la pantalla, sus posturas más radicales.

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¿Qué se oculta en Afganistán?

Escasas son las vidas cuya existencia sintetizan eras enteras. La del Mulá Abdul Ghani Baradar no parece serle suficiente ser una de ellas, sino que se alza como una distinguida entre tales singularidades. Figura relevante de los muyahidines de Afganistán, las fuerzas ilegales establecidas por Estados Unidos para derrocar al gobierno secular del país y derrotar a su aliado, el Imperio Soviético, habría de transformarse en líder del grupo fomentado por Pakistán en los años noventa: los talibanes, acarreando como consecuencia el verse abocado a luchar contra sus antiguos socios occidentales, quienes los desafiaron en la Guerra contra el Terror ya en el nuevo milenio.

Atrapado en combate, en Pakistán, en algún momento del 2009 y por sus nuevos adversarios, fue condenado a una estadía en la prisión de Guantánamo como preso político sin derechos, lugar de reclusión y torturas del que saldría en 2018 por exigencia de sus partidarios al presidente Donald Trump como requisito para iniciar las negociaciones que establecerían cómo sería la retirada de las tropas norteamericanas del país asiático. A hoy, el hermano mullah (como es conocido de forma honorífica), ya instalado de nuevo en las más altas esferas del grupo islámico, tiene a su cargo los diálogos con el jefe de la Agencia Central de Inteligencia (C.I.A.) de Joseph Biden, el diplomático William Joseph Burns, centrados en culminar la aventura estadounidenses en territorio afgano.

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¿Podemos derrotar la industria de los combustibles fósiles?

El mundo funciona con combustibles fósiles.

Quiero decir, ¿Qué tan estúpido es eso?

Dr. Edwin Jenner en la serie “The Walking Dead”

¿Estúpido? Indudable; pero no por eso ilógico o incomprensible. En economía internacional la isonomía es una entelequia. Las relaciones comerciales globales son un partido de suma cero donde los más poderosos imponen sus deseos a aquellos débiles destinados a sufrir lo que deben. Y las compañías explotadoras de combustibles fósiles son uno de los mejores jugadores. La industria petrolera, rebautizada como “extractivista”, se ha hecho merecedora de su nuevo título no solo por perforar la tierra para hacerla sangrar, sino por la corrupción promovida en los países donde instala su maquinaria, sus desechos esparcidos a la atmosfera para ser respirada por los pulmones de todo ser animal en el planeta, sus asociaciones con grupos paramilitares… 7 millones de seres humanos fallecidos al año por problemas asociados a la polución son una pequeña muestra de la capacidad de daño de una industria trascendental para el desarrollo de la sociedad moderna; pero sanguinaria e innecesaria en nuestra era.

Mark Jacobson, de la Universidad de Stanford, junto a Mark Delucchi, de la Universidad de California, expusieron en el año 2009 un plan capaz de inspirar a los más escépticos y enaltecer a los más soñadores. Su trabajo proyectaba un plan, gradual y real, cuyo desenlace sería el transformar toda la producción y consumo de energía del planeta en una limpia y renovable antes del 2030. Más aún: a hoy, la Unión Europea ha firmado el Pacto Verde con el que espera neutralizar su uso de carbono y tener una matriz de energía amigables con el medio ambiente a más tardar para el 2050. Australia, hace poco azotada por incendios forestales apocalípticos, leyó con beneplácito como en 2010 la organización Beyond Zero Emissions prometía transformar la matriz energética de su nación en una con fuentes eólicas y fotovoltaicas exclusivamente y en un plazo inferior a una década. Pero los ambiciosos proyectos se parecen más a unos sueños prontos a finalizar para despertar en la más triste realidad. Y la razón para no ver realizado ese mundo idílico es patética: “Los mayores obstáculos son sociales y políticos -sentencia el profesor Jacobson-; lo que necesitamos es la voluntad para hacerlo”.

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¿No hay más un cuarto poder?

Todo poder público erigido como Estado en sociedad alguna jactándose de ser democrática debe contener un contrapoder circunscribiendo su impacto y confinando sus alcances. Esa máxima ha sido principio irrestricto de la teoría política desde los clásicos. Y la razón de su existencia encontraba fundamento en los comportamientos de las instituciones durante la cotidianidad. Las naciones dotaron a sus Estados con una función legislativa, otra ejecutiva y una última judicial, construyendo un tríptico del poder político. La interacción entre ellas se consideraba un sistema de pesos y contrapesos funcional al gobierno, al parlamento y a las cortes. Cualquier intento de una de ellas (generalmente el ejecutivo) por expandir sus capacidades más allá de su esfera de influencia natural, sería limitada al chocar con la circunscripción de otra rama del poder (generalmente la legislativa, aunque últimamente más la judicial). Pero el diseño era insuficiente desde la perspectiva de la ciudadanía. La inexistencia de un ente desde el cual pudiera ella presionar el abuso de las otras, era un vacío inconsistente con sus principios filosóficos. Nación sin poder no es democracia.

Los medios de información, el periodismo en su más pura esencia, suplieron la necesidad de ese espacio con la denuncia como el arma más poderosa para delimitar las acciones de los hombres y mujeres del Estado, presionando desde su quehacer el encaminarlos hacia su objetivo originario. Ninguna dicha es eterna y, producto de los cambios producidos por la globalización en su fase de pax americana y neoliberal, la sociedad se enfrenta a un nuevo problema. No se previó, por parte de los padres fundadores, la capacidad de que alguna institución, algún ente o una organización pudiera captar las tres ramas del poder público y la del ciudadano, disponiendo de todas ellas a su antojo y enfocarlas hacia la satisfacción de sus necesidades. Es casi indubitable el que hoy, el poder económico, centralizado éste en las grandes corporaciones con alcance global, tiene a su merced Estados enteros y a sus pueblos indefensos frente a su accionar. Su descomunal riqueza lo ha hecho subyugar todas las esferas públicas y, además, dominar los grandes referentes periodísticos. Y debió haber sido previsible: tal capacidad de maniobra, por la que mucho dinero invirtieron, tiene un fin trazado y es ser usada de manera inescrupulosa cuando sus intereses comerciales estén amenazados.

Donald Trump
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Breaking Bad: ¿Enterrando el sueño americano?

No hay lugar a duda. En una época, el sueño americano fue algo más que una ilusión. Hubo un momento en la historia moderna de la humanidad que el trabajo, la disciplina y el esfuerzo personal se recompensaba con el éxito en la sociedad. Pero se acabó, se desvaneció y “Breaking Bad”, la serie creada por el genio que sabe plagiar llamado Vince Gilligan, es una cruda y dura representación artística de la actual etapa de crisis estructural posterior a la conclusión de un paradisiaco tiempo, esas tres décadas de crecimiento económico inclusivo que el demógrafo francés Jean Fourastié denominó con exactitud como «los treinta gloriosos».

La serie emitió su capítulo final hace más o menos una década. Sobre ella todo tipo de análisis cinematográficos, sociales, políticos, y demás, se han podido realizar. Pero la complejidad de su puesta en escena, la profundidad en toda la creación artística y su ambiciosa temática (y tema), ofrece la posibilidad de una interminable cantidad de lecturas. Una, tal vez la más importante, es la representación gráfica de la caída del imperio norteamericano desde ese pedestal de sociedad idílica que sus medios de comunicación han sabido vender tan bien, durante tanto tiempo.

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¿En el ocaso?

La evolución humana, condensada en una frase, es la de un alucinante proceso. Unos animales han sobrevivido y crecido en un ambiente inhóspito hasta transformarse en unos dioses poderosos capaces de modificar a su antojo todo a su alrededor. El proceso, organizado como un relato escrito imperdible, se presenta con galantería en el libro de Yuval Noah Harari cuyo título lo dice todo en pocas palabras: “De animales a dioses”. Pero también se describe tan magnífico viaje en un electrizante discurso, creado como una fascinante pieza publicitaria de la película “Prometheus”, en el que un joven Peter Weyland (Guy Pierce) detalla con pasión los pasos que el sapiens ha trajinado para conquistar una posición más cercana a la de unos seres celestiales que de unos terrenales.

Pero como seres superiores en la tierra, al humano lo define una condición contradictoria: su existencia misma depende totalmente del planeta que a su placer domina. Su cuerpo demanda insaciable los recursos de la naturaleza para sobrevivir, creando una relación de sumisión hacía ella bastante endeble. Todo debate político relevante de ahora en más, debe tener como foco esa dicotomía: ¿Hasta dónde llevar la explotación del medio que otorga la vida misma? Limitar, cuidar y proteger, se opone a la filosofía convertida en utopía de este tiempo: el neoliberalismo, cuyo lema se reduce a producir, consumir, expandir. Parece tomar sentido la frase de Rosa Luxemburgo, “socialismo o barbarie”, cuya actualización a nuestros días sería: “neoliberalismo y muerte”.

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Yuval Noah Harari.
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¿Por qué CNN emboscó a Álvaro Uribe Vélez?

El uso de la palabra pronunciada por el ex presidente colombiano Álvaro Uribe Vélez, durante su entrevista con Fernando del Rincón para CNN en Español, denunciando no haber sido invitado a dialogar y sí emboscado para interrogar, parece fue uno muy preciso. El tono de indagatoria y la actitud de investigador inquisitivo utilizados por el periodista (más presentador) de la famosa cadena estadounidense, tomó desprevenido al antiguo primer mandatario quien, sustentado en hechos pasados, esperaba una amena charla con un aliado de las causas de políticos situados a la derecha del espectro ideológico en América Latina. En breve, un profesional con cuestionarios poco fiscalizadores con los otros empleados de sus jefes.

Fue hace poco que el mismo del Rincón tuvo en su set al heredero más fiel del líder del Centro Democrático. En su entrevista de 2020, y en una anterior en 2018, la camarería y buen ambiente fue la constante durante el intercambio de palabras con Iván Duque. Tal mesura en su interpelación no fue producto de falta de temas candentes, complicados o controversiales: las elecciones ganadas con fotocopias o los asesinatos a líderes sociales, por ejemplo, habrían sido un par de tópicos cuya aparición arruinaría dos conversaciones desenvueltas con toda cordialidad y calma. Pero es que tal calidez y armonía era producto de que en aquellos momentos los vientos no volaban en direcciones encontradas. En otras palabras, en aquellos tiempos el uribismo no había traicionado a los dueños de la CNN.

Fernando del Rincón. Foto de Enrique Menacho.
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¿Es Colombia un Estado Canalla?

Noam Chomsky generó un caos en el mundo político en 1991 al presentar “Miedo a la democracia”. Su lectura llevó a un descubrimiento impactante por lo inesperado, aunque controversial por la excelencia con la que está sustentado. El lingüista construyó con cada párrafo un poderoso argumento, posibilitando sustentar una tesis alucinante y opuesta a la creencia más generalizada, pero cuya concatenada exposición obliga al lector a concordar con los alegatos finales del autor: Estados Unidos, sentenció él, aborrece el sistema político que busca expandir por el mundo entero. Ama el prestigio por él otorgado, por supuesto; la legitimidad frente a las naciones ofrecida al promoverlo, indudable; la posición de superioridad otorgada con respecto a otras sociedades imposibilitadas a organizarse bajo sus formas, indubitable esto. Pero no soporta de él su característica primordial: la entrega del poder.

Su análisis se ciñe con agudeza a estudiar el gobierno del presidente republicano e ídolo del conservadurismo estadounidense: el señor Ronald Reagan. Su conclusión de su mandato es tajante: “durante ocho años, el gobierno de los Estados Unidos funcionó virtualmente sin un primer ejecutivo”. Su opinión sobre el quehacer del actor convertido en líder político fue aún más controversial: “el deber de Reagan era sonreír, leer los textos del teleapuntador con voz agradable, contar unos cuantos chistes y mantener el auditorio oportunamente confuso”. Para el académico, Reagan “parecía disfrutar de la experiencia” de ser presidente, a pesar de los horrores ocurridos durante su mandato. Pero, “en realidad, no es asunto suyo si los jefes dejan montones de cuerpos mutilados en los vertederos de los escuadrones de la muerte en El Salvador o cientos de miles de personas sin hogar en las calles”.

Noam Chomsky
Noam Chomsky
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¿Por qué se gasta en armas durante una pandemia?

Denunciaba el europarlamentario socialista francés Daniel Cohn-Bendit en 2013, en su espacio por excelencia, en el pleno del Parlamento Europeo, la hipocresía de sus colegas con respecto a una Grecia en bancarrota. Su crítica fue demoledora por lo certera: a la par que los poderosos del Viejo Continente exigían al país heleno una considerable reducción en sus gastos para solventar los problemas de deudas y déficit, no escatimaban esfuerzos para convencerlo de adquirir fragatas, aviones y helicópteros franceses por cerca de 3.000 millones de euros, además de submarinos alemanes por 1.000 millones de euros más. Poco más de un lustro después, en pleno 2021, sin haber superado la debacle a la que sucumbió la nación consecuencia de las hipotecas subprime de 2007, con el Sars-Cov-2 arrinconando a su economía hasta empujarla al precipicio, el gobierno griego defiende la adquisición de aviones franceses Rafale por 2.500 millones de dólares. Podría parecer una excepción a la regla, una pésima tradición de los gobernantes a cargo del país mediterráneo; pero el hecho encuentra un exacto reflejo al otro lado del planeta: en Colombia, un país sufriendo una de sus peores crisis económicas en toda su historia republicana, incrementada por las consecuencias de la pandemia de salud global, su gobierno se afana por comprar cuatro aviones F-16 de Lockheed Martin buscando con desespero 4.000 millones de dólares, que no tiene, para adquirirlos. 

En ambos casos se sustentó la controversial transacción con justificaciones calcadas: para los griegos las amenazas de su vecino Turquía eran anuncios de un conflicto inminente y se requería un notorio fortalecimiento de sus fuerzas de seguridad nacional. En la región sudamericana, el gobierno colombiano considera a su vecino, Venezuela, el centro del terrorismo mundial y un villano planeando invadir su territorio en un plazo breve, obligándolo a poseer las nuevas armas. “Son una estrategia de defensa nacional”, postulan desde las altas esferas. Pero la realidad parece ser muy distante: todo indica es un gran negocio, repartiendo jugosas primas de ganancia entre políticos, consultores, analistas y militares, todos con regular presencia en los medios de comunicación más masivos, repitiendo un cacareado discurso de sufrir la peor debacle nacional en caso de no poseer ese equipo. ¿Qué es más fácil de creer? ¿Que los personajes promoviendo las compras son ciudadanos desinteresados preocupados por el futuro de todos; o que son comisionistas de esa venta esperando una ganancia masiva por su realización?

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¿Es inevitable una Tercera Guerra Mundial?

No es en silencio como un imperio muere. Como un vetusto gigante rehusándose a abandonar el trono, las grandes construcciones políticas de la humanidad, en el ocaso de su hegemonía, gastan su último aliento tratando de impedir lo inevitable: su derrocamiento. Tucídides lo estipuló como si de una trampa se tratara: ningún Estado cede el puesto de privilegio en el teatro mundial sin luchar una guerra. Un grito final en una batalla perdida, las patadas del ahogado antes del aliento final, el acto de desespero que agota todas las fuerzas previo a ver convertido en realidad lo indeseable.

Estados Unidos forjó el más grande imperio de la humanidad en 1945. Sus posibles competidores eran unas sociedades en ruinas (Europa después de la Segunda Guerra Mundial) o atrasadas economías sin un futuro prometedor (Asia era una gran civilización rural y empobrecida). Pero como Ícaro, voló demasiado cerca al sol y su inmensa sombra nubló a la civilización entera. Nail Fergusson ofreció una nueva lectura a la historia del siglo XX en su glorioso libro: “La Guerra Del Mundo”, sustentando con su análisis que la segunda mitad de la centuria fue aquella que vería el derrumbe no solo del gran imperio occidental, sino de toda su civilización.

Niall Ferguson. Foto The Berggruen Institute
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