¿Por qué los que más tienen deben pagar más impuestos?

No es una cuestión de justicia social o moralidad. Es simple economía… y lógica. Lo trágico: ellos, los poseedores de grandes capitales, son conocedores de esa relación de causalidad. Lo patético: la clase media y los más necesitados, los principales beneficiados de darse un cambio en las medidas referidas al pago de impuestos en las sociedades, son los opositores más vociferantes a la existencia de una tributación progresiva.

Hay hechos, conceptos, preceptos que se entienden mejor a través de anécdotas y este, la aplicación de un sistema de tributación impositiva equitativo, es indudablemente uno con esa condición. Y la historia emblemática que desvela esta realidad tiene como protagonista a nadie diferente que a Jeff Bezos, absoluto mandamás de Amazon, figura transformada por medios masivos como un nuevo dios del capitalismo moderno.

Jeff Bezos CEO de Amazon.

En algún momento del 2017, Amazon anunció la creación de una segunda sede desde la que pudiera continuar su proceso de expansión. Las oficinas serían una monumental construcción futurista, cuya ejecución produciría miles de puestos de trabajos, brindando “desarrollo y progreso” a la zona donde fuera a instalarse. Tal panacea, por supuesto, no vendría sin costo: la corporación decidió abrir un concurso público para escuchar propuestas de diferentes capitales, ciudades, metrópolis interesadas en recibir al conglomerado y sus dólares, cada uno de ellos propensos a esparcirse por la economía local y a los políticos enaltecer.

Una desenfrenada cascada de ofertas en video inundaron la red de redes, con oficiales públicos y privados sirviendo como presentadores, explicándole a Bezos y al equipo de Amazon todas las ventajas diseñadas por las instituciones públicas para recibir al magnate y su corporación. Fue un espectáculo llamativo por lo triste; pero que cumplió su objetivo. Más de 200 centros urbanos de Canadá, Estados Unidos y México entraron a la contienda, esperando ser cada una de ellas la agraciada y bendecida por la llegada del gigante de Internet.

Alexandría Ocasio Cortez, congresista del Partido Demócrata.

Estudiadas las propuestas, el mastodonte tecnológico se decidió por la ciudad de Nueva York, alegando que los descuentos tributarios de 3 mil millones de dólares ofrecidos por el Estado habrían sido el factor determinante a la hora de su escogencia. Alexandria Ocasio Cortez, congresista del Partido Demócrata representando al Estado de Nueva York y afamada por sus posiciones progresistas, atacó con vigor el futuro negocio, instaurando con su acción un debate público sobre la conveniencia o perjuicios de la nueva infraestructura, convirtiéndose en la voz de los conciudadanos preocupados. En famoso artículo del New York Times se solicitaba a la ciudad el responder a la oferta con una negativa, acusando a la corporación de generar más daños que beneficios a Seattle (lugar de sus oficinas centrales), el destruir pequeños negocios y su reconocido pésimo historial con los sindicatos. Aunque muchas variables alimentaron la conversación, una sobresalía sobre todas las demás: según la joven figura política, el empresario habría de abrir sus oficinas en su metrópolis, existieran o no tentadoras exenciones impositivas.

Amazon tenía determinado su futuro y, para conquistar sus anhelos, el enfoque de sus inversiones de estaría centrado en la publicidad. Y, si el centro de los negocios de la empresa está en ese sector, no puede haber otro lugar en el mundo dónde instalarse que la gran manzana. De ahí que, los políticos de oposición cantaran victoria al ser notificados del retiramiento de los ofrecimientos sirviendo de anzuelo para atraer la organización a su territorio. La respuesta de la corporación fue inmediata: instalarían su nueva sede en otra ciudad. Los enemigos políticos del ala progresista del Senado de Nueva York acusaron a la joven representante del fracaso. El gobernador del Estado, Andrew Cuomo, (quien incluso había dicho que se cambiaría su nombre a “Amazon Cuomo”) se dejaba ver enardecido. Pero todo estaba decidido: Amazon no honraría a Nueva York con su presencia… por el momento.

Carta de Jeffrey Bezos a la ciudad de Nueva York.

A principios del 2019, a dos años de haber arrancado su competición, el gigante multimillonaria anunciaba sin bombos ni platillos la apertura de una oficina en la Ciudad de Nueva York, en Manhattan exactamente, contratando cerca de 1.500 personas encargadas de manejar su servicio al cliente y de publicidad. ¿Por qué habría Amazon de dar apertura de una gran oficina en la única ciudad que rechazaba concederle alguna ventaja de tipo fiscal por su inversión? Porque Bezos tiene claro, como lo tiene todo gran capitalista o todo verdadero economista, que los privados no producen riqueza o valor en las sociedades, sino que lo extrae de ellas. No hay grandes empresas en sociedades pobres, mientras que pululan poderosos emporios en enriquecidas urbes. Amazon, Apple, Microsoft y Google podrían abrir mañana todas una flamantes oficinas en Haití y no se habría de enriquecer la isla en un año; muy posiblemente sí sucedería lo opuesto: los grandes magnates perderían su inversión en el corto plazo.

Todo ciudadano hace uso de los bienes públicos en una cantidad marginal. Un adulto promedio no hace uso del sistema judicial más que un par de veces en su vida. Donald Trump, Bill Gates y Larry Page usufructúan de todas las maneras posibles la existencia de un sistema legal y judicial que les permite proteger sus empresas, adquirir otras, defenderse de demandantes, instaurar demandas, arbitrar pleitos… La educación pública es un valor para toda sociedad por cuanto las hace civilizadas; pero quien las explota comercialmente son los grandes empresarios quienes tienen acceso a un capital humano de enorme capacidades a bajo costo, pues toda corporación paga por el trabajo recibido no por la educación de su empleado. Y, por cerrar el círculo con nuestro primer referente, Amazon hace un uso excesivo del servicio postal de los Estados Unidos y Canadá a muy bajo costo. Todo el servicio de mensajería de la central de abastos se hace posible y realidad porque existe un servicio de mensajería ya creado, uno en el que él no invirtió, el que no ayudó a fundar, en el que no participó en su construcción.

Bill Gates fundador de Microsoft.

Los hechos son siempre la prueba contundente. Y en este caso el veredicto es inapelable: los más ricos de una sociedad deben pagar más impuestos, simple y llanamente, porque son ricos gracias a que han podido extraer más riqueza del Estado que permitió el nacimiento y existencia de sus negocios. El simple hecho de instalarse en una sociedad funcional, que permita la coexistencia de ciudadanos en todas sus facetas, es un punto de arranque favorable para un empresario. Una sociedad que ofrezca servicios públicos domiciliarios, hospitalarios, viales, policiales, todos esenciales para cualquier emprendimiento, es una con la que cualquier organización económica está en deuda y, por lo tanto, obligada a cancelar impuestos como retribución a lo recibido.

Un ciudadano nacido o que se ha mudado a Los Ángeles buscando el sueño de hacer cine, tiene infinita cantidad de más posibilidades de convertirse en un celebrado director que uno nacido en Bangladesh. Esa industria vibrante y poderosa, ya existente en la ciudad en la que él nació o a la que se fue en búsqueda de suerte, una construcción centenaria en donde el sector público jugó un papel esencial, es la que le permitiría a él estudiar, preparar y producir sus cintas. Ergo, su obligación es corresponder a la ciudad que todo le dio. Y a mayor sea el éxito alcanzado, mayor la obligación. Y la forma de cumplir sus deudas, la que se ha inventado en política como la más exitosa, es con el pago de impuestos. Es por eso que Steven Spielberg está obligado tributariamente en un grado mucho más alto que, por ejemplo, Ron Coppola.

Steven Spielberg en “The BFG (Le Bon Gros Géant – Le BGG)”. Cannes Film Festival 2016. (Foto de Tristan Fewings/Getty Images)

Los impuestos son el costo de la civilización, decía un gran jurista norteamericano. Carlos Sánchez en El Confidencial argumenta sobre la naturaleza de los impuestos con certeza: “En el derecho tributario” -alecciona él-, “no puede haber confiscación (en los impuestos) por la simple razón de que todo contribuyente se beneficia de contraprestaciones en términos de bienes públicos, ya sea porque utiliza una carretera, un hospital, un colegio o por el hecho de disfrutar de un sistema de seguridad y defensa que le permite no tener que financiar de su peculio su propia seguridad, como sucedía en la Edad Media”. Los impuestos, en breve, son y deben ser tratados como una inversión cuyo retorno es una sociedad civilizada.

Las inversión pública y privada se complementan o desplazan entre ellas. El primer fenómeno es el ideal para cualquier capitalista emprendedor. Si la sociedad en la que su capital busca multiplicarse es una con infraestructuras adecuadas, producto de una masiva inversión en bienes sociales: una ciudadanía educada y saludable, una vías en perfecto estado, un respeto al Estado de Derecho, sus posibilidades de éxito son considerablemente más altas que de haber puesto su capital en una sociedad organizada por la anarquía de los beneficios privados como elemento determinador de las decisiones de inversión.

Jeff Bezos y Mackenzie Scott

Jeff Bezos no es idiota. Sus apologetas muy seguramente sí. La leyenda en que se ha convertido su pasado, maquillada y engrandecida por una foto en un garaje donde inició en la máxima humildad su emprendimiento, ha logrado confundir a muchos. Si el hoy hombre con más millones en el planeta a su nombre hubiera nacido en un barrio pobre de Asia, seguramente estaría ensamblando celulares para alguna corporación. La noción, común en nuestra era, buscando convencer a la sociedad de la real posibilidad de establecer un imperio del tamaño de Amazon única y exclusivamente con el esfuerzo de un solo hombre es ridícula, absolutamente desfasada y patéticamente inocente.

Amazon es lo que es por haber nacido en ese país, porque esa sociedad le ofrecía a su fundador todos los elementos necesarios para alcanzar el éxito hoy logrado. Le debe todo Amazon al país, y por eso, su pago de impuestos masivo debería ser. Más exacto, preciso y contundente son las palabras de la ex esposa de Bezos, quien declaró: “el año pasado me comprometí a devolver la mayor parte de mi riqueza a la sociedad que me ha ayudado a generarla”. Sus siguientes palabras son un cierre perfecto y la aniquilación de un debate que jamás debió haberse dado: “No tengo dudas de que la riqueza personal de cualquiera es producto de un esfuerzo colectivo y de estructuras sociales que presentan oportunidades para algunas personas y obstáculos para muchas otras”.

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