¿Por qué no arrestar a Harvey Weinstein?

El escándalo ha quedado atrás. En febrero del año en curso, 2020, un jurado encontró a Harvey Weinstein “culpable de violación en tercer grado y un acto sexual criminal, y no culpable de tres cargos, incluidos dos cargos más graves de agresión sexual predatoria”. ​Su condena será cumplida en una cárcel de mínima seguridad en los Estados Unidos, más exactamente en el Estado de Nueva York.

Para el público en general, la justicia ha servido a su propósito: un culpable está pagando una pena privativa de la libertad por sus actuaciones ilegales frente a un numeroso grupo de mujeres. Las víctimas han encontrado paz y alivio a su sufrimiento. Que no haya un depredador rondando una ciudad, especialmente en un posición de poder, es una excelente noticia para el público en general. Y sin embargo la pregunta siempre será válida: ¿Estamos mejor como sociedad? ¿Es esto lo mejor por hacer con los criminales? ¿Sigue teniendo validez la prisión como mecanismo para encontrar justicia?

Harvey Weinstein
Harvey Weinstein

Harvey Weinstein marcó un era en el cine de los Estados Unidos. Su legado será imborrable y su impacto imperecedero.No hay debate posible frente a la terquedad de unos hechos tozudos y la obra del productor permite un veredicto de tal categoría. Pero es culpable. Debe pagar por sus crímenes. La pregunta a resolver es: ¿Forzarlo a pudrirse es una cárcel es la solución más inteligente desarrollada?

En la vida, la gran mayoría de las veces los extremos dejan ver con mayor claridad los medios. Trasladar el debate de Weinstein a otro tipo de personaje podría ayudar a aclarar la nubosidad del tema. De no haber sido un productor de cine el violador en el asiento de los acusados, sino la persona a punto y con mayor capacidad para encontrar la vacuna contra una enfermedad mortal: ¿Llevarlo a la cárcel e impedir culminar su trabajo es lo más beneficioso para la sociedad? ¿Para las víctimas sería mayor alivio coartar su libertad que disfrutar del fruto de su trabajo?

Harvey Weinstein. Foto de The New Yorker.

El mundo, en esta ocasión, se quedó sin el cine de Harvey Weinstein y nadie duda de que es eso una pérdida. Las víctimas del productor, han contemplado paz y tranquilidad al ver se hizo justicia en su nombre desde que ven al antiguo todopoderoso hombre del cine detrás de una rejas. Pero, ¿es imposible encontrar una solución mejor? ¿No sería más benéfico para todas las partes involucradas la continuidad del hombre en su trabajo, haciéndolo ahora en beneficio de las víctimas? Una deuda impagable de Harvey Weinstein para con sus víctimas, recogiendo ganancias de sus producciones, de sus contratos, de sus trabajos… ¿no sería mejor para ellas, para todos?

La idea viene a colación por una situación similar. Para aquellos criticando la propuesta presentada con pensamiento inquisitivos e inquisidores, produciendo en su cerebro exclamaciones tal y como “¿Quién querría volver a ver una película del señor Weinstein?”, habrá que recordarles que, Roman Polanski, director de cine acusado de pedofilia, recibió muchos años después un Oscar a Mejor Dirección por su trabajo en “The Pianist”, alcanzando a tener la vida suficiente post acusación criminal para crear un éxito de taquilla considerable como “The Ghost Writer”. Podría entonces especularse un escenario prometedor: ¿no sería más valioso para las víctimas de Harvey Weinstein usufructuarse monetariamente de su trabajo futuro que contemplar su desvanecimiento en una cárcel?.

Roman Polanski. Foto de Cinemateca Madrid.

En abstracto, las naciones deben manejar los recursos habidos en sus Estados (gobierno, territorio y nación) procurando el mayor provecho de ellos para elevar al máximo la calidad de vida de sus ciudadanos. Desde ese concepto es válida la pregunta: ¿Ha sido el sistema de condenas a través de la cárcel uno benéfico para los sociedades donde el mismo se ha implementado? ¿Ha traído él calma y paz real a las víctimas cuyo existencia lo legitima? Los estudios demuestran tajantemente su absoluta inoperancia. Roger Matthews, profesor de criminología de la Universidad de Kent, Reino Unido, no tiene reparos en llamar a las prisiones unas “dañinas” para la sociedad. La “Universidad del Crimen” es su segundo nombre en las calles de las urbes latinoamericanas.

Su desarrollo histórico es relevante. Las prisiones fueron una respuesta a un naciente modelo de sociedad, capitalista industrial, en los Estados Unidos y Europa, como medio de disciplinamiento (forzamiento) de aquellos ciudadanos no deseando o no pudiendo encontrar espacio en las nuevas formas de vida. La situación era dicotómica: “trabajo o cárcel”. Su momento más emblemático fue, sin lugar a dudas, el marco jurídico creado para luchar contra la vagancia, siendo España y Estados Unidos pioneros en tan valuable jurisprudencia.

Roger Matthews.

Como ha sido regular en su historia, América Latina decidió copiar el sistema carcelario, implantarlo al interior de sus países y usarlo como forma de castigo contra el hampa. Al no haberse germinado en sus economías un proceso de industrialización, la cárceles tenían como objetivo alejar la criminalidad de la sociedad, buscando ocultarla o, posiblemente, exterminarla. El círculo vicioso de ciudadanos pobres convertidos en criminales profesionalizados en las cárceles de donde salían a cometer más delitos, tiene ahí su origen.

Las dos génesis han concluido en dos realidades marcadamente diferenciadas: en los Estados Unidos, como lo denuncia con fuerza el documental de Ava Marie DuVernay, “13th” (“Enmienda 13” en español), las cárceles se han convertido en una nueva forma de esclavitud. La enmienda a la constitución de los Estados Unidos permite intercambiar trabajo gratis de los presos para las grandes corporaciones por rebaja de tiempo en sus penas. Mientras, en América Latina, no parece errado considerar el momento más esclarecedor sobre el impacto de las cárceles en la sociedad a lo ocurrido en el año 2006 en San Pablo, Brasil, cuando el anuncio de un traslado de unos cabecillas de las mafias carcelarias desató un pandemonio en la ciudad más grande de la región.

Ava Marie DuVernay. Foto VIBE.

En Colombia, el costo para el Estado, encargado de la manutención de la población privada de su libertad, gira alrededor de 22 millones de pesos anuales por cada ciudadano aprehendido. En los Estados Unidos, se ubica el mismo entre 20.000 y 40.000 unidades de su moneda. Nadie, bajo ninguna circunstancia, puede darse a engaños: las democracias cuestan y sus sistemas deben ser financiados. Pero, ¿es este un gasto deseable? Se está invirtiendo miles de millones para, incrementar el crimen, básicamente, o para explotar a la ciudadanía en beneficio de poderosos grupos económicos. El papel educador, de rehabilitación o reinserción de las cárceles es nulo. Y si falta ese componente social, es evidente que encerrar a cientos, o miles de criminales en un mismo espacio no es la idea más inteligente en lo que a seguridad ciudadana se refiere.

Y si el sistema falla, otras medidas son necesarias. Y, en el caso de Harvey Weinstein, encerrarlo en una cárcel no es una buena medida para nadie: para sus víctimas parece ser más una dosis de venganza que de justicia. La sociedad, global en este caso, realmente no obtiene un marcado beneficio y sí un costo. Dejar que el señor Weinstein siguiera trabajando, pero forzarlo a repartir su riqueza, presente y futura, con sus víctimas, parece una idea más productiva, benéfica y justa, para todas las partes interesadas.

Harvey Weinstein. El País de España

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