IA: ¿Estafa apocalíptica?

Las promesas o amenazas son tan ilusionantes o atemorizantes para el escucha, dependiendo, en relación directamente proporcional, de quién las promulga. Y en el caso del impacto de la Inteligencia Artificial (IA) se aplica, en cuanto aquellos anunciando un futuro regido por esta tecnología no tienen la más mínima credibilidad. Un porvenir pesadillesco sin trabajos disponibles o un esperanzador futuro con una renta básica universal donde los robots hagan todo el esfuerzo, no son más que patrañas de estafadores en afán de conseguir ingentes recursos que financien sus exorbitantes bonos empresariales. La IA es, con miedo a equivocarse se escribe esto, la más grande estafa perpetrada por el capitalismo.

No sería la primera. Hace dos décadas los banqueros convencieron a los inversionistas de que habían construido un activo hipotecario sin riesgo financiero alguno en el que podrían depositar su riqueza desaforadamente. Terminó todo en la Gran Depresión de 2008. Bernie Madoff prometía ganancias extraordinarias a sus inversores con apuestas estructuradas de alto riesgo que sólo él tenía el conocimiento para efectuar. Sus clientes terminaron quebrados. Elizabeth Holmes consiguió miles de millones de dólares para Theranos, una empresa que habría de desarrollar un diagnóstico portátil de exámenes de laboratorio con pequeñas muestras de sangre evitando las agujas. Está en la cárcel por embacaudora.

De realidades exageradas vive Wall Street. El famoso “fake it until you make it” (miente hasta que lo logres), lema de toda Start-Up, es una filosofía corporativa impulsando a actuar, en todo momento, como si se estuviera a poco de entregar un producto revolucionario transformador del mercado, sin importar qué tan lejos se esté de tal situación. En el caso de Holmes, en verbigracia, esa fue su defensa: en corte argumentó que con más tiempo podría haber desarrollado el producto y, en ese escenario, ninguna estafa se habría cometido. Jeff Bezos tardó 20 años en entregar utilidades a sus inversores. Si ellos se hubieran retirado antes, ¿no sería Amazon considerada otra estafa más?

Donald Trump, Mayasohi Son, Sam Altman, Larry Elison

La debacle de 2001, conocida como la burbuja punto.com, se desató por haber llevado ese mantra hasta el paroxismo: nacientes empresas de Internet recibiendo millones de dólares de inversionistas, aunque solo produjeran pérdidas y sus promesas de transformación productiva no daban señales de vida por ningún lado. Sí, Internet ha cumplido sus promesas, pero lejos está de ser una negocio tan rentable como prometían. La gran mayoría de emprendimientos en la red son a pérdida y las productividades empresariales siguen sin mostrar resultados transgresores gracias al Internet. Todos esos temores han renacido con la IA, al punto de que los inversores han empezado a pedir resultados tangibles imposibles de entregar.

¿Están falseando hasta lograrlo las tecnológicas? Son demasiadas las razones para dar una respuesta afirmativa al interrogante. El primero sucedió con el lanzamiento de Deep Seek. ¿Por qué una empresa china logra un producto casi igual de avanzado a los presentados hasta ahora por las grandes empresas occidentales, pero con un costo considerablemente inferior? Mientras Donald Trump junto a Sam Altman y Larry Ellison anunciaban una inversión de medio billón de dólares para el desarrollo de la IA en su país a través del fondo de inversión Softbank, la empresa de Liang Wenfeng presentaba su producto con un costo total de 6 millones de dólares. La caída en los valores de la bolsa de Nueva York fueron inmediatos y profundos.

Difícil de explicar el diferencial de costes como un asunto de productividad. Tampoco de robo de información. Obtener los planos de un avión no evita los egresos de la manufactura. China, tendría que creerse, adquirió la información de una tecnología única originada en Estados Unidos y, en poco tiempo, supo cómo producir ésta en forma cientos de veces más económica. Una explicación más sencilla, probable e históricamente sustentable, puede encontrarse: las empresas de Estados Unidos están estafando a sus inversionistas, solicitando millonadas bajo la falsa promesa de poder desarrollar una tecnología inédita y pronta a impactar en el mercado; pero usando los recursos para financiar desorbitantes sueldos.

Logo de Open AI con el perfil de su CEO, Sam Altman

Y, cuando las buenas maneras no funcionan, la táctica del miedo se presenta como efectiva. Ahora la IA no solo es una tecnología, sino un ente vivo, autónomo, que en sus primeros pasos decidió algo tan extraño como robar información a otra empresa, según reporta The Guardian. No decidió ingresar a su propia corporación, algo más sencillo, sino que hackeó un cliente. Más aún, la IA ha creado una civilización digital ya desaparecida y divisada solo por los ejecutivos de sus empresas, según reporta Dwarkesh Patel. Mismo grupo a cargo de las grandes rondas de negociación. Tal cual aparición divina, los anuncios de nuevos mundos maravillosos siempre se hacen en privado y terminan requiriendo mucho dinero.

Chat GPT, el producto de Open AI, es la tecnología que se tomó a través de agentes creados por ella misma a otra empresa, Hugging Face. Esta compañía está por salir a bolsa y este acontecimiento, replicado en medios, aumentó el interés por sus acciones. Se desprende de ahí una primera hipótesis: toda esta historia es una estrategia de mercadeo. El miedo otorga poder y el poder genera valor… en la bolsa. En algo apoya esta postura el que Anthropic, días después de ver a su competencia valorizándose, anunció que en sus servidores se habría realizado la misma hazaña. La segunda tesis es que todo esta historia es el preámbulo de un plan maquiavélico para tomar el control del sistema monetario global.   

De ese acontecer de bizarros sucesos, se da traslado a un escenario de espanto: la IA enterrando el dólar, cediendo el poder de emisión monetaria global desde el Estado a un grupo privado. Si este es el resultado final, toda la apuesta hecha en esta tecnología habrá rendido fruto a sus creadores. No como tecnología, sino como estratagema. Pero el resto del planeta se enfrenta a la imposición de una dictadura del capital tan poderosa y opresora como ninguna anterior. La historia parece una conspiración imposible de creer; pero los tiempos de la inocencia murieron con la desclasificación de los archivos del magnate. Hoy, son los tiempos del todo es posible.

Andrew Jikh y Whitney Webb han sido divulgadores de esta aterradora tesis. Y se cita en este espacio porque compagina con lo acá expuesto sobre el capitalismo actual como un nido de estafadores empedernidos. El contexto son los 40 billones de dólares adeudados por la potencia más grande del mundo, una acreencia que en términos reales es impagable. El servicio, sus intereses, que supera el billón de dólares al año, se ha venido cumpliendo por una particularidad, un exorbitante privilegio: Estados Unidos emite la moneda en que se pacta los créditos mundialmente . Mientras el sistema monetario internacional siga aceptando el dólar masivamente, no hay problema de deuda.

El pánico se empieza a manifestar porque el sistema controla su deseo por la divisa. El que una parte del rechazo corresponda a un efecto político innegable causado por la postura imperialista de Trump, no niega la contundente problemática de finanzas públicas. Estados Unidos está quebrado y salvado por su moneda. En medio de la niebla se vislumbra un faro: la Stablecoin, una criptomoneda atadas al dólar que, como indicó Catherine Fitts, solo tiene como fundamento valorizar la deuda de los Estados Unidos. Así y en complemento, postula Yannis Varoufakis que la GENIUS ACT tiene como “principal objetivo legitimar y alentar la adopción de Stablecoins. En esencia, la administración Trump está privatizando el sistema del dólar”.

El ardid se origina convirtiendo a los inversores cripto en unos de la deuda norteamericana, generando toda una nueva demanda sobre los bonos del tesoro, instrumentos de ahorro que a hoy grandes tenedores están vendiendo masivamente. La segunda parte se concreta acorde a lo analizado por Anton Kobyakov, asesor económico de Vladimir Putin: “Piensen en la deuda: 35 billones de dólares. Estados Unidos reestructurará su deuda impulsando a todos hacia la nube de las criptomonedas”. Por ese afán, de que el mundo entero pase a ser usuario de Stablecoins, es que hasta Facebook está ofreciendo a sus creadores pagarles en esta cripto. Y es la IA quién podría forzar a todo el mundo a trasladarse de sistema monetario.

Anton Kobyakov

Una IA autónoma, independiente, capaz de hackear cualquier organización, podría ingresar a los sistemas bancarios, borrar todos los saldos de cada uno de los cuentahabientes y, paso a seguir, los bancos ofrecer la devolución del dinero de cada uno; pero en Stablecoins. De ipso facto se crea un tokenización de la deuda estadounidense que extiende la vida del imperio. Miles de millones de ciudadanos del mundo pasarían a ser, en el parpadeo de un ojo, compradores indirectos de los bonos del tesoro, aumentando su demanda, bajando sus costos y permitiendo nuevas emisiones masivas. La necesidad existe, la tecnología está disponible, y lo inescrupoloso en los seres humanos en el poder, también.

Increíble pensar que la problemática de la deuda, base de todo este entremado, se solucionaria con una reforma tributaria progresista. Tener como preferencia tomarse el ahorro de todos los ciudadanos en vez de aumentar la tasa impositiva a los que más han acumulado riqueza, es muestra palpable y contundente de vivir en tiempos oligárquicos y no democráticos.

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