¿Quién paga por el 2020?

“Pero últimamente siento que llegué tarde, que lo mejor ya pasó”. Las palabras daban inicio a toda una nueva era en la televisión, a una revolución cultural impredecible que explotó en la pantalla chica. Tony Soprano, líder indiscutible de la mafia de New Jersey en la serie de HBO “The Sopranos”, recogía en su quejido el doloroso sentir de toda una nación. En mucho, de casi todo ciudadano del mundo. Comparada con el estilo de vida y tipo de sociedad habitada por nuestros antepasados inmediatos en sus años más productivos, la era actual parece un pequeño apocalipsis.

“Cuando tú preguntas por qué Estados Unidos es el mejor país en el mundo, no tengo la más mínima puta idea de qué estás hablando”. El presentador de noticias Will McAvoy, personaje principal de otra serie de HBO, “The Newsroom”, declamaba una larga lista de indicadores como sustento asesino destinado a finiquitar, de una vez por todas, la vida de una de las mentiras más grandes de nuestra era. “Pero seguro que lo fuímos -continúa el vociferante periodista-. Nos parabamos a defender lo correcto, Peleabamos por las razones exactas, pasamos y derrocamos leyes por razones morales. Peleamos guerras contra la pobreza, no contra los pobres. Nos sacrificamos, nos preocupamos por nuestros vecinos, apoyamos lo que creíamos y nunca nos vanagloriamos por ello. Construimos cosas grandiosas. Creamos tecnología impía y exploramos el universo. Curamos enfermedades. Cultivamos los artistas más grandes del mundo y la mejor economía. Aspiramos a las estrellas”. Palabras denotando un sentimiento general indicando una marcada creencia en que el pasado fue mejor.

Tony Soprano.

Bon Jovi captura en sus letras las emociones palpitando en los corazones de millones de humanos. Sus personajes de Tommy y Gina, inmortalizados en el clásico de la banda “Livin’ On a Prayer” y en la bella “Lie To Me”, representan una clase trabajadora inserta entre el desespero de su cotidianidad y la desesperanza de un futuro que lo mejor que puede ofrecer es que la vida será más de lo mismo. Pero es en una canción poco conocida, “Hey God”, donde explaya con dureza la cruda realidad a la que parecen condenados demasiados. Su primer párrafo: Oye Dios / Solo soy un pequeño hombre / Tengo esposa y familia / Casi pierdo mi casa / Su compra fue un sueño / Apenas estamos aguantando y estoy demasiado hundido / Estamos a dos pagos de vivir en la calle, comprueba que cada línea del compositor conecta con terrible facilidad con la vida moderna, con lo que podría el tema convertirse en el himno de esta generación.

Se debe ceder la palabra a Marc Bassets, quien escribe en El País de España sobre el peligroso, aunque fascinantemente fabuloso libro de George Pecker, “The Unwinding”. La exactitud de sus frases es intimidante: “Fábricas cerradas, ciudades semi vacías, carreteras deterioradas. Los paisajes de algunas regiones industriales de Estados Unidos recuerdan a los de la Europa Central y Oriental tras la caída del muro de Berlín. Las ruinas del capitalismo no son tan distintas de las ruinas del comunismo”. Para él “la desigualdad de ingresos en Estados Unidos se acerca a la de países como Jamaica y Argentina. El ascensor se atasca. Los salarios reales de la clase trabajadora norteamericana apenas han aumentado desde los años setenta…”. Su perorata da una idea de la poderosa experiencia vivida al ir pasando las páginas de Pecker.

Jon Bon Jovi.

En entrevista de Vicente Jiménez con Pecker para El País de España, se descifra la novela como una elegía sobre “la destrucción del contrato rooseveltiano con los estadounidenses a manos de unos líderes de la nación que han hecho dejación de sus responsabilidades a favor de la dictadura del dinero. Es la narración de un fracaso”. Un fracaso societal, completo y totalizante. Uno que define la suerte y el destino de todos, incluidos aquellos favorecidos sintiéndose inmune a él y defendiendo su permanencia a pesar de poco comprenderlo. En el capitalismo neoliberal lo importante es mantener vivo el animal, alimentarlo hasta que explote. Como proféticamente diría Schumpeter, en mucho parafraseando a Marx: “al capitalismo lo destruirá su éxito”.

Porque si lo importante es el mantenimiento de la economía por encima de las vidas humanas, lo demás para él dispuesto está. “Lo que hoy hacemos a otros luego nos lo haremos a nosotros”, frase monumental de un comediante único explicando la militarización de su nación. Incluidos aquellos que hoy estiran su mano para dar de comer a la bestia, tarde o temprano verán las cicatrices dejadas por un feroz mordisco. Una factura clínica impagable, un error que lleva a un despido, un cambio en una ley que los afecta, son todos unos pocos de los temores regulares de una era donde los sacrificios no son ahora a los dioses y sí al dinero. Y una sociedad destruida por el sistema económico reinando solo lega una forma de vida digna de sus miserias, construyendo a su interior una convivencia que, posiblemente, quien mejor la describe es Guns N’ Roses en su inmortal “Welcome To The Jungle”. Su líder vocal explotaba cada vez que cantaba: Bienvenido a la jungla / aquí se pone peor cada día / Aprendes a vivir como un animal en la jungla donde jugamos / Si tienes hambre por lo que ves, eventualmente lo tomarás / Puedes tener todo lo que quieras, pero mejor no me lo quites a mí.

Axl Rose

Suficientes y varias son las razones presentadas para acusar al capitalismo neoliberal instalado en los más recónditos puntos del planeta después de haber enterrado el “contrato rooseveltiano” a nivel global, como el destructor de las ciudades habitadas por las comunidades modernas. El más relevante se esconde en el mismo funcionamiento del sistema y es la injusta repartición de las ganancias en el lugar de trabajo. El capitalismo se sostiene en una relación bilateral entre un empleado y un empleador. En una empresa, los ingresos obtenidos por los segundos, el salario, está determinado por su aporte a la corporación económica, la productividad. Pero la falla está que para el empleador esa relación debe establecerse en deterioro del trabajador: un empleado en una empresa gana menos de lo que produce para ella, generando una inequitativa distribución de la riqueza.

Relevante resaltar que es una obligación del funcionamiento del sistema. Un empresario está imposibilitado a pagar un salario superior al producido: de hacerlo quebraría. Igual de irrealizable es pagar cantidad idéntica a lo producido, pues su inversión se vería limitada en su crecimiento. De ahí se crea un mundo donde a unos pocos les sobra lo que a muchos les hace falta. Y aunque es fácil encontrar al culpable de tan diabólica repartición, se dificulta hasta el extremo castigarlo por sus crímenes y deben ser otros quienes asuman las consecuencias de sus actos. Se presentó hace poco en los Estados Unidos un debate alucinante sobre la materia: los empleados de Walmart, cadena propiedad de la familia Walton (la más acaudalada de su país), reciben un salario tan bajo que les imposibilitaba asumir el costo de vida y, por lo tanto, se veían abocados a acudir al gobierno para encontrar alimento. Un trabajador sin comida no puede producir, ergo, su empleador está obligado a pagar un salario suficiente para sufragar las tres sentadas a la mesa del día. Al no hacerlo, “todos los contribuyentes” estaban ayudando a Walmart a pagar su nómina.

Samuel Walton

Pero las buenas noticias del capitalista son la pesadilla de la sociedad. Con mucho rigor sustenta Paul Romer, ex mandamás del Banco Mundial, que la ganancia del empresario producida al pagar malos salarios o desemplear ciudadanos es muy inferior al costo asumido por las comunidades donde los trabajadores conviven. Son ellas quienes asumen los costos de una vida vivida sin los recursos necesarios para vivirla. El estudio del Nobel de economía se centra en espacios geográficos donde una planta, fábrica o empresa se desinstala para mudar sus operaciones a regiones con menores cargas de nómina o impositivas, abandonando a sus empleados a su suerte. El ahorro monetario se traduce en caos social y se manifiesta en violencia intrafamiliar, incremento de consumo de drogas legales e ilegales, prostitución, aumento de robos…

La pobreza no lleva directamente a la criminalidad. Esos postulados son básicamente de pendejos. A quiénes no les falta sagacidad son a los criminales, quienes saben muy bien que su empresa requiere mano de obra barata (igual que cualquier empresa) y, donde más rápido la consiguen es sin duda alguna en lugares donde las dificultades económicas son la dura realidad. “Narconomics” de Tom Wainwright, acaba con demasiados mitos sobre el manejo habido detrás de un cartel de drogas y uno de los más fuertes es la facilidad con la que, según el cine y la televisión, eliminan a sus empleados. Un grupo encargado de comerciar alcaloides tiene en su operación a una división de recursos humanos, no tan sofisticada y elegante como la de Apple o Facebook; pero indudablemente más efectiva. Y se mueven en esos escenarios donde el desespero por falta de oportunidades económicas parece ser lo único seguro del día. Y con la llegada de las mafias, todos sus crímenes.

Paul Romer.

La gran contradicción del sistema dominante es que su gran ganancia es también su más fuerte impedimento. La reducción de los salarios a niveles infames contrae una disminución en la capacidad de compra del mercado. Pero los empresarios, buenos para producir y poco para analizar, en vez de aceptar una subida de ingresos de los trabajadores, han decidido que impulsar los deseos de la sociedad por su producido es más lógico. Se inventaron todo un nuevo sector de la economía para efectuar su plan: la publicidad, encargada de enaltecer su oferta, forzando a la sociedad a consumos irracionales de productos innecesarios. En esa tarea, han fundado un mundo de fantasías, meramente aspiracional, solo conocido en las pantallas, pero deseado por muchos. La insatisfacción está garantizada para cualquiera deseando vivir en él.

Siendo la publicidad una creación corporativa, que aumenta costos luego asumidos por el consumidor (en el capitalismo se paga para que se le mienta), las consecuencias del engaño no son sufridas por sus gestores. Un niño de once años en Colombia se suicida porque sus padres no le pueden comprar ropa para navidad, una pandemia de robos y asesinatos se producen en los Estados Unidos por el afán de muchos de querer lucir unos Air Jordan de Nike, en México un joven de dieciséis años se suicida ante la negativa de sus padres de renovarle su teléfono… Lejos están de ser catalogadas tales manifestaciones como ilógicas o de niños idiotas. Son el resultado esperado de estar enfrentados, en sus años de formación, a un mundo de publicidad exigiendoles ser de cierta manera y tener ciertos bienes para ser aceptados. Un adulto que decide quitarse la vida después de perder un trabajo lo impulsa el mismo sentimiento que a esos pequeños: el miedo a no ser admirado, aceptado, a la crítica y burla de la sociedad en la que conviven. Porque si el nuevo dios es el capitalismo, el mayor pecado del hombre moderno es la pobreza.

Milton Friedman, padre del neoliberalismo

“Cuando el saqueo se convierte en el modo de vida de un grupo en una sociedad, con el paso del tiempo crean para sí mismos un sistema legal que lo autoriza y un código moral que lo glorifica”, la escalofriante frase del economista liberal Frédéric Bastiat describe, con dolorosa perfección, el mundo construido desde que la revolución neoliberal conquistara casi todo el planeta. Las ideas impulsadas por Milton Friedman y establecidas en la sociedad por un aparato de propaganda sin parangón, lograron legitimar el saqueo, el engaño, el robo, siempre y cuando se efectuará dentro de las reglas del mercado. La mayoría del sector empresarial se dedica a vender, el producto ofrecido es solo un medio. Y, si es esa la filosofía, el cliente es alguien que, entre más engañado y estafado esté, mucho mejor para el negocio es. El principio base de todo capitalista es producir lo más barato posible y vender lo más caro conseguible. Nadie contrariaría el agregarle a la sentencia “a cualquier costo“.

De allí se desprenden numerosas actuaciones criminales pero “autorizadas por el código moral” rigiendo el mundo: Foxconn obliga a sus empleados a usar pañales mientras fabrican los Iphones, con tal de no detener ni un segundo la línea de producción; McDonald’s engaña a sus consumidores promocionando unas hamburguesas diferentes a las que vende y escondiendo la información nutricional de ellas; Coca-Cola paga a médicos y científicos para que desmientan los informes avisando de los daños del azúcar en el ser humano; las tabacaleras ocultan que su verdadero negocio es la venta de nicotina, un producto altamente adictivo; Rappi explota a unos inmigrantes necesitados con tal de sostener una empresa que no da utilidades… ¿No es de esperar una convivencia peligrosa en las ciudades donde de una u otra manera está dinámicas se interconectan? Las dolorosas cifras de violencia ciudadana son la contundente respuesta.

Tim Cook. Foto de Zillonaire.

Pero el daño más fuerte que el sistema capitalista ha trasladado a la sociedad es el ecológico. El cambio climático es la variable más poderosa enfrentada por la ideología dominante. La prueba condenatoria destruyendo la defensa sobre la sostenibilidad de su misma existencia. La disyuntiva hoy es real: economía capitalista o muerte. La ciudad de Nueva York acaba de demandar a las grandes petroleras de los Estados Unidos por su actuación ocultando información relevante sobre los impactos de su industria en el clima. Sin importar el resultado final del juicio, cualquier cantidad de dinero será insuficiente para sopesar el daño causado: siete millones de personas mueren al año a causa de la polución. Solo una Guerra Mundial podría superar tan horrorosa cifra. La industria de la carne, la maderera y la minera, de los principales deforestadores del planeta, no tuvieron inconveniente en arrasar con todos los bosques sin compensar el planeta o a los humanos por tal pérdida. El costo de una forma de producir y consumir destrozando el medio que da la vida, fue el autor intelectual del Covid-19 y un 2020 irrecuperable. Una vuelta al sol que hizo ceder a la humanidad entera y verla entregar por primera vez su preciado derecho a su uso de la locomoción. Permitió, el contexto, el encarcelamiento de los seres humanos a merced del Estado y por petición propia, además.

¿Quién paga por el 2020 ? ¿Por las muertes, el tiempo, el desastre social? Todos, en silencio, clausurados en sus hogares, aguantando hambre, asumiendo deudas impagables, carcomiendo su salud mental, esperando volver a una normalidad que más temprano que tarde pondrá a todo el planeta en peor situación. La normalidad fue la causante de crear este epílogo del apocalipsis. La normalidad es a lo que no se debe volver. El capitalismo vive y crece porque la sociedad ha decidido asumir sus costos, con su vida, su integridad, su seguridad y su salud. Lo dijo hace mucho el gran Gabriel García Márquez: “un sistema semejante no merece una segunda oportunidad sobre la faz de la tierra”. Ignacio Ramonet parecía responder al maestro cuando declaró: “otro mundo es posible“. Y cierto es, que muy posible es.

Gabriel García Márquez. Foto de Cultura Colectiva.

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