¿Es “The Walking Dead” un manifiesto?

Las cinco primeras temporadas de la producción de AMC fueron un elixir audiovisual orgásmico. Las críticas feroces recibidas por las siguientes entregas son todas merecidas. En sus inicios, incluso, como pieza de entretenimiento se permitió cimas consideradas inconquistables en su tiempo. Por rememorar la máxima, en algún momento hubo más televisores en los Estados Unidos encendidos viendo a los caminantes de la serie que a los corredores del fútbol americano del NBC’s Sunday Night Football. Nunca antes se había derrocado así al rey de la grilla televisiva.

Y es tentador explicar la magnitud de tan inmenso éxito excavando en la profundidades de sus fotogramas. Porque disfrutar de “The Walking Dead” como una serie de zombies es perderse la esencia de toda su puesta en escena. Es que su metraje, desarrollado dentro de una de las instituciones más capitalistas de nuestro tiempo, la televisiva norteamericana, es la crítica más sutil y elaborada de una nación que sabe ha dejado sus mejores momentos atrás. Y lo hace con la grandeza de los genios: de manera subrepticia, sembrando ideas en las mentes de los espectadores, sin ellos siquiera notarlo, promoviendo un cambio de patrones de comportamiento a futuro. En el pasado, los escritores de Hollywood, vetados por el establecimiento más conservador, se encontraban impedidos a desarrollar en su arte sus ideas más heterodoxas con tranquilidad, siendo forzados a actuar a través de la sugestión y explayando, en el trasfondo de la pantalla, sus posturas más radicales.

La condición homosexual de algunos de ellos, por ejemplo, fue víctima de este poderoso bloqueo. La «amistad» entre Bruce Wayne y Robin es una relación de este tipo, según controversial declaración de Fredric Wertham en su famoso «La seducción del inocente». Como si de un sustento de lo presentado se tratara, se aclaró, por parte de uno de los guionistas de “Plaza Sésamo”, el que Beto y Enrique conformaban una pareja amorosa. A hoy, la misión de estas sagaces plumas parece haber alcanzado el éxito. Desarrollando el argumento dentro de las fronteras de ese marco conceptual, no parece atrevido hablar de un profundo mensaje incrustado en “The Walking Dead”, uno impactante para sus audiencias y con una disimulada posición anti-consumista, ecologista y anti-mediática. Palabras mayores, sí; pero tan real que, incluso, ha logrado transformar a su equipo de creadores en creyentes de algunos de los valores. Solo el tiempo dirá si se extendieron hasta su audiencia.

El análisis descansa sobre cuatro elementos, todos abiertos al debate y unos más sustentados que otros. Ha sido un postulado regular de la izquierda mundial, tal vez de la más radical, acusar al hombre capitalista de actuar como un zombie, uno que impulsado por la arrolladora maquinaría publicitaria devora todo a su alrededor, buscando saciar su desaforado deseo consumista. La analogía, tal vez muy arriesgada, salta a la vista en el programa televisivo. Los caminantes, afanados por la necesidad de sangre, han destruido el planeta que habitan, dejándolo en un caótico estado cuya única forma de vida es la supervivencia más dura. El afán por la vital liquido es un paralelismo fácil de encontrar entre la ficción y la teoría revolucionaria. Es de conocimiento masivo que, hoy, los recursos del planeta para todo el año se agotan de antemano, forzando a la humanidad a vivir robando de las futuras generaciones los bienes básicos para su supervivencia. Si la obra audiovisual no venía con ese objetivo, la metáfora se ajusta a él como un anillo a la medida.

En los años setenta nacieron las primeras acusaciones al mundo capitalista, al demostrarlo como uno capaz de destruir el sustento medio ambiental por su afán de vender y comprar masivamente productos. El cambio climático ha venido a concederle la razón a aquellas voces disidentes. ¿Será el futuro un dantesco epílogo presentado a través de una metáfora en «The Walking Dead»? Parece exagerado, pero el positivo récord del arte a la hora de predecir el destino de la humanidad es, sin ver disminuida su capacidad en los más disparatados escenarios plasmados, inmensamente alto. La serie, por lo menos se alcanza a vislumbrar, advierte de esa horrible posibilidad. No serán zombies deambulando por los restos demolidos de esta civilización; pero posiblemente sí sean humanos en pequeñas tribus luchando por sobrevivir.

James Cameron, durante etapa de promoción de «Avatar«, aleccionó a muchos al declarar que «el humano no puede destruir al planeta, sin antes destruirse a sí mismo». Esa máxima parece ser aplicada en el seriado televisivo de AMC como contexto histórico de los personajes. El virus que todos llevan dentro, ese capaz de transformar a los personajes en zombies, se presta a hacer un paralelo con el pensamiento que degradó al humano hasta convertirlo en el cáncer del planeta: la idea de la satisfacción a través del consumismo desaforado. La subida espeluznante del precio del trigo que desencadenó en la «Primavera Árabe», las guerras del agua en el Sahel, así como las peleas por el mismo liquido presentándose ya entre India y Pakistán, hacen especular sobre si los conflictos por los recursos naturales se están estacionando amenazantes en el horizonte y podrán estallar antes del ocaso de esta era. Y, en una nuclear, el único colofón predecible en un enfrentamiento global es el desvanecer a negro posterior a una catástrofe.

En toda la historia, la fuerte presentación visual de las muertes humanas conlleva, al parecer, un mensaje exacto. El nacer de una conciencia en los corazones de sus mismos actores, quienes incluso abrazaron el vegetarianismo impactados por la experiencia de la producción televisiva, no es sorpresa. Y es que ver a un grupo de zombies consumiendo carne de una manera caníbal, es tal vez la mejor forma de comprender el maltrato animal perpetuado por las fabricas de comidas cadáveres, y, del impacto causado se emana una conciencia sobre este doloroso hecho en el espectador. Mostrar la crueldad sin duda alguna es una de las mejores formas de evitarla y parece ser esa la intención de los realizadores.

En «Sanctuary», la exhibición de carne humana como si de un frigorífico se tratara es espeluznante. Más aún, aleccionadora del especismo. Los animalistas consideran a cada ser de la tierra como unos poseedores de alma, ergo, merecedores de respeto. El humanismo catapultó al sapiens como único con esta condición, avalando la explotación de todo ser vivo al desfigurar a cada uno de ellos hasta hacerlo ver como un mero producto para consumo. Se siente el esfuerzo en la serie por tratar de romper con este mito: en un momento se le presenta al espectador (y al grupo de Rick) una carne servida como un delicioso manjar. Se está asando, una mujer la está preparando y se produce un antojo puesto que la conexión es inmediata: es el cadáver de una res. Solo produce repulsión ella cuando se descubre que proviene de humanos. El mensaje no da espacio a la especulación y la idea es directa. La salvaje forma cómo se asesinan a los hombres y mujeres en el matadero no es una exageración: es la industria cárnica moderna.

Una carnicería humana es algo tan espantoso como una carnicería de vacas. Es un acto atroz, miserable y vergonzante. Al «The Walking Dead» exhibir, con toda la crueldad, cómo sería una fabrica de carne de humanos, enseña el horror que es la existencia de esta industria enfocada en descuartizar otras especies. Es triste que se haga la conexión solo porque son hombres, mujeres y niños; pero lo importante es haberla hecho. Un dictador es un ser poderoso en la sociedad; pero no es más que un sátrapa, un demonio hecho persona. Un líder es alguien que crea un mundo mejor. El especismo, la ideología que invita a la explotación de todo el planeta para beneficio del humano, convierte al hombre en un diablo y, en palabras de Arthur Schopenhauer, hace de «la Tierra un infierno para los animales».

Las denuncias de las diferentes organizaciones sobre el daño causado a estos seres inocentes son, para aquellos con el alma intacta, traumáticas. El capitalismo ha impuesto una reducción de costos como regla general, haciendo una pesadilla la vida de todo ser vivo en el planeta. Las miserias con las que son forzadas a vivir vacas, cerdos y pollos es producto de esta política y de una indiferencia barbárica. El consumo de carne es uno que se define entre la explotación y el despilfarro: lo primero lo denuncia la serie, con lo segundo vislumbra un oscuro futuro para la especie dominante en el planeta. Pareciera esta obra concordar con James Cole (Bruce Willis), el personaje de «Twelve Monkeys«, quien al ver un sanguinario experimento científico en un conejo exclama: «tal vez el ser humano merezca su extinción». La horrorosa realidad tuvo un momento representativo en la escena en que unos caminantes son triturados por una maquina procesadora de carne, dejando que los fanáticos de la serie se horrorizaran, con tan solo una pequeña dosis de realidad.

De las acusaciones más fuertes de la izquierda internacional sobre la vida actual, la aberrante manipulación mediática al comunicar sobre los asuntos públicos, sufrida por masas significativas de ciudadanos, sobresale. Acorde a la hipótesis, en el mundo moderno las grandes corporaciones financian las campañas de los políticos esperando obtener el poder y, desde ahí, imponer sus intereses. La lógica indica se debe efectuar tal operación a escondidas de los votantes. Las poco rentables adquisiciones de medios de comunicación por parte de prohombres de negocios, amasadores de fortunas como resultado de su obsesión por las ganancias a corto plazo, encuentran explicación lógica en este entramado. No se compran los medios de comunicación, se adquieren sus audiencias. A ellas, inocentes consumidores de noticias, se les filtra la información en la forma deseada, convirtiendo a unos meros espectadores en fieles seguidores e, incluso, luchadores de sus causas, impulsando la agenda política afín a las necesidades de las elites o castas.

Emblemas de la academia como Noam Chomsky e Ignacio Ramonet han producido sendos estudios comprobatorios de cómo, a través de los medios de comunicación, se crea una realidad alternativa benéfica para las grandes corporaciones capitalistas. Se esconde, por ejemplo, los elevados costos ambientales y humanos a asumir por gozar de una economía con bajos precio. Se oculta la realidad de un crecimiento empobrecedor. Si se transmitiera en las noticias, de manera constante y repetitiva, las condiciones de esclavitud en que se fuerza a millones a llevar sus días, la destrucción al planeta causada por diferentes procesos productivos y las injusticias que acongojan a los humanos de las naciones más pobres, es posible no estaría la sociedad alabando a las grandes marcas detrás de toda esta operación.

Con la llegada de «El Gobernador» a “The Walking Dead”, exquisito personaje interpretado con gran soltura por David Morrisey, los creadores alcanzaron la perfecta representación cinematográfica de un estado corporativo-totalitario, uno donde la ignorancia hace feliz a sus ciudadanos. El hombre en la cima de la pirámide política es un sádico líder, déspota de cara amigable y afable administrador en quienes todos pueden confiar cuando lo miran de frente, pero dispuesto a asesinar a cualquiera que le incomode en el momento en que le muestra su espalda. En lo que debe ser visto como una genialidad, este mandatario se permite el lujo de hacerle creer a sus mandantes que el grupo de Rick (los héroes del seriado) es una banda de asesinos desmedidos y su destino no debe ser otro que el ser destruidos.

Una dictadura mediática es una considerada perfecta, al ser una en donde los humanos, manipulados, luchan en libertad por encumbrar y mantener los intereses del grupo en la cúspide del poder, incluso si éstos son contrarios a sus más básicas necesidades. Trabajadores que pelean por acabar los sindicatos y no por reformarlos, deudores estafados con créditos estructurados con cláusulas leoninas que defienden el pago de las acreencias ilegitimas, sectores de la población con escasos recursos financieros proponiendo la privatización y la eliminación de los bienes públicos. Comportamiento ilógicos y patéticos; pero muy reales, que parecieran desear ser expuestos con fuerza en “The Walking Dead”.

Con el control y manejo de la información monopolizado, «El Gobernador» convence a todos de su narrativa, una claramente ajena a la realidad pero servil a sus deseos. Enseña el pasado que toda mentira tiene fecha de expiración y, cuando la de este personaje llega, sus ciudadanos se alzan violentamente en contra suya. La realidad podría estar copiando a la ficción. Durante décadas, a los habitantes de esta nave espacial bautizada como planeta tierra se les llevó a creer que la etapa neoliberal/capitalista-financiera era la panacea. En sus corazones se había establecido un sentimiento de elixir por al paraíso haber llegado. “El fin de la historia”, casi nada, fue como denominaron a este tiempo. Nada más alejado de la realidad: todo era una burbuja, nada más que una ilusión.

Ya estallada la crisis, los ánimos se enarbolaron y la sociedad explotó, rebelándose en muchos casos contra sus líderes. Pasó en “The Walking Dead”, pasó en la vida real. “Occupy Wall Street“, las movilizaciones masivas en la plaza Sintagma de Atenas, la toma de la plaza del sol en Madrid en el 15-M, el paro colombiano en contra del gobierno Duque, son muestras de lo postulado. Pero durante gran parte de su mandato, antes del velo caer y desnudar la mentira sobre la que se oculta la verdad, los ciudadanos subyugados al control del establecimiento vivieron en completa armonía con un tirano explotándolos. Fue ese el mundo de la década de los ochenta y noventa, lleno de comunidades felices de ser expoliadas de sus riquezas mientras con sus tarjetas de crédito adquirían bienes inútiles con tal de impresionar a completos extraños.

Pero la inserción de un último villano es de donde se podría tomar el mayor paralelismo entre la serie y la política internacional contemporánea. El poco inocente parecido entre el Negan de Jeffrey Dean Morgan y la figura que los medios han logrado transmitir del actual ex presidente de los Estados Unidos, el señor Donald Trump, es palpable. Negan es un villano definido con un claro arquetipo de dictador de derecha: un sádico, narcisista, violento y bastante intolerante hombre. No obstante, lo mueve un carisma que, es válida la especulación, fue la herramienta con la que en un principio logró alcanzar su posición. Una vez establecido como líder de su grupo y saboreada las mieles del poder, su alma se corrompió hasta convertirlo en un vil sátrapa.

También tiene relación con la realidad las consecuencias de su carisma, enfáticamente la forma en cómo convirtió a su pueblo en uno contagiado con sus horrorosas ideas. Explica el científico Richard Dawkins que las ideologías son un «meme», una especie de virus cultural esparciéndose entre los cerebros de los seres humanos. El nacionalismo, el racismo, la xenofobia, son ideas a propagarse entre los miembros pertenecientes a una comunidad de forma exponencial durante un momento determinado. Ya haciéndose hecho un espacio entre las ideas de la raza humana, estos pensamientos parecieran poseer el poder de dominar y eliminar todo, hasta volver a sus poseedores unos fanáticos y feroces voceros de sus postulados. Puede ser esto lo que muestra la serie con Negan; pero también lo que ha sucedido con la ola de extremismo que domina a Europa, Estados Unidos y, con demasiada relevancia, a Brasil, país que ha sufrido por las desventuras de haber llevado a un radical a la presidencia. Es tentador calificar a los seguidores más fieles de un movimiento político como unas masas cuyos cerebros han sido poseídos por un virus y cerrar todo el círculo de lo expuesto por la serie con esa imagen.

A hoy, los realizadores han validado la hipótesis de Internet especulando sobre el causante de la debacle societal de su ficción, acusando a la metanfetamina producida por Walter White en “Breaking Bad” de la apocalíptica transformación. Aunque es alucinante la conexión, y hay varios puntos sosteniéndola, parece una explicación bastante descabellada y una propuesta que, podría especularse, fue aceptada expeditamente por la posibilidad de ser explotada comercialmente, algo que ha empezado a suceder con “Fear The Walking Dead”. Pero es imposible de empatar la unión porque según la mitología de la serie de los caminantes, todos los humanos están contaminados con el virus que los convertirá en zombies, obligando así a que todos los humanos hayan sido consumidores de la droga producida por el personaje de Bryan Cranston y, en consecuencia, generando un interrogante imposible de resolver: ¿Cómo se infectaron los no drogadictos?

Es fácil notar la sutil crítica de la producción televisiva a la sociedad actual y muy difícil de ignorar ella una vez ha sido conocida. Es precisamente por eso que volver a disfrutar el audiovisual es una experiencia tan fascinante: por la posibilidad de leer todos los subtextos poblando el metraje, transformando el visionado en uno denso y rico. «The Walking Dead» es una obra inmensamente entretenida, con dosis de acción y de suspenso insuperables, pero eso no garantiza un éxito tan descomunal en estos días, mucho menos el fanatismo por ella despertado. Son el drama y el mensaje contenidos, en cada capítulo, los que pueden estar insertándose, sin darse cuenta, en la mente y corazón de muchos, y los que han hecho de este producto uno por poco insuperable. Por lo menos fue así durante varias de sus primeras temporadas.

Es tentador calificar a los seguidores más fieles de un movimiento político como unas masas cuyos cerebros han sido poseídos por un virus y cerrar todo el círculo de lo expuesto por la serie con esa imagen.

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