¿Por qué codician el Estado sus denigrantes?

“El Estado no es la solución, es la base de todos los problemas que tenemos”. “En mi mundo ideal no existe el Estado”. “El Estado es nuestro enemigo”. Las frases, incendiarias, extremistas, irresponsables, son exclamaciones declamadas reiteradamente a lo largo y ancho de diferentes países, espetadas por variopintos personajes que en su diversidad comparten un objetivo: son todos aspirantes a ocupar un cargo… dentro del Estado. Aunque las citadas provienen de la voz y pluma de Javier Milei en Argentina, electores de Jair Bolsonaro, Donald Trump, Iván Duque o Santiago Abascal las escucharon en casi idéntica forma, en cada uno de sus países. Y no deja de ser llamativo que tales figuras, todos prohombres del sector privado, no presenten sus hojas de vida a los grandes conglomerados financieros o industriales, ese espacio donde la civilización alcanza el nirvana (según sus propias creencias), sino que, por el contrario, estén dispuestos a todo por pertenecer al sector que consideran la perdición de la humanidad.

La contradicción es llamativa. Javier Milei, en Argentina, juzga y sentencia con contundencia y regularidad al servidor público no en su individualidad, sino como corolario por pertenecer al colectivo público. Sus palabras no dan espacio para la interpretación: son prístinas como un manantial: todo lo obtenido por el Estado es un robo; ergo, todo sueldo de cualquier político es un egreso indeseado y dañino a la nación, equiparables a los pagos recibidos por los esbirros de la mafia. Incluso, serían aún más indeseables. “Un ladrón vulgar es ética y moralmente superior al político”, ha declarado sobre los funcionarios públicos el académico metamorfoseado a candidato, no haciendo referencia a un futuro colega con un delito comprobado, sino dictaminando que tal calidad se adjudica a cualquiera por el mero ejercicio de realizar una labor estatal. Acorde a su pensamiento, si perteneces al gobierno, eres un criminal. Punto. Y ahora, sin pudor alguno, gasta su tiempo, uno valioso “como el oro”, en la lucha por acceder a un cargo desde el que, diría él, se “pueda robar siempre”. La experiencia hace válido proyectar un comportamiento de Milei incoherente con su pensamiento en caso de ser bendecido con la votación del público. En su futuro como hombre en la nómina estatal recibirá su sueldo sin una acción clara a favor de los afectados: no disminuirá el tamaño del robo recibido, ni, mucho menos, devolverá una parte a la ciudadanía ultrajada. Se proyecta con facilidad y sin miedo a la equivocación una transformación de Milei en aquello que con tanta vehemencia rechaza, hoy.

Javier Milei

La lógica esgrimida por los neoliberales/libertarios al justificar sus aspiraciones oficiales es patética: optan ingresar a la lucha por ocupar cargos públicos porque con ellos al mando del Estado este actuará adecuadamente. La afirmación esconde una estafa disfrazada de ideología, pues se hace imposible hacer útil un ente diseñado para “robar”, una institución que engendra “el origen de todos los males” de la nación. La mentira está en lo dicho durante campaña o en lo planeado hacer como funcionarios del Estado. Porque la trampa se esconde en algún sitio: si la posibilidad de tener un Estado funcional a la sociedad y a la economía es una realidad, el discurso de que el ente político es la base de todos los problemas es una vil falacia. No es siquiera equiparable luchar por un buen gobierno, atacando y criticando a uno pésimo; con vituperar la existencia misma del Estado equiparando su funcionalidad a la de una organización diabólica diseñado para destruir el alma de la nación. La vehemencia en el odio de su discurso contrae obligaciones en la vida: si el Estado es tan aberrante construcción humana, la lucha a dar por el movimiento liberalizador de la humanidad no podría ser otra que su desaparición, jamás su perpetuación haciéndose participes de él. Una campaña por el voto en blanco o la abstención masiva, serían acciones coherentes y consecuentes con sus discursos. Participar en política los descubre, no de cara a sus electores, pero sí frente a cualquiera, como meros farsantes.

Algunos han intentado explicar la pirueta ideológica como un servicio en favor de la humanidad, alegando que su afán por ocupar un cargo público es un símil con la invasión de un soldado desembarcando en tierras enemigas y hasta se permiten equiparar ambos objetivos: destruir al villano desde adentro. Una explicación que oscurece cuando lo deseado es aclarar. Un repaso histórico devela que ningún neoliberal/libertario asaltando su gobierno ha actuado sobre él como un cáncer que lo carcome en su interior. Ni Macri, Piñera, Trump, Aznar o Uribe tienen como legado unos gobiernos debilitados. Es eso un hecho fáctico. Pero más que una incoherencia, lo existente es una contradicción filosófica. La incongruencia en el argumento del neoliberal/libertario comportándose como un soldado sacrificado por alcanzar una sociedad libre del Estado, es inmensa como un secoya. Su pensamiento económico defiende la envidia y la individualidad como valores principales de la humanidad. Emana de tal ideología la imposibilidad de una asociación política como la del Estado al decretar, ipso facto, estar condenada al fracaso, consecuencia de la inexistencia entre los humanos de una moral amplía que promueva el sacrificio y la visión comunitaria por encima de las aspiraciones individuales. Y helos aquí a ellos, justificando su búsqueda de un cargo en la institución erigida como el parasito saqueando la humanidad, impulsados por un afán de sacrificio hacía sus pares, deseando que su esfuerzo consolide no una mejor vida para ellos; sino un mundo feliz para todos.

Los seres humanos son contradictorios en su actuar, muchas veces forzados por hechos de la vida. No es diferente para estos famosos personajes. Pero caminar la alta pendiente de una campaña política para coronar en la cima sentados en el escritorio de un funcionario público, después de años de haber exclamado que es en el Estado donde nacen todos los males, es una acción imposible de asimilar. Y sin embargo, sus posturas, por ilógicas que se presenten, responden a un patrón común en el pensamiento que pregonan, en los verdaderos objetivos detrás de él. La derecha política internacional no busca la eliminación del Estado, anhela su apropiación, su subyugación total, el uso exclusivo de todas sus facultades con el objetivo de perpetuar el statu quo que tan benéfico les ha sido. Imposible saber si estas posturas antigubernamentales, pro eliminación del Estado y apología extrema al sector privado y el mercado son una charada, una estratagema o una estafa. Pero difícil dar con mejor explicación.

El hombre más rico de Colombia, Luis Carlos Sarmiento Angulo, financió con inmenso aporte la campaña de Iván Duque a la presidencia. Tal cantidad de dinero haría pensar que encontraba admirable al candidato. También que posee un amor incondicional por el servicio público. La realidad se encuentra en análisis de Aurelio Suárez para Razón Pública, al aclarar que “la relación entre la OLCSA (Organización Luis Carlos Sarmiento Angulo) y el Estado es mucho más estrecha y profunda de lo que podría pensarse”. ¿Y qué podría pensarse? Pues todo lo contrario. Alberto Bernal, neoliberal/libertario amante del sector privado tiene “totalmente presente que sin empresas no salimos adelante. Personas como Elon Musk, Jeff Bezos, Arturo Calle, Luis Carlos Sarmiento Angulo, Simón Botero son extraordinarias, únicos (sic). Son personas capaces de generar unas fortunas impresionantes”. Y sí, pero tales emblemas del capitalismo han logrado tal acumulación en asocio con sus “enemigos”: los Estados; y, aún más, sin ellos estarían imposibilitados a tener o mantener sus privilegios.

No son apreciaciones, son hechos. El caso Odebrecth, la apropiación ilegal de terrenos baldíos en los llanos orientales y la increíble cantidad de multas asumidas por los bancos del señor Sarmiento al encontrarlos culpables de lavado de activos, demuestran la necesidad habida de su conglomerado por los ingresos públicos y la protección de los gobiernos de turno. Amazon, la empresa de Jeff Bezos, consolidó una posición de monopolio en 2020 al no ser forzada (como si debieron hacerlo sus competidores más pequeños) a clausurar sus locales en medio de la pandemia del Covid-19. El resultado previsible fue un año de ventas récord para la compañía gracias a que el Estado eliminó literalmente a su competencia. Greg LeRoy, líder sindical de Nueva York, comprende de dónde viene la riqueza de Bezos y deja en ridículo a sus apologetas: «La mayoría de las ganancias vienen de sus servicios informáticos en la nube. Amazon es la mayor empresa informática de servicios en línea del mundo. Su cuota de mercado es de aproximadamente un 40%. Y entre sus clientes más lucrativos en ese espacio se encuentran el Pentágono, la CIA y otras agencias federales estadounidenses”. Concluye tajante que: “Amazon está ejerciendo presión agresivamente para obtener un mayor control sobre las líneas de adquisiciones federales y las líneas de adquisiciones estatales y locales”.

Los dueños del neoliberalismo aman el Estado. Lo desean en exclusivo para ellos. Sus voceros más fervientes lo detestan; pero terminan siempre en sus garras, efectuando leyes y políticas públicas a favor de esos poderosos magnates. Si lo ocurrido no es un plan macabro, sin duda funciona como uno: desinteresar al público por el Estado, por sus fortalezas, sus capacidades, alejándolo de él, para a posteriori tomarlo y usufructuarlo exclusivamente a su favor. Es imposible tener pruebas de una conjugación de fuerzas detrás de bambalinas; pero parafraseando a uno de los defensores del modelo neoliberal/libertario más reconocidos de Brasil, el juez Sergio Moro, con tener certezas es más que suficiente.

Los dueños del neoliberalismo aman el Estado. Lo desean en exclusivo para sí. Sus voceros más fervientes lo detestan; aunque terminan abrigados en sus garras, emitiendo leyes y políticas a favor de los poderosos magnates.

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