¿Es el cine un arma de propaganda?


Que el Estado pueda y deba intervenir en la economía es ya un hecho inobjetable. Consecuencia de la crisis hipotecaria de 2007 en Estados Unidos y los multimillonarios rescates otorgados a las instituciones financieras, profundizado con la solicitud de los principales inversionistas del mundo al gobierno para detener el fenómeno de Gamestop, el debate sobre si se debe usar o no al ente como participante en la actividad económica ha encontrado su fin.

La discusión real es, entonces, qué sectores deben ser los merecedores del favor público. El cine, por su significado, impacto e influencia, debe ser sin duda uno de ellos y sus razones son muy diversas, abarcando desde las altas tasas de rentabilidad como actividad económica, pasando por el impacto favorable que la realización de proyectos culturales posee en el desarrollo y avance de las naciones, y, además, considerando la importancia habida para todas las naciones de la existencia de representaciones culturales propias.

Tom Rothman.
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“Joker”, de Todd Phillips, elogio a la locura.

¿Qué hace a una película conectar con el sentimiento de toda una generación? Era esa la duda perturbando a Robert De Niro al ser entrevistado para un documental, y en su afán por descifrar la razón explicando el éxito e inmortalidad de la obra cuyo legado más esplendoroso fue la consolidación de uno de los dúos más amados por los cinéfilos: el “Taxi Driver” de Martin Scorsese. Su rostro pensativo, atrapado en un fotograma en blanco y negro (técnicamente, en gris), engalanando su silencio absoluto, revelaba la ausencia de conjetura alguna como posible respuesta. En entrevista para un medio estadounidense, el cineasta a cargo de ese clásico confesaba el dolor físico sentido al filmar otra pieza centrada en un personaje renegado, perdido, aislado de la sociedad como lo es el protagonista de “The King of Comedy”, sentimiento desatad al sentirse identificado con él a profundidad, al recordarle su vida antes de haber alcanzado el estrellato como realizador audiovisual.

Se ha hecho muy fácil para algunos demeritar la obra de Todd Phillips sobre el villano más perfecto de la cultura popular, el “Joker”, calificando lo visto como una mera fusión entre las dos cintas de Martin Scorsese, con Robert De Niro como centro gravitacional absoluto. Y es innegable que así es. “Joker” pudo haber sido presentado a la Warner en un formato del tipo: “Travis Bickle meets Rupert Pupkin”. El problema, el argumento imposible de encontrar por algún lado en esos comentaristas sobrados, es el reconocer que esa mezcla es una tan peligrosa y complicada de concretar con éxito como lo es la fusión nuclear. Se requiere de mucho para desarrollar en un mismo personaje dos personalidades tan complejas, embarazosas, peliagudas y peligrosas; y más aún, de insertar esa ficción en el zeitgest, el espíritu, el pensar y sentir de toda una generación.

Joker. Foto de Warner Bros.
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