¿Quién paga por el 2020?

“Pero últimamente siento que llegué tarde, que lo mejor ya pasó”. Las palabras daban inicio a toda una nueva era en la televisión, a una revolución cultural impredecible que explotó en la pantalla chica. Tony Soprano, líder indiscutible de la mafia de New Jersey en la serie de HBO “The Sopranos”, recogía en su quejido el doloroso sentir de toda una nación. En mucho, de casi todo ciudadano del mundo. Comparada con el estilo de vida y tipo de sociedad habitada por nuestros antepasados inmediatos en sus años más productivos, la era actual parece un pequeño apocalipsis.

“Cuando tú preguntas por qué Estados Unidos es el mejor país en el mundo, no tengo la más mínima puta idea de qué estás hablando”. El presentador de noticias Will McAvoy, personaje principal de otra serie de HBO, “The Newsroom”, declamaba una larga lista de indicadores como sustento asesino destinado a finiquitar, de una vez por todas, la vida de una de las mentiras más grandes de nuestra era. “Pero seguro que lo fuímos -continúa el vociferante periodista-. Nos parabamos a defender lo correcto, Peleabamos por las razones exactas, pasamos y derrocamos leyes por razones morales. Peleamos guerras contra la pobreza, no contra los pobres. Nos sacrificamos, nos preocupamos por nuestros vecinos, apoyamos lo que creíamos y nunca nos vanagloriamos por ello. Construimos cosas grandiosas. Creamos tecnología impía y exploramos el universo. Curamos enfermedades. Cultivamos los artistas más grandes del mundo y la mejor economía. Aspiramos a las estrellas”. Palabras denotando un sentimiento general indicando una marcada creencia en que el pasado fue mejor.

Tony Soprano.
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¿Por qué Gamestop es el triunfo anhelado de “Occupy Wall Street”?

Nassim Nicholas Taleb abandonó el anonimato desde el lanzamiento de su libro “The Black Swan”. En entrevista de promoción del texto con Charlie Rose, compartía el autor que “un corredor de bolsa en Wall Street podría no tener mayor capacidad de predicción que un taxista” sobre su mercado. Y sobre el asunto hablaba desde la experiencia, al ser precisamente en ese lugar mitificado donde se ubicaría su primer trabajo. Durante décadas, los humanos habitando ese rincón de Manhattan le hicieron creer al mundo que las ideas de Taleb eran ridículas: se jactaban de ser ellos unos hechiceros capaces de navegar, gracias a su elevado conocimiento, las turbulentas aguas del mundo financiero. Y la historia parecía creíble; hasta que un grupo de ciudadanos sin mayor educación les ganó una partida mil millonaria, en sus términos y condiciones, y que hundió a muchos de aquellos orgullosos barqueros.

Siempre se encuentra sabiduría en la historia. Acorde al inversor Dylan Ratigan, conocedor del mercado estadounidense como pocos y autor de “Greedy Bastards”, los intentos de George W. Bush por privatizar la Seguridad Social de los Estados Unidos se deben enmarcar en el contexto del deseo, habido y permanente, principalmente por Wall Street, de convencer al pequeño inversionista de convertirse en jugador de la bolsa de valores. El deseo de los tiburones del mundo de las finanzas, siempre hambrientos de expandir su negocio, les hacía ver a esos ciudadanos sin recursos monetarios importantes como unas débiles presas que, una vez lograran unir, se convertirían en unas porciones verdaderamente jugosas. Pero las carnadas no lograron atrapar a las víctimas y la desconexión del público con el mundo de las finanzas permaneció incólume. Eso hasta que una compañía dió con la raíz del problema: la interfaz. Las palabras de Ratigan sobre el asunto son clarificadoras: “un inversionista nuevo llegaba al mercado y se encontraba con una interfaz que parecía tan complicada como manejar un 747”. La aparición de Robinhood, presentando una plataforma al parecer desarrollada bajo el lema “inversiones para dummies”, la que además no cobraba comisiones a sus usuarios, atrajo y convenció a millones de participar.

Dylan Ratigan. Foto de dylanratigan.com
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¿Por qué sí se deben emitir billetes para salvar el país?

Naomi Klein, poderosa pluma canadiense, predijo en su incomparable obra “The Shock Doctrine”, así como en su secuela no oficial “No is not enough”, la aberrante distribución de la riqueza conseguida en plena pandemia del Covid-19. Su tesis es controversial pero los hechos la hacen una contundente: en los momentos de mayor crisis y miedo, cuando las sociedades más irracionales son, los grupos ligados al poder encuentran la oportunidad perfecta para establecer las políticas más funcionales a sus intereses, por aberrantes que la aplicación de ellas sea para la nación. La inserción de un opresor aparato castrense y una dictadura civil en los Estados Unidos se posibilitó tan sólo en medio del pánico causado por los ataques del 11 de septiembre; las masivas privatizaciones y liberalizaciones de empresas y sectores en las economías del sudeste asiático se lograron materializar únicamente después de la crisis económica acechando la región en 1997.

La Gran Recesión, arrancada en 2008 y existente hasta este 2021, ha permitido decretar medidas económicas impensables y consideradas herejías hace poco tiempo: tasas de interés negativas, préstamos a un siglo, préstamos a perpetuidad y, por supuesto, una impresión de dinero en niveles sin precedentes. La meca del neoliberalismo, el lugar donde la no participación del Estado se exclama vociferante, acaba de solicitar la intervención del gobierno federal con tal de evitar la debacle de los grandes magnates del sector, al haber perdido ellos en franca lid una apuesta especulativa millonaria contra unos “degenerados de Reddit”. Deja sin lugar a dudas la coyuntura el que todas las medidas políticas están sobre la mesa, todas posibles y disponibles, sin embargo, su implementación está prohibida en una situación: cuando su aplicación favorece a la ciudadanía en general.

Naomi Klein. Foto The Intercept
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¿Quién se robó el sueño americano?

Los latinoamericanos han sabido hacer una broma de un tratado político. Según los naturales a esas tierras, “en los Estados Unidos los golpes de Estado no se habían presentado porque ese país no ha tenido jamás en su territorio una embajada de los Estados Unidos”. La lista de interrupciones de los procesos democráticos en países al sur del imperio norteamericano es tan extensa como espantosa y constante. La participación de los gringos en estos crímenes contra la democracia es una regular. El término, dicho sea de paso, proviene de una histórica y diciente expresión usada por indígenas mexicanos quienes refiriéndose al color verde de los uniformes de los invasores militares estadounidenses les reclamaban: “green, go”, durante la Guerra Mexicano-Estadounidense.

Pero la broma por poco habría de finalizar ese 6 de enero cuando un grupo de ciudadanos se rebelaron contra el proceso democrático de su país buscando impedir la próxima posesión de un presidente electo por los votos. Seguidores ofuscados de Donald Trump, envalentonados por el discurso de su líder, desataron un breve caos institucional y, por un corto periodo de tiempo, enterraron la democracia en el país más poderoso de América. Aunque sea una “ilusión de democracia”, parafraseando al lúcido comediante George Carlin, la habida en el coloso del norte no deja de ser una y el asalto al capitolio fue su momento más bajo. Pero aunque terrible, la situación no fue una excepcional. Tan es así que no pareció a nadie sorprender. Y es que el proceso de desintegración en los Estados Unidos es de larga data y la manifestación del principio de 2021 no es más que la estaca en el corazón a la organización política de esa nación, a la que desde ese día se puede denominar oficialmente lo que desde hace un tiempo para muchos de sus habitantes ha venido siendo: un “Estado Fallido”.

Donald Trump.
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¿Por qué son tan ricos los bancos en Colombia?

Las redes se incendiaron en Colombia. Los pantallazos se apoderaron de twitter. El gobierno nacional se jactaba de su programa “Ingreso Solidario“, una transferencia bancaria de 160.000 pesos hacia los ciudadanos con mayores necesidades con tal y ayudarlos en el momento de pandemia mundial. La indignación estalló al percatarse varios internautas que los depósitos iban a cuentas con nombres claramente falsos y números de cédulas ridículos.

En debate televisado entre el senador Ciro Alejandro Ramírez, del partido oficialista, y Gustavo Bolívar, de la oposición, se desató una guerra verbal al primero cuestionar las acusaciones del segundo. Según Ramírez, lo único habido en el escándalo fue un error en la programación que dificultó la entrega de la ayuda ofrecida. Su prueba fehaciente era la siguiente pregunta: ¿Cómo alguien va a ir a sacar ese dinero de los bancos? Desde su lógica, dado la inexistencia de las cédulas, se imposibilitaba cualquier retiro, ergo, la inexistencia de corrupción. Pero claro, la pregunta válida es: ¿Dónde está ese dinero ahora? Porque de permanecer donde se consignaron, es esa la estafa: una nueva distribución del ingreso de los colombianos hacía sus bancos a través del gobierno.

Logo Bancolombia
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¿Por qué Juan Manuel Santos saboteó su proceso de paz?

La incógnita proviene de un hecho irrefutable: el ex presidente dejó huérfano el recién nacido acuerdo y lo entregó al peor padre adoptivo imaginado. ¿Cómo entender tal dicotomía? ¿Cómo procesar tal desparpajo por un proceso por poco imposible de consagrar y merecedor de aplausos a nivel planetario? Sencillo, realmente: y pasa porque Juan Manuel Santos es no una parte del establecimiento político de su país, sino su misma esencia: una oligarquía sangrienta que mantiene sus privilegios a sangre y fuego. Con ese prisma es comprensible que para él y para los suyos, la paz en su territorio, la real, la nacida de una justicia social, esa no les es funcional.

El antiguo primer mandatario de los colombianos le interesaba la firma del acuerdo, la puesta en escena en Cartagena copada de figuras internacionales de primer orden, las alabanzas en los principales foros mundiales por sus esfuerzos por el diálogo; pero la paz en Colombia, aquella nacida de una sociedad justa y llena de oportunidades para sus compatriotas, de esa él parece ser su más acérrimo enemigo. Juan Manuel Santos cambió todo buscando que en el fondo, absolutamente nada fuera a cambiar. Nunca antes la frase del senador Jorge Enrique Robledo, “a ellos les va mal cuando al país le va bien”, fue más acertada que en el caso del proceso de paz.

Juan Manuel Santos. Foto Editorial Planeta.
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¿Por qué no arrestar a Harvey Weinstein?

El escándalo ha quedado atrás. En febrero del año en curso, 2020, un jurado encontró a Harvey Weinstein “culpable de violación en tercer grado y un acto sexual criminal, y no culpable de tres cargos, incluidos dos cargos más graves de agresión sexual predatoria”. ​Su condena será cumplida en una cárcel de mínima seguridad en los Estados Unidos, más exactamente en el Estado de Nueva York.

Para el público en general, la justicia ha servido a su propósito: un culpable está pagando una pena privativa de la libertad por sus actuaciones ilegales frente a un numeroso grupo de mujeres. Las víctimas han encontrado paz y alivio a su sufrimiento. Que no haya un depredador rondando una ciudad, especialmente en un posición de poder, es una excelente noticia para el público en general. Y sin embargo la pregunta siempre será válida: ¿Estamos mejor como sociedad? ¿Es esto lo mejor por hacer con los criminales? ¿Sigue teniendo validez la prisión como mecanismo para encontrar justicia?

Harvey Weinstein
Harvey Weinstein
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¿Y si tenemos el próximo año tres salarios mínimos?

Se podría, pero de nuevo, habría que cambiar la percepción y los conceptos usados en el debate público y hacer uso de unos menos politizados. En la discusión por establecer un ingreso mínimo a los trabajadores, los sectores empresariales (con notorias excepciones) consideran el salario mínimo como un costo laboral. Cierto es su condición; pero también lo es la insuficiencia habida en llamarlo así. Los sindicatos se refieren a ese umbral más bajo de pago a los trabajadores como la calidad de vida de los empleados y la demanda agregada de la nación. Igual de acertado como inexacto. El salario mínimo es el elemento que define a una sociedad, a más alto es más civilizada, pero a más bajo, es una espiral decreciente hacia el esclavismo.

La ambiciosa propuesta sindical de un aumento del salario mínimo en un 14% es tan necesaria como irreal, para muchos espacios del aparato económico nacional. Y aún así, la salida de la pandemia debe ser recibida con una fuerte demanda que incentive la generación de ventas, creación de empleos, más utilidades y mayor recaudo impositivo. En términos exactos, un incremento en la velocidad del dinero. De ahí se desprende que, siendo una necesidad un crecimiento tal de la capacidad adquisitiva de los trabajadores, se está obligado a hacer el esfuerzo para que una subida del 14% sea impuesta a aquellos sectores en capacidad de asumirla, mientras los que no, mantengan un alza salarial más pequeña.

La necesidad y la pandemia. Foto tomada de El Espectador.
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¿Ha muerto la democracia en el mundo?

Las calles colapsaron. Los gritos de desespero se escucharon. Los íconos modernos se derrumbaron. Pero nada, realmente nada se había trastocado. Santiago de Chile, París, Bogotá, un fantasma recorría portentoso por sus principales avenidas, desafiante a las estructuras del poder, el que incómodo en sus torres de marfil mantenía la tranquilidad y la calma. Sus poseedores, en gran parte, sabían el futuro: ellos, tenían la partida ganada de antemano.

Martin Gilens de la Universidad de Princeton y Benjamin Page de la Universidad de Northwestern han dado una respuesta al porqué de la imposibilidad de generar cambios a través del proceso político moderno, al menos en los Estados Unidos. Las conclusiones alcanzadas por su estudio, uno bastante controversial, son tajantes y preocupantes: el proceso político, el debate, redacción y aplicación de leyes, solo toma en cuenta los deseos de los más pudientes, los donantes de los grandes partidos, sin tener el más mínimo interés en lo que la clase media y pobre piense o sienta. En una palabra: los Estados Unidos de América hoy son como organización política una oligarquía. Michael Moore en su inquietante “Capitalism A Love Story” lo comprobó: se hace presentación en el filme de un documento de Goldman Sachs del que se leía sin dar a lugar a engaños y con tristeza cómo para el banco su nación se había transformado en una plutocracia, ergo, todos los funcionarios del conglomerado financiero debían interesarse de manera exclusiva por las necesidades de sus clientes más pudientes. El resto de la ciudadanía, simplemente no deberían existir para ellos.

Hillary Clinton con Lloyd Blankfein, en ese momento Gerente General de Goldman Sachs, en el “Clinton Global Initiative’s 10th Annual Meeting” en 2014. Foto de JEMAL COUNTESS. Vanity Fair.
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¿Por qué el mundo no le teme más al comunismo?

“El éxito económico del siglo XXI es la China; y el éxito económico del siglo XX fue la Unión Soviética“. La frase fue dicha en medio de una conferencia. Su autor es un hombre con unos honores absolutamente incontestables: Yale, Harvard y Stanford son las universidades donde consiguió sus títulos de pregrado, maestría y doctorado, en distintas ramas de la economía, incluida la de historiador del área. Richard D. Wolff es su nombre y los títulos de sus libros, “Understanding Marxism” (Comprendiendo el Marxismo) y “Understanding Socialism” (Comprendiendo el Socialismo), además de dicientes, son parte esencial de una vida académica con profundo impacto en sus compatriotas, una carrera que, sin miedo a equivocarse, se puede argumentar está cambiando por completo la historia de ese país.

Los días aciagos posteriores a la crisis de 2007 en los Estados Unidos y Europa produjeron un renacimiento del interés por las ideas de Karl Marx. “Los jóvenes se acercan (al ideario marxista) de forma abierta, desprejuiciada, con curiosidad”, comentaba para su entrevista en el canal Deutsche Welle (DW) la directora del museo Karl-Marx-Haus, Beatrix Bouvier, en Alemania, en 2007. La intriga llevaría a lo impensable: en 2015, Penguin Random House declaraba que un lanzamiento especial de una colección de bolsillo con varias obras clásicas había sido un éxito absoluto e impredecible, siendo el principal responsable de sus notorias ventas “El Manifiesto Comunista” de Friedrich Engels y Karl Marx. Pero, tal vez, el hecho más poderoso y capaz de explicar lo que ha sido el renacimiento del histórico autor sea la conversión de figura marginal a estrella mediática y académica en los Estados Unidos de un profesor como Richard Wolff, quien sin miedo a represalias alguna se declara a sí mismo como “marxista”. Hasta FOX News ha ido él a ser entrevistado.

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