Breaking Bad: ¿Enterrando el sueño americano?

No hay lugar a duda. En una época, el sueño americano fue algo más que una ilusión. Hubo un momento en la historia moderna de la humanidad que el trabajo, la disciplina y el esfuerzo personal se recompensaba con el éxito en la sociedad. Pero se acabó, se desvaneció el sueño, y “Breaking Bad”, la serie creada por el genio que sabe plagiar llamado Vince Gilligan, es una cruda y dura representación artística de la actual etapa de crisis estructural posterior a la conclusión de tan paradisiaco tiempo, esas tres décadas de crecimiento económico inclusivo que el demógrafo francés Jean Fourastié denominó con exactitud como «los treinta gloriosos».

La serie emitió su capítulo final hace más o menos una década. Sobre ella todo tipo de análisis cinematográficos, sociales, políticos, y demás, se han podido realizar. Pero la complejidad de su puesta en escena, la profundidad en toda la creación artística y su ambiciosa temática (y tema), ofrece la posibilidad de una interminable cantidad de lecturas. Una, tal vez la más importante, es la representación gráfica de la caída del imperio norteamericano desde ese pedestal de sociedad idílica que sus medios de comunicación han sabido vender tan bien, durante tanto tiempo.

En el recordado y extrañado programa español Fort Apache, que tuvo como base de discusión esta producción televisiva, el académico Rubén Herrero decía que «Breaking Bad» era la quintaesencia de la lucha por el sueño americano. En sus palabras, el admirador de Ronald Reagan asumía que “la posibilidad de hacerse millonario” es el ideal. Esa deformación del mito (hay que ser muy neoliberal para asumir de entrada que el sueño de todo el mundo es ser millonario), deja ver la enorme corrupción que abarca a la sociedad neoliberal, una cuya definición personal máxima es el que sus ciudadanos alcancen ingentes cantidades de dinero a nombre propio; sin siquiera importar cómo los han obtenido.

El fracaso societal representado en la serie no pasa porque no se pueda volver cualquiera un ser acaudalado, de hecho Walter White en algún momento junta unos ochenta millones de dólares; sino porque las posibilidades de tener una vida digna, para uno y su familia, al parecer están reservadas de manera exclusiva para aquellos ubicados en el lado contrario a la ley y las instituciones; más aún, de las buenas costumbres. Lo que escondía el gran lema estadounidense, ese con el que buscaban ubicarse por encima de su gran enemigo ideológico (la U.R.R.S.) era que su sistema económico era tan perfecto, justo y bondadoso, que todos podrían alcanzar sus metas en la vida si se lo proponían y se esforzaban. Por un breve momento, un suspiro de la historia, así fue. No lo es así hoy.

Walter White es una feroz representación del capitalismo moderno. La dedicación, el talento, la inteligencia; todos valores y una característica determinante en el destino de los humanos según los apologistas del sistema que hoy todo abarca y domina, en la vida real son mucho menos relevantes que la suerte o la maldad que puedan rodear e irradiar los seres. La única razón por la que White es pobre es por su inmensa sumisión a la sociedad, su incapacidad para actuar salvajemente y nulo deseo de querer arrebatarle a los demás lo que desea para sí mismo y los suyos.

Porque el capitalismo ha logrado permear en la sociedad la idea, gran mentira, de que en su interior hay un espacio para todos. La inequidad es sustancial a su existencia. Hay un solo ganador en una copa del mundo de la F.I.F.A., y hay unos grandes triunfadores que se apropian de la riqueza común en el capitalismo. El neoliberalismo, esta fase moderna del sistema que tan bien entendió Marx, es la legitimación política del modelo económico que busca explotar a muchos para el beneficio de pocos. Y «Breaking Bad» no tiene cortapisas a la hora de exhibirlo en la pantalla.

Como si de un análisis crítico y crudo del mundo alrededor se tratara, «Breaking Bad» desnuda el capitalismo y la sociedad que ha forjado de una forma deslumbrante, tal vez sin intención pero con total precisión. En el penúltimo capítulo de la serie, White detalla cómo los esposos Schwartz, antiguos socios suyos en Gray Matter, en el programa de Charlie Rose (un exitoso periodista de la vida real descubierto como un gran acosador sexual), denigran de su aportación a la empresa. Para esa altura, la historia ha dejado establecido que la base del éxito de la multinacional es la investigación del personaje principal, un ser humano ya caído en desgracia. Pero la historia reserva la verdad para los ganadores y, cualquier humano, en su punto más bajo, está condenado a ver regularmente la suela de los zapatos de sus pares y muy escasamente una mano amiga de ellos.

¿Quién juzga a una empresa por actuar así? Nadie. Ya todo está escrito en el mundo de los negocios. Manual de instrucción básico de Relaciones Públicas. ¿Contar la historia verdadera, por parte de los empresarios? Fuera de toda posibilidad. Hay que mentir, engañar, negar la verdad: es eso lo que impone la valorización de las acciones, y ese índice es mil veces más importante que unas vidas humanas, así sean inocentes, como es el caso de la familia White. El dinero es Dios en esta sociedad estructurada por el capitalismo y, como si del diablo se tratara, la gran mayoría de veces depende de la mentira, la traición y el engaño para multiplicarse. Es eso lo que en ese momento están haciendo Gretchen (Jessica Hecht) y Elliot (Adam Godley). No es más. Y está bien.

Bianca Goodson y Mosilio Mothepu son dos jóvenes ejecutivas sudafricanas, con exitosas trayectorias, de esas que ponen a las personas en las esferas donde realmente funciona el poder y que tan alejadas del público se encuentran. Ambas, sin conocerse y de forma independiente, decidieron ser unas traidoras de clase y develar los manejos corruptos de la familia Gupta en asocio con el mandatario de su país, Jacob Zuma. Sus revelaciones, adicionales a otros profundos casos comprobados de corrupción político empresarial, concluyeron con la caída del presidente del partido de Mandela.

Como bien dice la nota sobre ellas escrita en Le Monde Diplomatique: «numerosos artículos de la prensa nacional e internacional toman a Goodson y Mothepu como ejemplos a seguir y aplauden su coraje y compromiso ciudadano». Lamentablemente, los elogios en los medios no se traslapan a la realidad de su vida diaria. «Toda mi vida profesional y personal estalló en pedazos. Hay que mantenerse firme, pero es no es nada fácil. Lo único que hice fue decir la verdad, pero ¿Qué gran empresa va a darme un puesto de responsabilidad?».

Lo que se pregunta Mathepu no debería tener una respuesta rebuscada: la contratará una empresa que no use la corrupción y malas prácticas como parte de su acción diaria. Tal vez, es que de esas no hay más. Y pocas veces se ha representado esa parte de nuestra sociedad como lo hizo esta serie con la corporación Madrigal. Puede sea cierto que, como lo dijo Balzac: «detrás de toda gran fortuna, hay un crimen». Madrigal nos hace pensar: ¿se crea una multinacional como McDonalds vendiendo hamburguesas? No parece equivocado ver en la similitud del nombre de las dos empresas, así como sus actividades, algo más profundo que una mera coincidencia y sí una representación artística del mundo corporativo.

Pero más fuerte que el verificar la realidad sea, se comprueba que es el sistema el que obliga a actuar de una manera desalmada para en él sobrevivir; es el hecho, verídico y contrastable, de que como sociedad no se busca un cambio, sino la fuerza necesaria para surgir en él. Quien triunfa en la vida, desde la perspectiva de una sociedad capitalista, es Heinserberg y, en el opuesto, quien fracasa, es Walter. En el primer capítulo, un alumno se burla de su maestro por lavar su auto, dado que el eminente profesor encuentra en un segundo trabajo, legal y digno, el sustento necesario para su familia. Nunca, jamás, se le pasa al muchacho por la cabeza admirarlo por su conocimiento. La vida hoy celebra la agilidad física y desmerita la mental, y por eso el joven (un exitoso deportista de su colegio) pasa por encima de él cuando le da la gana.

El recuerdo de esa escena produce otro, muy bello, presentado en «A Bronx Tale«, la opera prima de Robert De Niro. El drama de la historia se centra en el personaje de De Niro, Lorenzo, un comprometido y honrado conductor de bus, quien enfrenta el problema de que su hijo mayor está decantando por el estilo de vida de los mafiosos de su barrio, consecuencia del gran atractivo que el pequeño siente por esa forma de vida. Frustrado por no poder hacerle ver lo equivocado que está sobre el criminal, el padre le espeta a su criatura que «no se necesita mucha fuerza para apretar un gatillo, pero intenta levantarte todas las mañanas día tras día a trabajar para ganarte la vida. Vamos a ver cómo lo intenta él y luego veremos quién es el tipo realmente duro». Podríamos decir que es fácil ganar dinero como Heisenberg (si se es un psicópata); pero muy difícil lograrlo como Walter White.

En una sociedad justa, con otros ideales, el trabajador tendría la razón; pero no en el neoliberalismo. En este mundo de hoy, valen más las Kim Kardashian, los Chapo Guzmán y los George W. Bush; que los héroes que, después de salvarle la vida a los doce niños atrapados en una cueva en Tailandia, reciben de Elon Musk, multimillonario emprendedor y posiblemente estafador, puede llamar a uno de esos humildes trabajadores «pedófilo», sin sufrir ninguna consecuencia. Y cuando algo así sucede, tal vez es hora de destruir el sistema y crear uno nuevo. ¿Cómo es posible una sociedad que permite el elevarse hasta el cielo a los Heisenberg y destruir a los Walter White? Pero, más aún, ¿Cómo se llega a esto?

En los años cincuenta y sesenta, Estados Unidos tenía dos características primordiales: buenos salarios para sus empleados y nula competencia internacional (Europa estaba destruida por la guerra y Asía apenas iniciaba su camino al desarrollo). Pero en la década de los setenta, la economía alemana y la japonesa (luego sería toda Europa y Asía) comenzaron a consolidar su recuperación y encontrar su espacio en el mercado internacional. En breve: comenzaron a vender su producción al mundo, destruyendo la posición de cuasi monopolio natural que poseían los líderes del Atlántico Norte.

Robert Brenner, profesor emérito de la Universidad de California, sustenta una visión de la economía actual, capitalista, como una estancada desde los años setenta y producto del nuevo escenario global. Consecuencia natural de la nueva coyuntura, se presenta una caída notoria en la tasa de retorno de la inversión (más oferta de bienes, menos precio por ellos y menos ganancias), que contrae una profunda caída en los salarios de los empleados, buscando que los inversores recuperen sus márgenes. Pero cuando se reducen los salarios, se cae el consumo y, por lo tanto, como hasta ahora se ha visto, el ciclo negativo se expande.

¿En qué se diferencia una sociedad con buenos salarios de una con bajos sueldos? En la posibilidad de surgir de sus ciudadanos. En una economía con alta capacidad adquisitiva, un emprendedor debe trabajar profundamente por prestar el mejor servicio o producto, que el mercado le habrá de responder, pues hay un grupo amplío de ciudadanos que pueden adquirir lo ofrecido por él. Su opuesto, una en donde los ingresos de los trabajadores dificultan no denominar a la sociedad como esclavista, las capacidades para triunfar de la iniciativa empresarial no solo se limitan a la calidad de lo ofrecido, sino en la de poder acceder a la pequeña cantidad de personas con posibilidades de adquirir lo producido. Estados Unidos fue una sociedad de alta capacidad adquisitiva; pero en los últimos años se ha venido convirtiendo en una opuesta, con una enorme inequidad económica como resultado.

Walter White es un profesor de secundaria. Uno de química, nada menos. Y se ve en apuros para mantener a su familia, además de en más de mil aprietos para pagar las futuras facturas del tratamiento clínico al que se ve forzado por sufrir un cáncer en estado terminal. ¿No es importante un profesor de química hoy? ¿Uno brillante como lo es White? El drama no tiene cortapisas en presentarlo como una persona terca hasta el agotamiento (Bryan Cranston es brillante presentando esa faceta del personaje) y que hubiera podido llegar mucho más alto en la escala social si otro fuera su comportamiento; pero no por eso se deja de lado la disyuntiva del profesor. El abogado Saul Goodman (Bob Odenkirk), el ex policía Mike Ehrmantraut (Jonathan Ray Banks), y el mismo Jesse Pinkman (Aaron Paul): ¿no son todos ellos talentosas personas que encuentran en la vida ilegal la estabilidad y comodidad que no hayan en la legalidad? ¿Qué dice todo esto del sistema rigiendo la vida hoy?

En días previos a la emisión del capítulo final, una frase que buscaba explicar la serie se hizo muy famosa: «Breaking Bad es ver cómo Ned Flanders se convierte en Michael Corleone». Vince Gilligan, quien llevaba años escribiendo The X-Files, tenía como objetivo crear un drama en donde el protagonista se convirtiera en el antagonista. El héroe en el villano. Para él, la estabilidad en los personajes de una serie era algo que debía evolucionar. Sin embargo, y he aquí lo interesante, el público no vio la transformación de la misma manera: lo que vio fue un cambio de personaje en el que pasó de ser un pendejo a un héroe. Y si el arte es un trabajo en conjunto, en donde, como decía Orson Welles, una parte la pone el creador y la otra el espectador, algo terrible sucede al interior de las audiencias modernas.

En la conversación habida entre el elenco y Charlie Rose en su programa, ya en la vida real, en el que se dejaba claro el odio de las audiencias hacía Skyler, la esposa de Walter, odio nacido por ninguna otra razón que rogarle que abandonara su vida de criminal, se pude sustentar todo lo dicho hasta acá. Claro lo dejaron los actores en esa mesa, ella era la heroína, ella era la que estaba en lo cierto, ella era quien tenía la razón. Lamentablemente, no es así en para los hijos de sociedad neoliberal. Para más, el personaje llegó a ser considerado uno de los más odiados de la televisión. En un halo de esperanza, su posición ha venido mejorando y como dice el periódico The Guardian, se ha ganado ella una gran disculpa.

Marx consideraba que en el capitalismo se organizaban los recursos de la sociedad para satisfacer las necesidades de los empresarios, no de las personas. Y la única necesidad de ellos es hacer dinero. En esa forma de organizar la vida, todos están en el negocio de hacer dinero, no de prestar un bien o servicio que enriquezca la vida. McDonald’s le importa un carajo la salud y la buena alimentación de sus comensales, ni hablar del trato a sus mismo empleados: su único interés es que compren su hamburguesa, la que esperan vender al mayor precio posible, después de producirla al menor costo alcanzable. La causa número uno de muertes en todo el planeta son episodios cardíacos, ligados la gran mayoría de ellos a la pésima alimentación moderna, donde las comidas rápidas tienen un gran papel. ¿Le importa eso en algo a Coca-Cola, Pizza Hut, Domino’s…? Si esa son las reglas con las que se mueven las fichas en el tablero, ¿por qué ha de indignar a alguien Heisenberg? ¿Hay algún negocio más capitalista que la venta de drogas ilegales? Purdue Pharma y la familia Sackler son muestra contundente de la negativa a la respuesta.

Gilligan explicaba el arco de la serie como uno en donde se hacía una exploración de la maldad. Para él, la religión es una forma del ser humano llenar su necesidad de justicia. Y el grito de Pinkman al final de la serie, en medio de su intento de quemar el hogar de White, rogando que sufriera por sus actos, es una muestra poderosa de eso. Chuck Klosterman, en su análisis de la serie se preguntaba: ¿Qué hace malo a un hombre: sus acciones, sus actos, sus motivaciones o su decisión consciente de ser una mala persona?» Todo, tal vez. Pero la frase capaz de encerrar toda la serie ha sido dicha hace tres siglos por un pensador francés. «El hombre es bueno y la sociedad lo corrompe», una de las sentencias más poderosas de aquel brillante ser llamado Jean Jacques Rousseau, es la explicación perfecta de lo que es «Breaking Bad», una obra de arte imperecedera de nuestra tiempo y una que, como toda obra maestra, tiene algo muy profundo que decir sobre nuestra sociedad.

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