La misiva de Chris Hughes, miembro fundador de Facebook, fechada en 2019, adquiere hoy vibrante relevancia. Su comunicación solicita a la función ejecutiva de su Estado, al gobierno de los Estados Unidos, el actuar para resquebrajar su antigua compañía de Internet. Sus palabras no deberían ser tratadas como un asunto banal entre el marasmo de acontecimientos acongojando a todo el mundo. Meta es ya una reconfiguración de la sociedad moderna, el «país» donde hoy se habita, la «nación» donde con los pares se interactúa y el «ágora» donde se debate. Y ese nuevo mundo creado tiene un rey absoluto en la persona de Mark Zuckerberg, situación sin parangón como fenómeno social mundial.
Y sería en el arte, a través de un filme, uno coqueteando a cada plano con la perfección: «The Social Network«, dirigido por David Fincher y escrito por Aaron Sorkin, el encargado de hacer sonar las sirenas, el primero en anunciar un futuro con tan aberrante concentración de poder. Es que es esta obra audiovisual posiblemente la película más celebrada de su realizador, con unas cualidades cinematográficas excelsas y admirables; y no obstante esto, lo más impresionante es haber anunciado la transformación de su personaje principal en una persona controversial y que hoy domina una porción descomunal del mundo.

The Social Network. Columbia Pictures
Lo que más define a un imperio es la capacidad de daño a su alcance. El de Zuckerberg es aterrador. Controlando de manera absoluta Facebook, WhatsApp e Instagram, el empresario tiene al mundo en su mano. Chris Hughes sale un segundo en el filme y el personaje de Mark solo lo menciona de pasada, pero ha sido el más valiente en analizar esta situación. Facebook, ese imperio nacido por el afán de un joven universitario de crear un club exclusivo dado su incapacidad de entrar a los que ya existían, hecho para impresionar a un amor despreciándolo, construido para conectar a personas con las que él mismo estaba desconectada, es hoy un peligro para la humanidad. Y, en la película de David Fincher eso se anuncia a cabalidad.
Puede ser que el mercado concluya y destruya lo que la legislación no pudo. La pérdida de valor de la compañía hoy, de cerca de la mitad, exhibe algo más que unos resultados trimestrales negativos y antecedan lo que posiblemente sea el fin de una era. Usuarios y mercado se aburrieron ya de Facebook. Siendo el portal la única gran creación de Mark Zuckerberg, su verdadero emprendimiento, dedicó el resto de su vida corporativa a adquirir o destruir empresas amenazando la primacía de la suya. Y es, la corporación Meta (actual conglomerado dueño de la red social), una muestra más de lo que Mariana Mazzucato conceptualiza como el «poder de las redes». En Internet, ser el primero es tan importante como ser el primer colonizador en una tierra virgen. Una vez se usa un servicio en Internet, la mayor cantidad de usuarios incrementan su calidad y desatan un ciclo virtuoso para la compañía, fundando una impenetrable posición de poder.

Eduardo Saverin, co-fundador de Facebook, fue claro y contundente al afirmar la notoria intención de la producción en ser «entretenida más no respetuosa de los hechos fácticos como si fuera un documental«. Sheryl Sandberg, ejecutiva de alto nivel en la compañía y criticada por su constante abuso de poder, calificó a la obra como una «muy Hollywood» y de «ficción». Justificaba ella la necesidad de ese cambio pues la mayor parte del tiempo de los emprendedores durante la fundación de la compañía fue uno usado para codificar y ordenar pizzas, por lo que acertadamente se preguntaba ella, «¿quién quiere ver una película sobre eso?» Y, por supuesto, está la famosa frase del propio creador de la red quien después de ver el filme alabó lo acertado del mismo… con respecto a su ropa. «The Social Network» no es la historia de Facebook, de su creación, es una fascinante película, una poderosa metáfora sobre el gigante informático y, una que acierta a cabalidad al presenter el nacimiento de un emperador moderno, posiblemente el más grande habido jamás.
Un Sorkin inspirado sustentó su alejamiento de los hechos reales como consecuencia de su lealtad a «una buena historia«. Steven Spielberg concordaría con él sin mucha dificultad, especulación hecha por ser suya la frase de que «la realidad no debe atravesarse en el camino de una buena narrativa». Así, la intención de la película es entretener con el objetivo de enviar un mensaje, no ser una clase de historia. Justin Timberlake lo aclaró: en el proceso de producción entabló amistad con Sean Parker, el hombre en quien basa su personaje. A la pregunta de cuánto le había ayudado el ejercicio de conocer su contraparte para efectuar su alabada actuación el actor declaró haber sido nulo el impacto, dado que el Sean Parker de la vida real poco tenía que ver con el «Sean Parker de Aaron Sorkin».

Una anécdota llama la atención por permitir comprender el proceso por el que pasa un actor. Garfield fue durante un tiempo el escogido para hacer a Mark Zuckerberg; papel tomado posteriormente por Eisenberg. No obstante, el trabajo no fue en vano. Según el actor, haber estudiado a profundidad al fundador de Facebook le permitió comprender mucho más a Saverin, puesto que es él el único quien en el mundo entiende a Mark. Por su parte, Jesse Einsenberg tuvo acceso al ensaño que entregó su personaje en la vida real para entrar a Harvard. En él descubrió el actor que Zuckerberg practicaba esgrima, lo que transforma por completo su postura. Justin Timberlake de manera brillante decidió interpretar a Parker como él mismo en esos años de su vida, un cantante famoso.
Desde la ventaja otorgada por el paso del tiempo, no parece errado calificar esta obra como la máxima de, tal vez, el mejor director de cine del milenio. Y este trabajo le fue facilitado por un guion perfecto e impulsado por unos impecables diálogos como la fuerza narrativa detrás de la obra. Pero el cine es el medio del creador visual y Fincher es brillante como pocos. Su gran acierto fue darle a cada conversación un aspecto de charla infantil y así lograr el tratamiento requerido para hacer de la historia una impecable. Al ver el metraje es imposible no tomar partido, tener opiniones y prejuzgar a los personajes en el desarrollo del filme; pero como explicaba el cineasta, «lo que olvida la gente es que eran batallas legales de centenares de millones de dólares entre un grupo de niños». La presión, la dificultad vivida, la locura desatada, afectaba la vida de personas tan solo superando la mayoría de edad. Mientras el resto de los humanos gozan de esos años figurando qué carrera estudiar, los jóvenes retratados en el filme entablaban una guerra por la compañía que habría de definir toda una era.

El escrito, por más que fascinante, contrajo un problema entre estudio y realizadores por su tamaño: 178 páginas. Sony solicitó la eliminación de 30 de ellas al escritor, pero el director impidió tal barbaridad. Los ejecutivos aceptaron bajo una condición: la película no podría durar más de 120 minutos. He ahí por qué el diálogo inicia al instante mismo en que aparece la imagen de Columbia Pictures, una presentación inaudita de una compañía cinematográfica durante un filme. El asunto es, ¿Cómo un guion de 178 páginas logra durar 120 minutos? (El promedio es: una página, un minuto de película). La respuesta se encuentra en la velocidad recitada en cada diálogo, habiendo una edición salvaje para una película basada en conversaciones. De ahí, su merecido premio Oscar en esa área.
La presentación de Zuckerberg en el bar, escena larga como pocas, tenía un objetivo y necesidad. Además de exponer todo lo necesario sobre el personaje, es ella la base de toda una forma de organizar la historia muy novedosa y denominada por el escritor, «estructura de la sala de deposición». «The Social Network» está ligeramente basada en el libro «The Accidental Billionaires» de Ben Mezrich, cuyo argumento se centra en relatar el momento en que dos demandas diferentes se presentaron en contra de la corporación. El reto de la adaptación era compaginar en una sola línea argumentativa la cantidad de versiones habida sobre los acontecimientos, pues cada personaje narraba lo sucedido de manera discordante. El mejor regalo de un artista son las dificultades y esta era una ofreciéndole a Sorkin una gran oportunidad para intentar innovar: en vez de tomar partido, decidió poner los puntos de vista de todos en la película. Y Fincher logró captar eso a la perfección.

Para Fincher, durante el filme, era de la mayor importancia ver al fundador hackeando, pero desde un ángulo que permitiera presentar su agilidad sin confundirlo con un terrorista o ladrón, sino como un profesional talentoso. Ayudó el uso de la pantalla azul en los computadores (los actores escribían sobre un computador apagado y en postproducción se insertaban las imágenes de la pantalla). La calidad del truco visual y el uso de la tecnología creaban la perfecta ilusión. Para Fincher, Zuckerberg era una persona brillante, apasionada con sus capacidades y, de forma conflictiva, alguien indiferente a las consecuencias por ellas causadas. Clásico caso de persona con desorden compulsivo como parte de su personalidad. El problema es que sus actos o creaciones afectan, literalmente, a la mitad del planeta. Era su objetivo, presentarlo así, para desde ahí ir notando cómo lentamente se va transformando en el hombre que hoy es.
La brillantez de lo escrito está en la forma escogida para presentar la estructura narrativa a través del diálogo. Un ejemplo es suficiente para decirlo todo. En la primera sala con los abogados de Eduardo Saverin (Andrew Garfield), Mark Zuckerberg (Jesse Einsenberg) interroga a la abogada de su antiguo amigo sobre si fue así como ella contó lo sucedido esa noche en el bar. El interrogante es de la mayor importancia por ubicar a la audiencia completamente en la forma cómo va a ser contada la historia: lo visto al principio, la conversación en el bar entre el protagonista y su novia era un flashback. Durante todo el tiempo y sin percatarse, como si de un sueño se tratara, se ubica al espectador en la sala de juntas donde la abogada de Eduardo está leyendo lo dicho por Erica Albright. Mark desmiente a su exnovia, la audiencia se percata de la situación y el conflicto queda presente. A quién decida creer el espectador es su decisión; pero la estructura permite convertir una historia aburrida y densa en una maravilla cinematográfica. Einsenberg lo explica a la perfección: el público llega a la mitad de las conversaciones de Sorkin y lo interesante de la misma le hace a cualquiera prestar atención e ir descubriendo muchas nuevas cosas.

El poder absoluto corrompe absolutamente es una gran traducción de la famosa sentencia de Lord Acton, útil como subtexto de la película reseñada. La evolución de Zuckerberg en el filme es clara: un insignificante estudiante de una prestigiosa universidad, que crea un producto impresionante deseado por todo el mundo a su alrededor, capaz de transformarle su vida hasta convertirlo en la persona que siempre soñó ser. «No voy a volver a Noche Caribeña en AEPi» es su lema desde el momento en que siente que su compañía se va a destruir. Para él, Facebook es una escapada de su pasado. No le interesa el dinero, como Eduardo lo menciona, pero sí dejar de ser el invisible joven de Harvard acostumbrado a ser.
De ese pasado, tal vez el recuerdo más doloroso para él era su novia, Erica Albraight, convertida en personaje por Rooney Mara, quien en el fondo es la fuerza impulsora de la película. Su deseo con la compañía es sorprenderla, conquistarla, dejarla impresionada por su invento para recuperarla. Por eso el último plano del filme es ver a Mark esperando que lo acepte ella como amigo en su propia red social: porque «The Social Network» no es más que una película de amor trágico, de un amor no correspondido. Y nada más peligroso que un poderoso con el corazón roto. ¿Cuándo decide expandir Zuckerberg Facebook? Cuando nota que su expareja no sabe de él. ¿Cuándo se siente más inspirado por la empresa? Al enterarse de que Sean Parker fundó Napster para olvidar a una joven no interesada en él. En paralelo a cómo Ana Bolena dividió la Iglesia Católica por el amor de Enrique VIII, Sorkin y Fincher nos hacen creer que el Imperio de nuestra era se alzó por el impulso de un joven por recuperar y poder superar a una mujer.

La historia enseña que la evolución humana no es uniforme para todos. Para unos avanza, para otros empeora. La vida moderna es una actualización de un tiempo pasado que se creía ya superado, cimentando algo imposible de encontrar en los relatos del pasado. Al nuevo fenómeno Yanis Varoufakis lo ha bautizado como «tecnofeudalismo«. Para el ex ministro de Finanzas griego, «Facebook y Amazon ya no operan como empresas oligopólicas, sino como feudos o fundos privados». Para él, «las plataformas digitales han reemplazado a los mercados como el lugar de la obtención de riqueza privada». El capitalismo ha evolucionado hacia espacios más que monopolizados. «Por primera vez en la historia -continua el académico-, casi todos producen gratuitamente el stock de capital de las grandes corporaciones». Existe toda una nueva relación capital trabajo, que incluso supera a la explotación capitalista perfecta: la esclavista. «Eso es lo que significa subir contenido a Facebook o desplazarse con una conexión a Google Maps».
El éxito desbordado de la red y las actuaciones controversiales de su fundador fueron siempre una señal de alerta ignorada. La conversación donde cataloga a sus usuarios como «estúpidos» tiene paralelo en el cine ¿Fue Zuckerberg quién envió la policía al lugar donde Parker celebraba a lo grande la llegada del miembro un millón a la red, con el deseo de reinar en solitario en Facebook? Aunque parece fácil concordar con el creador en su posición con respecto a los gemelos Winklevoss, quienes pareciera nada tienen que ver con Facebook, si parece imperdonable el trato dado por él a Eduardo Saverin, indudablemente aquel haciendo realidad lo que no era más que una gran idea. Un gesto puede ser más poderoso que un discurso en el cine y en la sala de deposiciones entre Zuckerberg y Soverin se presenta uno al momento de Eduardo declara no ser un siquiatra. El abogado de Mark lo repite, en forma humillante para su contraparte y, en ese preciso instante, Mark sonríe. Un plano que transforma para el espectador la declaración en el entierro de una amistad. Son ahora enemigos. Cuando el cine habla por medio de imágenes y no palabras, se logra la máxima expresión artística conseguida hasta hoy por el ser humano. Y en este filme sobran esos momentos. Demuestra la obra que la frialdad de Zuckerberg escondía una ambición impresionante detrás de cada uno de sus actos y era un anuncio hecho desde la película hacía a la sociedad: el futuro se oscurece para los humanos a medida que cada vez más personas se inscriben en la red y caen bajo la esfera de influencia de una persona con sentimientos tan oscuros.

Una idea debería dominar el debate global. Si todos los humanos producen para las más grandes empresas de Internet, sin recibir compensación alguna, un impuesto progresivo capaz de financiar una Renta Básica Universal es una respuesta lógica a la situación. Separar Facebook parece hoy más un deseo que un objetivo, pero los tiempos empiezan a cambiar. El aura de hombres brillantes e irrepetibles obtenido por los más altos ejecutivos de las más poderosas empresas comienza a esfumarse a toda velocidad: la presentación del túnel en Las Vegas encargada de congestionar el tráfico fue un fracaso total y absoluto para Tesla; las esclavistas empresas que producen para Apple han dañado su imagen de empresa responsable; y, claro, los casos de incitación de discursos de odio por parte de Facebook, son daños al parecer irreparables a estos hombres hasta hace poco casi irreprochables.
Se construye así un momento ideal para efectuar una reforma tributaria progresiva a favor de los usuarios/trabajadores, compensando de alguna manera el vital trabajo realizado por todos sin compensación alguna y para las billonarias compañías. Lo exclamó perfecto en su momento Richard Wolff: los reyes y la nobleza no se extinguieron; solo cambiaron de espacio y títulos: ahora los denominamos consejeros delegados y juntas directivas de las más grandes corporaciones. En el pasado se superó esa injusticia con la guillotina; hoy no se requiere tal salvajada: un impuesto progresivo sería un corrector del mercado y la sociedad suficiente. Así, iríamos dejando atrás la última gran era de los emperadores.

Los reyes y la nobleza no se extinguieron; solo cambiaron de espacio y títulos: ahora los denominamos consejeros delegados y juntas directivas de las más grandes corporaciones.
Tweet



Deja un comentario