¿Es el cine un arma de propaganda?


Que el Estado pueda y deba intervenir en la economía es ya un hecho inobjetable. Consecuencia de la crisis hipotecaria de 2007 en Estados Unidos y los multimillonarios rescates otorgados a las instituciones financieras, profundizado con la solicitud de los principales inversionistas del mundo al gobierno para detener el fenómeno de Gamestop, el debate sobre si se debe usar o no al ente como participante en la actividad económica ha encontrado su fin.

La discusión real es, entonces, qué sectores deben ser los merecedores del favor público. El cine, por su significado, impacto e influencia, debe ser sin duda uno de ellos y sus razones son muy diversas, abarcando desde las altas tasas de rentabilidad como actividad económica, pasando por el impacto favorable que la realización de proyectos culturales posee en el desarrollo y avance de las naciones, y, además, considerando la importancia habida para todas las naciones de la existencia de representaciones culturales propias.

Tom Rothman.

En Estados Unidos, el caso paradigmático, el cine es el sector industrial con mayor valor de exportación, incluyendo todo el complejo militar industrial, según Tom Rothman, legendario y antiguo CEO de la 20th Century Fox, hoy él en Tristar, siendo el estudio uno propiedad de Disney. En España, la industria cultural, dentro de la que el cine tiene el mayor peso, aporta un 3% del PIB, cifra equivalente a 32.000 millones de euros, un valor superior al aporte de un sector altamente subsidiado como lo es el energético. El porcentaje de la industria en el séptimo arte en el PIB colombiano es cercano al del país ibérico.

Pero la razón para intervenir, promover, proteger tan descomunal sector, es estratégica. Un país en búsqueda de ser relevante en el panorama internacional debe contar con una industria cultural, especialmente cinematográfica, de notoría jerarquía. Lo estipula con claridad el Ministerio de Asuntos Exteriores de Corea del Sur: “Aunque somos el número 11 entre los países más ricos, estamos más allá del número 60 en relevancia cultural. Durante el siglo XXI esta disparidad puede ser un factor negativo en negocios globales”. Brillante razonamiento que llevó al gobierno de ese país a crear ayudas al sector cinematográfico por 500 millones de dólares, casi el mismo monto que destina Francia por medio del Centro Nacional de Cinematografía a su industria.

Mel Gibson

El debate parece haber encontrado su resolución: a los estados latinoamericanos los debemos forzar a tratar al cine como una industria de la mayor relevancia, ofreciéndole apoyos que se materialicen en un sector dinámico y robusto. Según un estudio realizado por la Organización Mundial para la Propiedad Intelectual (OMPI), las industrias culturales en Europa generan hasta el 6% del PIB, en Estados Unidos hasta el 8%, mientras que en América Latina tan sólo llegan al 4%. Certeras entonces son las palabras de Alba Liliana Acevedo Díaz: “Esto indica que expresiones como el cine, pueden llegar a generar más utilidades que otras industrias en las que usualmente se invierte más dinero y de las cuales no se obtienen las retribuciones esperadas”.

La premisa invita a impulsar medidas capaces de canalizar recursos hacia el audiovisual proyectado en la pantalla grande, entendiendo este proceso de inversión como una dinámica que en el largo plazo redundará en beneficios económicos y, he aquí su legitimidad en el uso de recursos públicos, la proyección de la identidad nacional de un Estado. Para los países serios, este es un importante ítem. Ejemplo vivo y fascinante de esto lo constituye el caso australiano. El hecho de que estrellas como Nicole KidmanSam WorthingtonNaomi WattsHugh JackmanRussel CroweCate BlanchettHeathLeadgerChris HemsworthGeofrey RushHugo Weawing y Mel Gibson, sean todas provenientes de tierras australianas, no es producto de la coincidencia.

Marshall McLuhan

Arrancó, en los años setenta un fomento a la producción cinematográfica nacional en Australia irresistible centrada en ofrecer unos incentivos impositivos del 125% real sobre los inversionistas en proyectos de cine. La invitación era demasiado tentadora. Los millones de los capitalistas hacia el sector fluyeron. Y hoy existe un negocio sustentable en todo el país, además de actores y directores australianos llenando las salas de cine del planeta. Un porcentaje de ganancia asegurada (del 25%) fue una invitación insuperable para miles de empresarios y ahorradores, pero más importante, un modelo factible de plantear a otros países esperando resultados tan positivos.

La implementación de una medida similar en cada país de la región, de manera temporal y con disminuciones graduales del beneficio tributario, incrementaría exponencialmente los recursos que el sector privado destina para la «industria del séptimo arte», como parece correcto referirse a ella. Su fuente de sustento se encontraría en los amantes de esta forma de entretenimiento, con la aplicación de una cuota para el apoyo cinematográfico, tal y como se usa en Colombia, con la que un porcentaje menor de todas las boletas vendidas de cine en el país iría al gobierno, como medio de compensación por el esfuerzo fiscal.

Upton Sinclair

Así, el esfuerzo del sector público se enfocaría en apoyar a los productores, pudiendo ellos encontrar de manera expedita los recursos necesarios para sus proyectos, llevándolos a contratar a todo el inmenso y variado personal que se requiere. Y es que todo hay que decirlo: una de las principales razones por las que el Estado debe consolidar una industria de cine radica en el impacto sobre el empleo que ésta tendría. Según cifras del Ministerios de Cultura y de la Dirección de Impuestos y Aduanas Nacionales de Colombia, en países con una industria consolidada, cada película genera hasta mil puestos de trabajos directos e indirectos. En América Latina, quien hasta ahora la está desarrollando, el impacto es más bajo, creando entre 100 y 300 plazas de trabajo, sin contar el sector de transporte, de hotelería y de alimentos. Contundente.

Y sí, otros sectores crean empleos y riquezas. Pero el cine es la manifestación artística, la representación cultural y el generador de comportamientos más poderoso que se haya inventado el hombre. Marshall McLuhan lo decía ya en la década de los setenta: “Cuando vino el cine, la totalidad del modo de vida norteamericano se convirtió en un anuncio interminable en la pantalla. Todo lo que llevaban, comían o utilizaban los actores y actrices se convertía en un anuncio más eficaz que el que nadie hubiera soñado jamás”.

Ignacio Ramonet

Es por eso que todo el mundo, durante gran parte del siglo XX, se ‘norteamericanizó’, retomando la palabra inventada por Upton Sinclair: “Gracias al cine, el mundo se unifica, es decir, se americaniza”, convirtiendo a los ciudadanos de otras latitudes en seres que Ignacio Ramonet considera “transculturales”: un híbrido irreconocible que poseen una mentalidad norteamericana y un cuerpo, para nuestro caso, latinoamericano. Tal y como lo puso Stalin en su momento: «denme una industria la mitad de fuerte que la de Hollywood y convierto a medio mundo al comunismo». Hollywood a hecho a gran parte de la humanidad a su imagen y semejanza.

Las razones económicas son una oportunidad para invertir en cine, pero las culturales lo hacen una obligación. Se debe construir una poderosa industria regional, local: para representar a cada pueblo, identificar cada nación y para soñar a través de él, en cada idioma y bajo idiosincrasias propias. Es mucho más que retornos sobre la ganancia. Herbert Schiller fue más exacto: “Una nación cuyos medios masivos de difusión están dominados por el extranjero, no es una nación”.

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