¿Tocando a las puertas de la extinción humana?

M. Night Shyamalan es un fascinante realizador. Posee además una carrera desenvuelta através de un misterio más denso que las enrevesadas tramas de sus filmes. Varias de sus obras, por ejemplificar lo escrito, han sido condenadas al fracaso por sus distribuidoras transmutarlas a la brava en la secuela de «The Sixth Sense», su gran éxito en taquilla. «The Happening» no es una de ellas. Es, realmente, una película mediocre dentro de la filmografía de un hombre al que sin lugar a equívocos se debe definir como un cineasta.

Casi todas las obras del autor oriundo de la India contienen una complejidad de sus tramas en la que sobresale su construcción minuciosa de secuencias perfectamente conectadas, un entramado desarrollado para soterrar una verdad poderosa pero que, a pesar de haberse puesto frente al espectador, es invisible para él. En su primera producción en los Estados Unidos el ocultar la verdadera condición del personaje de Bruce Willis durante toda la trama fue su gran baza; y, en «Signs», lo impactante fue descubrir que las señales no eran una referencia a las estructuras creadas en los campos indicando cómo efectuar el aterrizaje de naves extraterrestres, sino a las señales recibidas por la familia durante toda su vida para sobrevivir a ese evento. En «The Visit» falló rotundamente, pues era imposible, no evidente, descifrar la verdadera situación de los pequeños en su visita a sus abuelos.

The Happening. Disney.

La disertación presentada tiene como objetivo resaltar cómo para el final de las películas de Shyamalan el espectador abandona el teatro envuelto en una atmosfera de sorpresa maravillosa al saberse incapaz de haber visto, predicho, lo que desde otra perspectiva se presenta como obvio. La conclusión de «The Sixth Sense» impacta no por descubrir la condición de Malcom Crowe (Willis) sino por el hecho de que haya sido imposible darse cuenta de su prematuro fallecimiento. Una de las frases más poderosas del filme es aquella en la que el niño Cole Sear (Haley Joel Osment) deja saber que «las personas sólo ven lo que quieren ver». Tal vez, la audiencia, acostumbrada a ver a Willis como uno de los héroes más populares de Hollywood, se impidió a sí misma darse cuenta de la verdadera condición del personaje interpretado por la celebridad.

Los halagos al trabajo del cineasta tienen como objetivo sustentar una hipótesis controversial: en «The Happening» la denuncia del creador sobrepasa sus fronteras dramáticas y traspasan a la realidad con una fuerza descomunal. «Avatar», la película de James Cameron que convirtió a medio planeta en especialista en análisis de guiones, está basada en una poderosa idea: mostrar al ser humano desde la perspectiva de la naturaleza, dejándole ver como un ser destructor, invasor y, por qué no decirlo, uno criminal. «The Happening» es, desde el punto de vista del discurso ambientalista, la respuesta obvia y esperada de la naturaleza a ese comportamiento.

Gary Yourofsky, afamado líder de los derechos de los animales y, por lo tanto, consciente ecologista, reconocido por haber transformado al 8% de los ciudadanos de Israel en vegetarianos, declaró en una de sus más famosas entrevistas que el «ser humano es la única especie que, en caso de extinguirse, haría del planeta un mundo mucho mejor». Una mirada desapasionada a la realidad obliga a concederle la razón al activista y obliga a desprender de ella una realidad prístina como el agua de un manantial: existe, claramente, desde el punto de vista ecológico, una necesaria y urgente disminución en la cantidad de seres humanos habitando el planeta. No esperar una reacción contundente a eso es inocente.

Shyamalan propone, sustentado en la complicada realidad, una ficción en donde la madre naturaleza, buscando un equilibrio necesario para su supervivencia, comienza a aniquilar a través de la liberación de una toxina desconocida a sus hijos más rebeldes. La base desde donde nace la historia es una, además de sumamente poderosa, inteligente. El desarrollo del filme no da para mucho. Por momentos en «The Happening» se encuentran escenas sublimes. La gran mayoría al principio del metraje. Algunos de los suicidios masivos son una muestra de la maestría del hombre a cargo de la puesta en escena para desarrollar secuencias perfectamente fabricadas para impactar al espectador con la inmensa y muy bien dosificada cantidad de suspenso a su interior contenidas. De ellas aterra, además de ver a cientos de personas alrededor quitándose la vida, la realista reacción de pasividad mostrada por los testigos, producto ella de un fenómeno sicológico conocido como «el efecto espectador», caracterizado por producir quietud en los seres humanos al momento de divisar un acto que requeriría de su accionar, al compartir espacio con un grupo grande de testigos del mismo hecho. Hasta el patetismo se puede conceptualizar.

La pérdida de fuerza dramática a medida que el metraje avanza es contundente. El trabajo artístico es uno de enorme ligereza, pero la crítica recae con especial fuerza en la dirección de fotografía, una que parece hecha con la luz natural del día en que se filmaron las escenas, sin ningún tipo de preparación o siquiera diseño. Es claro que algún trabajo detrás debe haber, puesto que el cinematógrafo de la obra, Tak Fujimoto, adecuó cada escenario con un gran cuidado de continuidad ya que la misma fue filmada en secuencia. Pero tal vez la edad del hombre y el agotamiento natural de llegar a esa etapa de la vida y seguir trabajando le impidieron una postura más ambiciosa frente al diseño de la imagen.

La película es profundamente mediocre, casi un tiempo perdido que merecía estar condenado a su expulsión del universo fílmico para fenecer en el más oscuro de los olvidos. Eso hasta el emerger de este nuevo y trágico mundo, uno reavivando la pertinencia del debate sobre su postulado. En una escena del filme, el profesor Elliot (Mark Whalberg) comenta a sus alumnos la presencia de una bacteria en Australia asesinando a tasas considerables a los pescadores de la región, insinuando se está dando un mecanismo de defensa contra los invasores que están destruyendo su hábitat. También es una realidad la existencia de plantas que, al ser devoradas sus hojas por los ciervos, emiten una toxina a sus vecinas para que transformen sus hojas en un alimento con un sabor desagradable. La pandemia desatada por el Sars-Cov-2, inacabada aún y causante de un exterminio de entre 6 y 18 millones de seres humanos (no parece un riesgo mayor decirlo) no es más que la predicción de la ficción hecha realidad.

¿Se podría evolucionar a la creación, por parte de ciertas especies vegetales, de elementos letales para el ser humano? Ya «Avatar» exhibió la gravedad y crueldad del comportamiento de la especie reina del planeta: ¿no sería lo más natural del mundo que las otras especies contraatacaran? Un tema mencionado en el filme, el de las abejas que se comienzan a extinguir, podría estar conectado, pues como lo postularon los franceses: «si las abejas se extinguen, la raza humana no duraría 3 meses viva». Su aberrante descenso debería causar pánico. En «Mission to Mars», de las obras más ambiciosas del otrora gran cineasta Brian de Palma, se jugaba con una tesis fascinante basada en elementos científicos y que tiene como base considerar a Marte un planeta anteriormente poblado por antepasados del humano mucho más avanzados, unos que antes de su extinción absoluta enviaron células al planeta tierra para reproducirse y crecer.

Esa premisa parecía ser respondida por un líder político siempre controversial. En una Cumbre de la Tierra, el fallecido ex-presidente de Venezuela, el inolvidable Hugo Chávez, postuló que, de pronto, lo que finiquitó esa civilización fue el capitalismo. Hoy es la realidad misma quien parece estar enfrascada en querer concederle la razón: la sociedad moderna, inmersa en ese sistema hasta el tuétano, está sufriendo consecuencias apocalípticas para su futuro. En palabras de Marx, «el desarrollo del modo de producción capitalista ha abierto una brecha metabólica entre los seres humanos y la naturaleza». Tres noticias sustentarían la tesis del académico alemán. Una, publicada en el El País de España, deja saber que la fertilidad masculina ha caído un 40% en los últimos años consecuencia de la polución producida por la quema de combustibles fósiles. Una segunda, del New York Times, informa del nacimiento de un movimiento creciente de ciudadanos quienes, preocupados por el cambio climático producido por la economía contemporánea, han decidido no tener hijos. Y una tercera, de CNN, habla de la disminución en la esperanza de vida en los Estados Unidos, producto de los malos hábitos alimenticios impuestos por una industria ganadera miserable, algo titulado por Le Monde Diplomatique como las «enfermedades de la civilización occidental».

Es más aberrante lo sucedido con los suicidios y aún más aterrador el sobreponer ese flagelo con la tesis expuesta en «The Happening». Según reportes de prensa, el número de muertes por la dolorosa causa ha despegado de manera alarmante en varias regiones del planeta. Cuenta CNN que «más de 700.000 personas mueren por suicidio cada año, según la Organización Mundial de la Salud (…). En otras palabras: cada 40 segundos alguien en el mundo se quita la vida». Las alarmas están sonando escandalosas y brillando incandescentes: si es cierta la tesis sustentando que una especie requiere de un ambiente favorable para su reproducción, una sincera preocupación debería nacer y asumir que el querer mantener e incluso defender el sistema económico, político y social actual genera un escenario próximo de no futuro. Los argumentos han sido presentados y un veredicto debe darse: el neoliberalismo desata un mundo inhabitable para la vida y contrae la extinción de toda forma vida.

La caída en el oscuro pozo aún no termina, pues no es solo el aumento en las muertes lo que predice un mundo ausente de seres humanos. Más imprevista es la constante disminución de nuevos hombres y mujeres. A 2021 el número de hijos por madre es de 2.3, ligeramente por encima del número requerido (2.1) para conservar la población. Las duras imposiciones económicas eliminan de las prioridades las obligaciones de la naturaleza. Corea del Sur, país que al igual que su vecino Japón ha comenzado ya a despoblarse (en 2020 hubo 275.800 nacimientos y 307.764 fallecimientos), anhela superar la problemática con subsidios: entregando dinero en efectivo por bebé nacido. El dardo dio en la diana, aunque no en su centro. El problema es la aberrante distribución del ingreso que ha hecho de la vida una imposible de costearse. Las palabras de una ciudadana de la potencia oriental logran superar en exactitud a cualquier estudio académico: «para tener hijos, tienes que tener tu propia casa. Pero esto se ha vuelto un sueño imposible».

Las razones sociológicas explicando la disminución de nacimientos son claras: la urbanización de la sociedad ha liberado a ellas, sujetos de derechos hoy que, inteligentemente, han primado su independencia económica sobre su rol como gestoras. La solución a la caída en la tasa de fecundidad ha sido facilista: la inmigración. Pero lo superfluo rápido se desvanece y la realidad muestra que “las mujeres inmigrantes tienden a adoptar los patrones reproductivos del país receptor, en gran medida porque sufren las mismas barreras que ellas y con mayor intensidad”. Eso lo dice Amparo González, investigadora especializada en migración internacional, para Xataca, alguien cuyos palmares como académica obligan a tomar como cierta su sentencia. No se puede soñar con traer una vida cuando es incierto el futuro de la misma.

John Gallagher, corresponsal en temas de salud de la BBC, narra lo impensable hasta hace poco: «Se proyecta que la población de Japón caiga de un máximo de 128 millones en 2017 a menos de 53 millones para fines de siglo», que «Italia experimente un colapso demográfico igualmente dramático de 61 millones a 28 millones durante el mismo período», y, advierte él, que estos son solo «dos de los 23 países, que también incluyen a España, Portugal, Tailandia y Corea del Sur, que se espera su población se reduzca a más de la mitad». El buen escritor deja siempre lo más impactante para el final. Explica el redactor que «China, actualmente la nación más poblada del mundo, alcanzará un máximo de 1.400 millones de personas en cuatro años antes de reducirse a 732 millones para 2100″.

Avatar. Disney

Lo aterrador de toda la situación es el proceso de aceleración. «El problema es que mientras E.E.U.U. tardó 160 años de pasar de 3.7 hijos por familia a 2.7, Filipinas lo ha hecho en 15 años», cuenta Javier Jiménez en el texto ya citado de Xataca. Roy Sebag, de Gold Money, en Keiser Report de RT, usa exactamente la misma comparativa para explicar un hecho económico sin antecedentes: las tasas de interés negativas, declarando estar «convencido» de que su aparición en la sociedad se presenta como respuesta a un «rápido descenso de la población mundial». Un pensamiento compuesto con la más profunda lógica. «A lo mejor es así como el keynesianismo piensa mantener el control sobre el dinero FIAT», especula con un alto grado de posibilidad de acertar el joven financiero. El miedo a una deflación descomunal, producto del estallido de una próxima burbuja financiera sin precedentes en su tamaño, al haber emitido moneda sin paralelo en la historia y haber canalizado tales recursos hacía inversiones especulativas, parece será lo que los historiadores del futuro calificarán como el gran antecedente de la mayor crisis de la historia económica. Y hoy es sólo cuestión de tiempo la implosión.    

M. Nigth Shyamalan es un artista, calificación otorgada a una persona con una visión del mundo definida y que se permite plasmar con sutileza y elegancia en sus obras. «The Happening» sí es una producción suya menor dentro de su filmografía, pero lo es por su poco impacto cinematográfico, no por su postulado filosófico y de fuerte crítica social. Y como solo le sucede a los grandes, parece haber encontrado su tiempo y estar tomando una relevancia mayor. Su éxito actual es la amenaza de una indeseable desgracia futura. Por eso, pensar en esta cinta como una explorando una trama de unos árboles asesinando a unos humanos con el lanzamiento de sustancias tóxicas es simplista. Su metraje es una metáfora nítida del mundo moderno, una acusando el haber creado una sociedad tan cruel, violenta y desigual, que ha hecho insoportable la existencia de la vida misma.

Lo presentado en la obra audiovisual es alucinante y muy, muy poderoso. Incluso, es algo que más allá va: es visionario. El capitalismo ha desatado un sistema de producción basado en contradicciones insuperables que se resuelven con crisis detestables y cada vez más acuciantes, como lo anticipó un libro inmortal hace más de 150 años. El daño a la ecología es innegable y la primera cuenta de cobro pasada al humano vislumbra cómo será la próxima: impagable. Es esta una realidad que se puede anticipar ya. Y se debe escuchar a los pregoneros del desastre, porque puede ser que las tramas del director sean invisibles para el espectador más avezado; pero la alarma presentada en «The Happening» es notoria incluso para el ciudadano más despreocupado. Y, aun así, nada parece realmente estar cambiando.

Un mensaje escrito en un papel se ha insertado en una botella y se ha lanzado a las aguas del océano. El tagline de «The Happening» era «lo sentimos, vimos las señales, ahora está pasando», haciendo un juego de palabras con dos producciones anteriores dirigidas por el autor. Pero hay una fuerza en ellas poderosas. Son un conjunto de frases que funcionan como una alerta sobre un futuro apocalíptico al que parece estar abocada la humanidad. «Estamos sintiendo ya que el planeta se está acabando, las señales son claras… ahora mismo está pasando…».

Su metraje es una metáfora espantosa de la situación actual, una advirtiendo el haber creado un mundo tan cruel, violento y desigual, que ha hecho insoportable la existencia de la vida misma.

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