¿Es inevitable una Tercera Guerra Mundial?

No es en silencio como un imperio muere. Como un vetusto gigante rehusándose a abandonar el trono, las grandes construcciones políticas de la humanidad, en el ocaso de su hegemonía, gastan su último aliento tratando de impedir lo inevitable: su derrocamiento. Tucídides lo estipuló como si de una trampa se tratara: ningún Estado cede el puesto de privilegio en el teatro mundial sin luchar una guerra. Un grito final en una batalla perdida, las patadas del ahogado antes del aliento final, el acto de desespero que agota todas las fuerzas previo a ver convertido en realidad lo indeseable.

Estados Unidos forjó el más grande imperio de la humanidad en 1945. Sus posibles competidores eran unas sociedades en ruinas (Europa después de la Segunda Guerra Mundial) o atrasadas economías sin un futuro prometedor (Asia era una gran civilización rural y empobrecida). Pero como Ícaro, voló demasiado cerca al sol y su inmensa sombra nubló a la civilización entera. Nail Fergusson ofreció una nueva lectura a la historia del siglo XX en su glorioso libro: “La Guerra Del Mundo”, sustentando con su análisis que la segunda mitad de la centuria fue aquella que vería el derrumbe no solo del gran imperio occidental, sino de toda su civilización.

Niall Ferguson. Foto The Berggruen Institute

El maestro Ignacio Ramonet ilustraba los últimos cinco siglos como una rotación del poder hacía Oriente. En los años mil quinientos, China era el gran imperio del mundo. Cedió su supremacía a Europa después de las campañas de colonización, quien a su vez entregó el puesto de privilegio a un país de América del Norte. Hoy el ciclo se estaría cerrando con el retorno del centro económico a las costas del Pacífico asiático. Para 1993, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial presentaron una nueva medición útil en la comparación entre las economías: la Paridad del Poder Adquisitivo. Las cifras darían un resultado inesperado y el inicio de una nueva era: China, ubicada antes como la última de las diez más grandes economías, se hacía merecedora de la medalla de bronce, superada por Japón (medalla de plata) y los Estados Unidos. Pero para aquellos días, Occidente entero (sus medios de comunicación) recibían y difundían la noticia con beneplácito e incluso alegría. Casi dos décadas después, el inevitable recibimiento de la medalla de oro para la economía China amenaza con desatar un enfrentamiento bélico capaz de extinguir toda la humanidad. Porque es que, frente a las capacidades militares desarrolladas por las naciones hoy, la frase que se le adjudica a Albert Einstein: “No sé con qué armas se peleará la tercera guerra mundial, pero la cuarta será con palos y piedras”, se convierte en nada distinto a una profecía. De no haber sido ella por él pronunciada, alguien tan sagaz como el físico alemán debió de haberla creado.

El nuevo paradigma en las relaciones entre Estados Unidos y China proviene de la transformación del país de Oriente en una economía de maquila a una potencia tecnológica. Recordando las explicaciones del profesor Richard Wolff, desde los setenta se estableció un pacto poderoso y creciente entre Occidente y los chinos. El gobierno comunista ofreció a las grandes corporaciones su territorio para producir sus bienes con una considerable reducción en sus costos. Su mano de obra barata, laxas legislaciones ambientales y permisivo código laboral fueron los cantos de sirena a los que los grandes líderes empresariales de Europa y Estados Unidos cayeron rendidos. Porque la trampa estaba en la otra parte del acuerdo: los chinos exigieron una asociación con empresas locales para producir esos bienes y servicios (garantizando así una transferencia de tecnología), conservar las ganancias de las empresas en el país por un tiempo determinado (asegurando la capitalización de su economía) y un canal de distribución en los Estados Unidos (encontrando el camino para vender sus futuros productos). La soberbia de los anglosajones y europeos les nublaría el juicio e impediría ver el horizonte: China buscaba preparar a su capital humano, tecnificar y capitalizar sus empresas y economía, y en poco tiempo conquistar el mundo.

Richard D. Wolff

El plan secreto habría de evolucionar de forma gradual, silenciosa, astuta. Para principios de la década de 1990, las relaciones comerciales planetarias presentaban un engañoso déficit comercial de los Estados Unidos a favor de China, porque al igual de lo sucedido con México, ese déficit solo tiene sentido si se analiza desde el punto de vista del país, más no de las empresas. La negativa diferencia en la compras de China y Estados Unidos en 1993 era en gran parte producida por las ventas de empresas estadounidenses ubicadas en Oriente, hechas por empresas de Estados Unidos. Foxconn (fabricante del Iphone en China) le facturaba la venta de teléfonos a Apple. Al final, los dólares americanos retornaban a su país de origen. Pero, ya para el 2021, las grandes marcas exportando sí son nativas a la potencia milenaria oriental, citando nombres como Tik Tok y Huawei como dos de las más reconocidas, aunque ni de cerca las únicas. Ese cambio es trascendental, porque el flujo de dinero determina dónde se establece el centro de poder, teniendo como resultado del primer caso un mantenimiento del statu quo; y en el nuevo una mudanza desde Washington a Pekín.

Y ahí se establece la puesta en escena perfecta para crear, con temor, el escenario con todos los elementos para el desate de una “Trampa de Tucídides”. Y los indicios comienzan a ser preocupantes. En “Syriana”, la película de Stephen Gaghan, el personaje del Principe Nasir Al-Subaai explica que al una potencia “tener el cinco por ciento de la población mundial, pero realizar el cincuenta por ciento del gasto militar mundial, se entiende que los poderes de persuasión de ese país están en declive”. La descripción calza a la perfección con la situación de los Estados Unidos hoy: un imperio que ve con el pasar de los días cómo su capacidad de influir, de dominar, de ser obedecido, se convierte en una añoranza. En su “Miedo a la Democracia”, Noam Chomsky con eficacia lo explicaba: desde los años setenta el mundo es multipolar económicamente pero unipolar militarmente. Los 700 mil millones de dólares entregados por la Casa Blanca al Pentágono son la inversión en el único renglón donde aún dominan absolutamente en todo el planeta. Es, tal mar de billetes, una necesidad imperial.

George Clooney en “Syriana”. Warner Bros.

La consolidación de un Banco Asiático de Inversiones en Infraestructura en 2015, propuesto por China como reemplazo eventual al Banco Mundial (una figura multilateral subyugada al poder de los Estados Unidos), sin la presencia de Estados Unidos pero en el que figuran entre sus miembros Israel, Canadá, Paquistán y Alemania, tradicionales aliados de la potencia occidental, fue un gran indicio que el poder se estaba trasladando de hemisferio. Un lustro después, en Vietnam, se firma el Acuerdo de Libre Comercio más ambicioso de la historia, bautizado en sus actas como Asociación Económica Regional Integral, liderado por Pekín y, de nuevo, sin tener entre sus integrantes a la primera potencia económica global y sí a varios de sus socios más reconocidos: Japón, Australia, Corea del Sur, Vietnam y Nueva Zelanda.

Más preocupante, desde la perspectiva de las consecuencias esperadas por la caída del gigante, es que la disminución de poder económico de la nación se está trasladando a una menor capacidad de amenaza de su fuerza militar. Alemania, en concordancia con su discurso de lucha contra el cambio climático, ha decidido eliminar sus futuras plantas de energía nuclear y minas de carbón. En la transición hacía una economía sostenida por energías limpias requiere de mucho gas, siendo Rusia su mejor oferente. El envío del hidrocarburo desde el antiguo territorio soviético hasta las costas germánicas a través de un gasoducto, el Nord Stream 2, puso a temblar el mundo. Los Estados Unidos manifestaron, con vehemencia, su desacuerdo al desarrollo de la infraestructura. De los europeos solo recibieron oídos sordos a sus inquietudes. Posteriormente los americanos presionaron con imponer sanciones económicas a las empresas participantes del proyecto, logrando detener sus avances temporalmente al retirarse la constructora suiza Allseas. Ya, a punto hoy de finalizar la mega obra, retomada por empresas rusas para concluirla, se divisan buques de guerras amenazantes alrededor de la infraestructura. Con todo, los líderes dueños de la obra han sido tajantes en sus declaraciones: el gasoducto será una realidad.

Angela Merkel y Vladimir Putin.

El geógrafo ingles Harfold John Mackinder postuló a inicios del siglo XX que el territorio abarcado por lo hoy conocido como Eurasia debe considerarse el “corazón del mundo”. Su estudio iba más allá de una simple denominación: para él, al interior de esas fronteras se escondía un valor subrepticio insuperable, una posición estratégica tan ideal que, aquel imperio capaz de dominarla tendría a su disposición el poder suficiente para dominar a sus anchas el planeta. Acorde a la BBC, la “zona abarcaba las áreas agrícolas de la parte europea de Rusia, se extendía por vastos territorios hasta Asia central y llegaba hasta los bosques y las llanuras de Siberia”. Sus componentes lo hacían “un territorio rico en recursos sin explotar como el carbón, la madera y otros minerales”. En pro de evitar el triunfo de sus enemigos, el británico alertaba de la relevancia de impedir, a toda costa, cualquier forma de unión entre Europa y Rusia, capaz de fortalecer la posición de ambos sobre el territorio. Para el articulista Rodolfo Bueno, Zbigniew “Brzezinski, el antiguo asesor de Seguridad Nacional de los EE.UU., concuerda con Mackinder respecto a la importancia de Eurasia y critica la ineptitud geopolítica de los EE.UU. por no comprender que quien domine Eurasia controlará la región más productiva del planeta, que es allí donde se encuentra el eje mundial del poder”.

Ni en las peores pesadillas del asesor, o en los más espantosos escenarios del geógrafo, se previó una alianza entre Rusia, Alemania, China e Irán, capaz de controlar tan apetecido territorio. Estados Unidos tiene razón en oponerse al Nord Stream 2. Su funcionamiento convertiría a Rusia y Alemania en aliados mutuamente dependientes. El gasoducto suplirá las necesidades energéticas alemanas; pero la divisa europea llenará las paupérrimas arcas rusas, vaciadas en gran parte como resultado de las sanciones por el imperio norteamericano impuestas, sanciones ignoradas por completo por los dos grandes países en este proyecto. Su destino será común y decisiones mancomunadas serán la nueva normalidad entre el nuevo dúo. La posible compra masiva por parte de los europeos de la vacuna Sputnik V podría ser el primer capítulo de una nueva historia entre ambas naciones. Esa alianza ruso-alemana, la gran pesadilla, se teje sutilmente a la red esparcida por China en el corazón del mundo conocida como la Nueva Ruta de la Seda: un conjunto de inversiones enfocadas en levantar una infraestructura vial y ferroviaria que incremente su comercio con sus vecinos del territorio euroasiático.

Halford John Mackinder.

En 1904, el ferrocarril transiberiano por primera vez recorrió los 9062 kilómetros de distancia entre Moscú y Vladivostok. Antes de finalizar su viaje Mackinder escribía que: “Los ferrocarriles transcontinentales están ahora modificando las condiciones del poder terrestre(…) Es inevitable que allí se desarrolle un gran mundo económico”. En plena Guerra Fría, Brzezinski le explicaba al pueblo de los Estados Unidos que “la potencia que domine Eurasia controlará dos terceras partes de las regiones más desarrolladas y económicamente más productivas del mundo”, transformando al “hemisferio occidental y Oceanía en unas zonas geopolíticamente periféricas con respecto al continente central del mundo”. Como si una respuesta a ambas advertencias fuera, y según relato de Rodolfo Bueno, “desde fines del 2007 los alemanes y los rusos se unieron a los chinos para construir el Puente Terrestre Euroasiático, que une el Lejano Oriente con Europa. En el 2014, China expuso el plan para trazar la línea de alta velocidad más larga del mundo, con un costo de 230 mil millones de dólares”, con la que se “espera que tan solo en dos días los trenes recorran los 5790 km entre Beijing y Moscú”.

El “heartland” será euroasiático, indudablemente. Y el escenario despierta el pánico del país occidental. Su verdadero miedo radica en un futuro en el que toda esa zona, boyante e intimidante, trace sus negocios en una moneda distinta a la suya, dando inicio a la desdolarización del planeta. Palabras publicadas en este mismo espacio fueron imprimidas explicando por qué Estados Unidos pudo crear un imperio global teniendo como base su moneda. Pero, para que el sortilegio surta efecto debe haber una demanda constante de la divisa por parte de todas las naciones. Rusia y China han pactado ya que sus negociaciones directas serán en sus propias denominaciones monetarias, logrando comerciar hasta el 25% de sus bienes y servicios en rublos y yuanes. Incluso, el gigante asiático le ha dicho a Arabia Saudita, socio estratégico de los Estados Unidos en la implantación de su imperio monetario, que solo pagará por su petróleo en Renminbi. El aleteo de la mariposa desatando los huracanes al otro lado del mundo se ha pactado ya: el gigante asiático ha solicitado a Irán 400 mil millones de dólares en petróleo, un negocio tan descomunal que pudo lo impensable: ver cooperar a la nación islámica con su más acérrimo enemigo: su vecino Iraq.

Zbigniew Brzezinski en 1979.

Derrotado el sistema soviético y envalentonado por su misión de salvar al mundo de un nuevo tirano iraquí invasor de un desprotegido pueblo kuwaití, George Bush padre pronunciaba un discurso histórico en su presentación como líder de su república, exposición denominada el Estado de la Unión. Su idea era clara y contundente: nacía un Nuevo Orden Mundial, uno con su país como líder indiscutible e inigualable a su interior. La titulación de la era haría carrera y los académicos la bautizarían como “unilateralismo”. Dos décadas después, un líder de una potencia emergente (China), presidente de un partido político con una ideología considerada enemiga y fracasada (Partido Comunista de China), pronunciaba las primeras palabras en la reunión empresarial más importante del mundo: el Foro Económico Mundial de Davos. Lanzaba ahí, Xi Jinping, frente a un público conformado por las figuras más relevantes del sector corporativo, una radical propuesta para una nueva era, una tan opuesta como contundente a la de su antecesor: una etapa de la humanidad conformada por naciones trabajando en conjunto para superar los desafíos enfrentados. Klaus Schwab, cabeza visible del Foro Económico Mundial, voz autorizada del sector corporativo más influyente, agradecía y avalaba las palabras del líder estatal chino.

Posible que, dentro de varios lustros, los historiadores de aquellos tiempos titulen este episodio como el nacimiento oficial del “multirateralismo”. Mejor explicado, que denominen la declaración como el fin de los tiempos en que Estados Unidos ejerció como líder absoluto del planeta tierra, y el nacimiento de una época en las relaciones internacionales en la que China retornó como número uno entre sus pares en el mundo, aunque con varios poderes regionales establecidos a su alrededor. Eso, si la transición del poder, a esta altura una imparable, concluye de forma pacífica. De no lograr tal hazaña y abocarse el mundo a una guerra, no habrá historiadores para escribir, solo una especie humana que pasará a ser otro hecho de la historia.

Xi Jinping.

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